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El paso: el documental como testimonio de la violencia en México

El paso: el documental como testimonio de la violencia en México

Siendo consecuente con la línea de reseñas de textos académicos y culturales que me provocan algún tipo de opinión, y con textos no sólo me refiero a libros o tesis, también el material audiovisual debe asimilarse como texto, decidí hablar, no de un documental, en todo caso de un documentalista. Everardo González, quien es la voz de una generación de documentalistas que refiere continuamente a un tipo de sujeto particular, al hombre o mujer que está, como cualquiera de nosotros, enredado en estructuras de poder invisibilizadas por las relaciones de poder que se gestan en la cotidianidad de un país como México. Su opera prima, “La canción del pulque” de 2003 nos cuenta la historia de los clientes de una pulquería con un tono chispeante, diferente a sus últimos trabajos pero siempre dando lugar a una voz completamente veraz y lucida en espacio y tiempo. En 2007 nos presentó su segundo trabajo y quizás uno de los más originales del catálogo de documentales de los casi veinte años del siglo XXI, “Los ladrones viejos”, una pieza a la nostalgia donde se narra el no dicho “código de honor entre los ladrones del pasado” cuya cláusula máxima era: entre menos daños y prejuicios causasen durante el atraco, mejor ladrón se era y más fama se adquiría. Así pues, en los primeros documentales de González, el humor fue, por decirlo de algún modo, el protagonista de la resistencia a la imposición autoritaria que presenta la dicotomía entre lo prohibido y lo permitido, además, para quién y por quién se ejerce el permiso. Voces que operan desde la vida cotidiana, desde las prácticas que pueden ser las más simples o las más complejas de maniobrar.
Para 2011 Everardo González presentó “Cuates de Australia”, su pieza más poética y contemplativa, describe el éxodo de una comunidad propiciado por la temporada de lluvias y sequías en la Sierra de San Marcos del estado de Coahuila. Lo admirable del documental es que nunca plantea narradores de forma lastimera, al contrario, hay un tono lirico e idílico en cada uno de los miembros basados en la empatía, en la curiosidad y el respecto entre documentalista y documentados. Contrario a “Cuates de Australia”, su siguiente trabajo, “Cielo abierto” de 2011 nos muestra la vida y muerte de un obispo en la guerra civil de El Salvador, esto representa una coyuntura en la faena de González, las historias de violencia tácita aparecen cada vez más definitivas en sus obras pero sin morbo, sin miedo a ser expuestas o con señales de censura. Sin embargo, “El paso” de 2015 es el documento en el que haré énfasis, en este, dos periodistas refugiados políticos, exiliados en Estados Unidos, cuentan cómo canjearon su trabajo por la seguridad en otro país porque el Estado mexicano no podía garantizarles seguir con vida. “Según la Agencia de Estados Unidos para los Refugiados, en el año 2014, 14000 ciudadanos mexicanos, huyendo de la violencia, solicitaron asilo en Estados Unidos. 39% más que el año anterior” (González, 2015). El contenido del documental relata en términos llanos, por decir lo menos, la violencia que se ejerce contra los periodistas en México, y la vulnerabilidad en la que viven los reporteros de calle, no los afamados periodistas con grandes nombres quienes aunque amenazados, los respalda la opinión pública. Habla desde los reporteros anónimos, los que cubren la violencia en los estados del interior de la república, los de pequeños pueblos administrados por el crimen organizado. Así como la burocracia, tanto del Estado mexicano como las peticiones del gobierno de Estados Unidos, que muchas veces raya en lo ridículo. Everardo González intermedia entre la historia de Alejandro Hernández de Televisa y Ricardo Chávez de Radio Cañón, manteniendo en su narración la reproducción sin fin de la historia del periodismo en México en contextos modificados y naturalizados en la violencia, tanto del crimen organizado como por el Estado. Alejandro Hernández huyó después de su secuestro cuando cubría una manifestación en el Centro de Rehabilitación Social número dos (CERESO) de Gómez Palacio, Durango. Ricardo Chávez, por otro lado, pidió asilo político después de que mataron a dos de sus sobrinos por denunciar los abusos de autoridad y la coalición entre el narco y las autoridades de Ciudad Juárez. Así, “El paso” es una historia que se contó en 2015 y que en 2018 sigue representando la realidad del periodismo en México. En este sentido, Mbember (2001) en el texto “The Aesthetics of vulgarity” introduce a los mecanismos para asimilar los rituales de una estética vulgar y de opresión en contextos del tercer mundo. Mbember invita a pensar en los símbolos, y lo que implica, entender la articulación entre la representación y las estructuras de poder, provoca además, la necesidad de razonar cómo opera lo social a partir de lo individual y viceversa. Ya que, sin lugar a dudas, las estéticas simbólicas en las que la sociedad civil entiende y vive la cotidianidad están entramadas por lo grotescas y vulgar, fundamentalmente, ejercitadas e impuestas por la estructura de poder que encarnan el Estado y el crimen organizado en sus diferentes aristas y haberes. Para este año, Everardo González presentará “La libertad del diablo” un documental crudo y desgarrador sobre los protagonistas del ambiente de violencia que no cesa en México. Sin duda, una línea de trabajo que sirve como testimonio del México contemporáneo, del México que nos toca vivir.

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