Agradecimiento al Banco Interamericano de Desarrollo

Agradecimiento al Banco Interamericano de Desarrollo
Luis Alberto Moreno, director del BID desde el 27 de julio de 2005, y Elena Poniatowska, durante su encuentro en Washingon. Foto cortesía de la escritora
Según me lo comunicó el biólogo y miembro de El Colegio Nacional Antonio Lazcano, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) colaboró en la construcción del espléndido edificio Amoxcalli de la Facultad de Ciencias de nuestra Ciudad Universitaria, uno de los campus más celebrados de América Latina. Por eso me honró saber que me darían la presea Cátedra Enrique V. Iglesias del BID –que han recibido el músico y director de orquesta venezolano Gustavo Dudamel; la escritora y editora peruana Marie Arana; el empresario Plácido Arango, coleccionista de arte y benefactor de varios museos, entre ellos el Prado; la brasileña Nélida Piñón, Premio Príncipe de Asturias 2005 y autora de La dulce canción de Cayetana; el ministro de cultura de Perú, Salvador del Solar, y desde luego el presidente del BID, Luis Alberto Moreno.

Como habíamos vivido el #MeToo, la respuesta francesa encabezada por Catherine de Neuve y el horror de las gimnastas adolescentes acosadas por Larry Nassar, preparé una conferencia sobre mujeres mexicanas de toda la República, lucidoras, valientes y risueñas como ellas solas, tejedoras, bordadoras, alfareras, cocineras, bailarinas, políticas, como Marichuy Patricio. Acompañaría la conferencia con una serie de transparencias de la generosa fotógrafa Lucero González, del Fondo Semillas, que beneficia directamente a más de 650 mil mujeres y a 2.4 millones de niñas, niños y hombres de forma indirecta para que puedan vender sus textiles, sembrar sus tierras, casar a sus hijos.

Viajé a Washington el miércoles 14 de febrero (Día del Amor y la Amistad), y a las seis de la tarde dejamos la maleta en el Grand Hyatt, formidable palacio faraónico de mármoles rosas, grises y blancos con una entrada de pista de patinaje. Hacia las seis, Felipe, mi hijo, y yo salimos a comer, pero me sentí mal y acabamos en una farmacia CVS, donde la consulta a los clientes se había cerrado. Tomamos un taxi y le pedimos al chofer que nos llevara a un dispensario. Entramos a una oscura sala de butacas recargadas contra el muro en la que puras almas en pena, dobladas sobre sí mismas, los ojos fijos en el suelo con una expresión de inmensa tristeza, esperaban su turno. Todo era muy pobre. Por fin pasé con un joven médico vestido de verde espinaca para que me recetara alguna pastilla y, de pronto, el médico ordenó en voz muy alta: You are staying here (usted se queda aquí). En un santiamén estaba yo en una camilla bajo una luz tan intensa como la de los interrogatorios policiacos. Después de sacarme sangre me pusieron suero. Felipe, azorado, la cara muy roja, esperaba en un rincón con una bolsa de plástico en la que habían amontonado mi ropa. Cada cuarto de hora aparecían bajo la luz en el plafón, médicos internos de los que hacen sus primicias que volvían a preguntar lo mismo.

–Your name is Ms Pelukowsky? (¿Su nombre es Pelukowsky?)

–No, Poniatowska; it’s polish (No, Poniatoska; es polaco).

–¿Polish? ¿Didn’t you first say you were mexican? (¿Polaco? ¿No dijo primero que era mexicana?)

Salían del cuarto y regresaban.

–Ms Pelisky, you have a problem (Señora Pelisky, tiene un problema).

Alegué que quería irme al hotel y busqué con los ojos el apoyo de Felipe. Entonces apareció un médico árabe y gritó como jamás he oído a un médico gritar, que si yo fuera su mamá jamás me dejaría salir del hospital, que viera el esfuerzo que le estaba pidiendo a mi corazón que latía como coche de carreras. Vi que las lágrimas escurrían sobre la cara de Felipe. Alegué en mi favor que tenía yo un marcapaso que trabajaba muy bien.

–Miss Potatowski, you can’t leave the hospital, you’re bleeding (Señorita Potatowski, usted no puede dejar el hospital, está sangrando).

Felipe volvió su cabeza contra la pared, dijo que iba llamar a México al doctor Gonzalo Hagerman, y sacó su celular.

–Mamá, dice Gonzalo que si fueras su mamá no te dejaba viajar ni en el avión presidencial.

–Quiero irme a mi país…

–Sería una imprudencia. Dicen que puedes tener una hemorragia más –se angustió Felipe, quien llamó a Mane, su hermano mayor, que no es médico, sino doctor en física. ¡Que mi mamá no se mueva! Ambos hermanos habrían de comunicarse varias veces a lo largo de esta noche interminable.

