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El abrazo

El abrazo
Sin título (Cabeza), de 1981. Acrílico y lápiz graso sobre tela, 207 x 175,9 cm. Colección Eli y Edythe L. Broad. Los Ángeles.

La Gualdra 328 / Río de palabras

 

Juanito no quiso nacer así, pero así nació. La gente lo observaba y no podía dejar de mostrar la lástima reflejada en su mirada. Ahora tiene trece años, pero su actitud es de un pequeño de tres. El médico había dicho que eran los estragos del alcohol, por lo que la madre culpaba a Juan, quien nunca pudo dejar de beber, razón por la cual ahora una vieja y olvidada cruz en el panteón tiene su nombre.

El enorme Juanito ni cuenta se daba de su condición. Era feliz dentro de sí mismo. En ocasiones, pero muy pocas, necesitaba que su madre le aseara, pero casi siempre él podía hacerlo solo. Tuvo que aprender; ella siempre se molestaba y lo golpeaba: ¡Otra vez, idiota, cuántas veces te he dicho que me avises, eres un marrano asqueroso! De ahí en más, era inmensamente dichoso. Lo único que le angustiaba eran los golpes de Perla.

Todo cambió el día en que la vio por primera vez: era completamente hermosa, la pequeña Luisita de 6 años, su prima. Todos en la casa caían seducidos ante su belleza y a él le encantaba ese magnífico ser. No como a un joven normal de su edad le podría gustar una niña. Era más bien como si ella fuese un gatito o un cachorrito. Quería abrazarla y tocarla, mimarla y acariciarla. ¿Qué podría pasar? Todos lo hacían, excepto su otra prima, Diana, quien la odiaba, por lo que cuando Luisita lloraba siempre decía: “ya está llorando el pinche niño dios”.

Por ese motivo, en cuanto Juanito tuvo la oportunidad se acercó a la pequeña. Estaba de rodillas frente al sillón de la sala, jugando con sus muñecas, totalmente ensimismada. Sus madres estaban en el patio trasero tendiendo la ropa que acaba de ser secada en la lavadora, los demás habían salido.

Se acercó: “Hoga, pigmita” y la abrazó. La jovencita lo vio. Sus movimientos bruscos la asustaron y trató de gritar. Un primitivo instinto hizo que Juanito adivinará la intención y le tapó la boca con sus manazas. A sus trece años era enorme: “No, no guites, pigmita, mamá me va a pegar ota vez”. Pero ella no escuchaba, estaba aterrada, y movida también por el instinto, trataba desesperadamente de zafarse de ese abrazo de boa. Él, en cambio, apretaba más, también aterrado, no quería que ella viniera y lo golpeara, que le gritara esas cosas malas que le hacían sentirse miserable. Sólo quería abrazarla, darle un beso con todo el amor que un niño puede sentir por un cachorro. Apretaba con fuerza: “No, no llolles”. De repente, ella dejó de gritar entre sus manos, de llorar, de moverse.

 

 

 

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