Los jóvenes: ante la nada que devora su realidad

Los jóvenes: ante la nada que devora su realidad

Los estudios sobre movilidad social reportan que la estructura de oportunidades en la población mexicana está petrificada. No se mueve. Esto es indicador de que la parte joven de esa población está reproduciendo la misma realidad que vivieron sus padres; por ello, los pobres siguen pobres y los ricos gozan de su condición alejados de los criterios de mérito. Si los jóvenes que provienen de familias precarias no entran a un escenario de nuevas oportunidades, es evidente que estarán igual o peor que sus padres o abuelos, y por lo mismo no ocurrirá el ascenso en las condiciones de vida de esas generaciones. Tenemos tres décadas con números rojos para el mocerío.
Los jóvenes que están llenando los reclusorios tienen motivos diferentes de su estancia en ese lugar, pero tienen en común un perfil como factor causal de lo mismo: precarios, en pobreza cultural y sin expectativas de calidad de vida. La precarización significa que tienen (ellos y sus familias) empleos con ingresos por debajo de los dos salarios mínimos diarios, en ausencia de protección social en salud y jubilaciones, y tiempos de trabajo por debajo de las 30 horas a la semana. Cuando se anuncia por Peña que han crecido los empleos en este país, omite decir la calidad de estos. Sólo dan a conocer la cifra gruesa sin especificar de qué tipo de empleos se trata. Y son una masa de trabajo precario. Lo cual significa que la base material de la prevención del delito está deshecha. La prevención no es un asunto de sermones a jóvenes o de arrimar canchas o eventos deportivos a las colonias sino se prevé algo esencial: la base material de la misma.
Con un sistema educativo que no se liga a empleos decentes, se rompe la función de la educación como opción de movilidad social. Y la consecuencia es enorme: las expectativas de mejora de vida por el camino de la educación se hacen humo. Y si eso se combina con el triunfo cultural del neoliberalismo, que se traduce en el centramiento de los valores del consumo, pues el resultado es explosivo: el objetivo de la vida de los chicos es aumentar el nivel de consumo y la educación no es vía efectiva para eso, luego entonces, cualquier actividad (incluyendo las ilícitas) es camino para ese objetivo. El neoliberalismo no es un fenómeno únicamente económico, sino axiológico (de valores) o cultural. El consumo como fin: la nada que devora la realidad.
Las expectativas son la forma de la voluntad que configura la atmosfera cultural que viven los jóvenes. Y son inauténticas. Por eso hace falta que se cultive la sensibilidad y la reflexión en los chicos. Un buen medio para lograrlo es el cultivo de las artes que no sólo potencian la sensibilidad, sino el pensamiento (a partir de imágenes) sobre su realidad. Pero los jóvenes están excluidos de esas opciones. El rubro presupuestado que más disminuyó el gobierno de Peña fue la cultura: alrededor de 40 por ciento de recorte. Ahí están las prioridades de la actual clase política. Se requiere cambiar de régimen político para que vengan políticas que ofrezcan oportunidades materiales y simbólicas a los jóvenes y no estén abarrotando las cárceles y los panteones.

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