–Quiero salir, Felipe, vámonos de aquí. Llegando a México, del aeropuerto vamos a Cardiología…

Tres médicos al unísono alegaron que tenían que hacerme una endoscopia; vendrían por mí al día siguiente, a las 12 del mediodía a más tardar. Sobre la camilla, la inmensa lámpara en el techo invadía hasta el último espacio. Felipe fue a sentarse con todo y su bolsa de plástico en una silla en un rincón y a mí me pusieron brazaletes de papel en los que se leía: Fall risk (riesgo de caída) y mi nombre bien escrito aunque seguían llamándome Pupuska… How come your son says you are mexican if your name is Penkowski? (¿Por qué su hijo dice que es mexicana si su apellido es Penkowski?) Una enfermera me dejó la aguja del suero adentro porque: Vamos a seguir necesitándola.

A raíz de tantísimo suero fui al baño con frecuencia con esa batita que se abre por detrás y deja el trasero a la vista de quienes se interesen por verlo. En uno de esos viajes, de regreso le ofrecí la cama de hospital a Felipe, pero él la rechazó. Bajé de la cama, me acerqué y vi su rostro cubierto de lágrimas. Permanecimos sentados así un buen rato. La noche se hizo profunda en el pasillo que recorría yo para ir al baño; tras de cortinas semiabiertas varios hombres y mujeres con la cabeza amarrada esperaban a que se acabara la noche.

A las diez de la mañana, una enfermera me avisó que dos médicos, Satyanisth Agrawal MD y Alexis Pavle MD, con la asistente Dawn Simon, me llevarían a los pisos superiores para hacer su intervención. Mamá, esto no es un dispensario, es un hospital gigantesco, me informó Felipe. Ya para entonces él le había llamado a don Gerardo Martínez-Freyssinier, quien nos había recogido en el aeropuerto, y al enterarse se presentó en el hospital y apoyó a Felipe en todo. Al salir de la anestesia, Satyanisth Agrawal afirmó que tenía yo que quedarme hospitalizada bajo la mirada angustiada de Felipe, que me dijo: Mamá, no tienes seguro social, ¿con qué vamos a pagar? Nos van a llevar a la cárcel. Ya habíamos pagado 350 dólares. Finalmente llegamos al hotel Grand Hyatt a las seis de la tarde del 15, porque una voluntaria dedicada al trabajo social ofreció –sin dar su nombre– que ella se haría cargo de todo.

Don Gerardo Martínez Freyssinier, quien lleva años en Washington, y Trinidad Zaldívar me avisaron que a la mañana siguiente en el vestíbulo del hotel me entregarían el diploma y la medalla del BID a las 12 del día, unas horas antes de tomar el avión de regreso. No se preocupe de nada; me sentaron como a un flan de sémola sobre el terciopelo de un sillón catedralicio. De pronto llegó hasta el sillón en el vestíbulo del Grand Hyatt, un chavo muy alivianado que resultó ser Luis Alberto Moreno, director del BID desde el 27 de julio de 2005. La verdad, me sentía yo como un trapito. Luis Alberto Moreno me sonrió y entendí por qué le ha dado un impulso juvenil al BID. Puso entre mis manos una imponente medalla que pesa una tonelada y me entregó el diploma. Felipe, Gerardo y Trinidad sonreían. La medalla que no me colgó del cuello, por precaución, dice: Catedra Enrique V. Iglesias de Cultura y Desarrollo 2017, y la redondea una frase de Unamuno: La libertad que hay que dar al pueblo es la cultura. Me emocionó recibir una carta de Enrique V. Iglesias, que había viajado a Washington sólo para este encuentro:

“Estimada amiga:

“Espero que este mensaje la encuentre restablecida de su indisposición. Lamento sinceramente lo que le ha ocurrido, pero es bueno que haya sido sólo un pequeño accidente de salud.

“Tenía muchas ilusiones de conocerla y hacerle entrega, posteriormente, de un premio tan merecido de una Institución que conserva su respeto y aprecio por la cultura.

“Tengo sincera admiración por su coraje en las ideas y su elegancia en la literatura.

“Honra usted a México y a todos los latinoamericanos. ¡Gracias!

“Espero verla pronto y darle un estrecho abrazo que le hago llegar ahora por este intermedio. (Gerardo)

Su amigo, Enrique V. Iglesias.

En el avión United recordé con agradecimiento al BID, a la preocupación de Gerardo Martínez Freyssinier, y abrí el New York Times. Saltaron frente a mis ojos los 17 asesinados en la tragedia de Parkland y a medio vuelo la azafata principal nos avisó que no aterrizaríamos, sino después de varios círculos en el cielo porque había temblado en México. Así fueron nuestros días 14, 15 y 16 de febrero, y se los comparto porque los quiero.

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