Desde la imprenta oficial del gobierno

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Gustav Wetter, en su “Dialectical Materialism” (Routledge (1958) Londres, p. 29), escribió que, para Marx, la abolición de la propiedad privada y la alienación general no será el resultado de actos deliberados, sino que “…en su lugar se efectuará a través de la ley de desarrollo del orden presente, que lleva en sí las semillas de su propia destrucción”. He aquí un elemento básico del materialismo histórico, la idea de una “ley de desarrollo de la sociedad” desde la que se predice un evento futuro: el fin del capitalismo. A principios del siglo XX Tugan-Baranovski da un viraje porque, de acuerdo a sus razonamientos, la tal ley no permite esa predicción ya que parece que el capitalismo puede continuar indefinidamente. Otto Bauer, Rudolf Hilferding, Karl Kautsky y Edouard Bernstein aceptan ese punto de vista abriendo paso a la estrategia social demócrata de “convivencia con el sistema capitalista”, entendida como aminoración o matización de sus aspectos miserables (la pobreza, el monopolio, la corrupción y un largo etcétera). Sin duda los descendientes de aquellos socialdemócratas, anidados en sectas izquierdistas de toda laya, aceptan ese posicionamiento teórico de la continuidad ad infinitum del capitalismo, pregonando políticas públicas redistributivas y asumiendo la posibilidad del cambio de sistema de reproducción social mediante la discusión parlamentaria. Es bien conocido que Henryk Grossman (“La ley de la acumulación y del derrumbe del sistema capitalista, Siglo XXI (1979) México, p. 43) creyó prudente disentir porque, según él, en Marx estaban todos los elementos para demostrar que el capitalismo no puede sobrevivir como sistema económico. La discusión prosigue, lo que es cierto es que la predicción crucial del materialismo histórico no ha tenido lugar. Para los fogosos poperianos ello es suficiente para condenar esa teoría, para los social-demócratas, utilizando elementos menos contundentes, el asunto está saldado, lo indica que a veces sienten el deber de condenar cualquier teoría del derrumbe. La estrategia de la izquierda queda confinada a la lucha electoral, a las condenas morales del insaciable Moloch capitalista, a la negociación parlamentaria de más recursos para tal o cual ramo del presupuesto público, en suma, su horizonte se reduce a la sociedad fácticamente existente. Ni el aliento utópico quedó una vez eliminada la idea de una ley del desarrollo del proceso histórico. De cualquier modo, las ideas no mueren fácilmente, así que todavía existen quienes proponen modelar matemáticamente la historia (e.g. Peter Turchin“Historical Dynamics” PUP (2003) Princeton) confiados en que una teoría científica no existe mientras no haya la voluntad de matematizar para predecir lo que pueda ser predicho. El punto que queremos resaltar es que la izquierda aceptó que el cambio social debe ser no violento, por lo que la lucha de clases se dirime en las urnas, así que debe haber una adecuada representación e información para que se manifieste la voluntad del pueblo. Todos estos son temas del liberalismo. Aceptó también, a su manera, el mito de la “unidad” (Véase el artículo “La era de la indignación” Jonathan Haidt en “Letras Libres” #230). La caracterización del liberalismo que está aquí en juego se tomó de Carl Schmitt, autor que sostiene que el liberalismo suprime sistemáticamente toda decisión, toda lucha y, por ende, lo “político” mismo. Quizá su crítica más feroz sea la contenida en el libro “La crisis de la democracia parlamentaria”, pero en versión abreviada y candorosa está en “Teología política” o “Interpretación europea de Donoso Cortés” (H. Orestes Aguilar “Carl Schmitt, teólogo de la política” FCE (2001) México). Walter Benjamin, en sus “Tesis sobre filosofía de la historia” sugiere algo impensable para el marxista ortodoxo: reconstruir el materialismo histórico desde la teología, como deja claro en la primera de sus tesis. Al hacerlo así trata de sacar ventaja de la observación que Schmitt colocó al principio de la parte III de su “Teología política”, donde indicó que “Todos los conceptos significativos de la moderna teoría del Estado son conceptos teológicos secularizados”, pero que tomó del “Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo” de Donoso Cortés, en el que su autor afirma, aludiendo a Proudhon: “La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el Océano que contiene y abarca todas las ciencias”. Para él la teología que importa es el catolicismo. Dice Donoso de la escuela liberal que es la más contradictoria de entre todas las racionalistas, así como un compuesto exótico de contradicciones palmarias, por lo que la encuentra inferior al socialismo, que a su vez está por debajo del catolicismo. Imposible demostrar aquí lo mucho que debe Schmitt a Donoso, baste decir que el reto lanzado por Benjamin en sus tesis consiste en reconstruir el materialismo histórico de modo que, desde la analogía teológica, logre superar las objeciones de Donoso. Inútil añadir que la social democracia plenamente ignora a Donoso y tacha de irrelevante a Benjamin. La predicción marxista, armada sobre la ciencia del XIX, se abandona en favor de la construcción presente de la felicidad como medio de advenimiento del Reino. ¿Qué acción política se configura sobre la base de las tesis? Nuestra hipótesis es que es lo político en el sentido de Schmitt.

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