De cánidas compañías y fidelidades

De cánidas compañías y fidelidades

La Gualdra 327 / Año del Perro

 

No importa cómo llegue a casa, ya sea molesto, alegre, preocupado, cansado o derrotado, siempre habrá alguien esperándome con gusto. No me refiero propiamente a mi mujer o mis hijas, sino al temible Max, un pastor alemán de 5 años, el cual me recibe con una enorme sonrisa cánida (supongo que eso significa el movimiento de su cola y las orejas gachas), saltando sobre mí y llenándome de pelos y baba. Debo confesar que siempre es reconfortante.

Y es que un can es un ser de una nobleza extrema, pues no importa el trato que le des, siempre estará dispuesto a jugar o defenderte, incluso saludarte aunque ya no le quede mucha fuerza, como es el caso de Argos, el perro de Odiseo, quien tardó veinte años en regresar a casa luego de haberse embarcado a la guerra de Troya: Allí estaba tumbado el perro Argos, lleno de pulgas. Cuando vio a Odiseo cerca, entonces sí que movió la cola y dejó caer sus orejas, pero ya no podía acercarse a su amo. Entonces Odiseo, que le vio desde lejos, se enjugó una lágrima sin que se percatara Eumeo… Argos además, es el primer canino que aparece en la literatura, seguido de los personajes de las fábulas de Esopo.

Más tarde, Dante hablará de otro perro memorable, Cerberos, que al contrario de Argos no es una mascota amorosa, pero sí fiel al mismísimo Satán, pues cuida las puertas del infierno, donde devora la esperanza de todo aquel que cruza ese umbral: Cerbero, fiera monstruosa y cruel, / caninamente ladra con tres fauces / sobre la gente que aquí es sumergida. / Rojos los ojos, la barba unta y negra, / y ancho su vientre, y uñosas sus manos: / clava a las almas, desgarra y desuella. Este temible animal, en la mitología griega cuidaba las puertas del Hades para impedir que los vivos entraran y que los muertos abandonaran tan temible morada. Aun así, Dante, por orden del Supremo, y acompañado por Virgilio, entró por esas puertas; mientras que Orfeo, gracias a su bella música, pudo dormir al pavoroso guardián para conocer tan infernales moradas.

En el Renacimiento, Cervantes creará su obra El coloquio de los perros donde Cipión y Berganza adquirirán la habilidad de hablar para sostener una charla sobre su experiencia de vida, y con ello hacen una crítica picaresca del género humano, como bien muestra Berganza: Oí que me llamaban por mi nombre desde una ventana; alcé los ojos y vi una moza hermosa en estremo; detúveme un poco, y ella bajó a la puerta de la calle, y me tornó a llamar. Lleguéme a ella, como si fuera a ver lo que me quería, que no fue otra cosa que quitarme lo que llevaba en la cesta y ponerme en su lugar un chapín viejo. […] Bien pudiera yo volver a quitar lo que me quitó, pero no quise, por no poner mi boca jifera y sucia en aquellas manos limpias y blancas.

No puedo irme sin mencionar a Flush, el chucho de Virginia Woolf; a Buck y White Fang de Jack London; Jip y Bull´s Eye de Dickens; Mister Bones de Paul Auster; Toto de Lyman y los nueve perros de Orwell en rebelión en la granja que aluden a la policía de Stalin. Las referencias son múltiples, el perro es necesario para reflexionar sobre la condición humana; por lo pronto, yo como Miguel de Castro: “Cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro”.

 

 

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