Propuesta más que indecorosa

Propuesta más que indecorosa

Los escritores como yo, ilusos, pero sobre todo quisquillosos y susceptibles, o que damos excesiva importancia a asuntos insignificantes, deberíamos levantar un monumento al biógrafo, anticipadamente, persuasivamente, tanto para que, en su momento, se ocupe de nosotros con todo rigor, como para que, y muy en particular, justifique nuestra descomunal manía de guardar, de archivar, absolutamente todo papel escrito por nosotros o dirigido a nosotros, o con nosotros como su tema, central o aunque fuera marginal. Escritos limpios y escritos borroneados y tachados. Enteros o medio rasgados. Cartas, diarios, borradores, papelitos, agendas, cuadernos de trabajo, listas de quehaceres a mediano plazo o inmediatos, directorios vivos y directorios muertos (nombres, direcciones postales, números de teléfono), invitaciones, atendidas o no. También preservamos fotografías, entradas de teatro o de salas de música, y hasta el envoltorio en el que nos llegan los ejemplares justificativos de cada libro que publicamos, cuando no de cada edición y reimpresión. Igualmente, conservamos, ¡ay!, los papeles y las fotografías que de un modo o de otro heredamos de nuestros seres queridos. Nos llenamos de papeles, y de ahí que la única ambición que los escritores como yo tengamos en la vida sea precisamente la de que cuanto guardemos, absolutamente todo lo que protejamos, resguardemos y defendamos, de daños o peligros más reales o más imaginarios, algún día tenga algún significado, para algún investigador empeñado en ir tras la caza de un tema que le augure, le propicie, le presagie, le auspicie, algún futuro, del orden que sea, siempre que sea favorable, algo así, quizás, como la fama o tal vez incluso algo más. Que se pronuncie el escritor que sea como yo y que no esté de acuerdo en levantar un monumento celebrador, adelantadamente agradecido, al biógrafo, a esa figura que, por su simple razón de ser, justificara nuestro desbordado afán de almacenar, amontonar, acumular, recopilar papeles, dedicación que nos ocupa, cada vez más desalentadoramente, todos y cada uno de los días de nuestra más bien desolada existencia, hora tras hora, dormidos o despiertos, como si no tuviéramos otro quehacer y otro propósito que seguir escribiendo y, en consecuencia, seguir recogiendo todo paso que damos en este orden, todo apunte, toda versión, todo proyecto de nuestros escritos. Qué tontos solemos ser los escritores como yo, qué desencaminados estamos, qué despistados, qué desorientados. Preferimos desprendernos de cualquier objeto que de nuestros apreciados papeles. Nos deshacemos de ropa y de muebles antes que de nuestros papeles. Casi somos capaces de dejar atrás a nuestros amigos antes que nuestros papeles. ¿Qué somos? ¿Qué clase de personas somos que valoramos más un papel que todo lo demás? No me entiendo y no entiendo a los escritores como yo. Cuando podríamos ser como los otros, nuestros colegas preocupados por lo que de veras hay que preocuparse, y despreocupados ante todo lo que de veras no amerita preocupación ninguna. Ellos saben muy bien cuál es la diferencia. Y de ahí que vivan aligerados de preocupaciones inútiles como las nuestras. Nosotros no sólo acumulamos nuestros preciados papeles sino que, de paso, tenemos que cargar con ellos vayamos a donde vayamos. Nos cuesta mudarnos de casa o de lugar de trabajo, sólo ante la perspectiva de qué haremos con los papeles. Nos cuesta viajar, sólo ante la perspectiva de que, por fuerza, el viaje se representará en forma de papel en cada una de sus manifestaciones, menús, folletos, mapas, acuerdos. Qué ligeros vemos desplazarse a los escritores que no son como nosotros. La idea que les damos de seres hundidos en permanente angustia es cierta, pero qué engañados se sentirían si conocieran los verdaderos motivos de nuestra angustia. No se refiere a nada sino al peso que cargamos desde que fuimos conscientes de que éramos escritores y que hemos seguido cargando a lo largo de nuestra existencia, el peso, se sobrentiende, que consiste en los papeles, tanto en los que ya cargamos como en los que sabemos que, a medida que sigamos vivos, iremos cargando. La manía no cesa, por más que reflexionemos sobre ella y alrededor de cuanto tenga que ver con ella. Por eso nuestro único alivio es el de esperar que algún día, para algún biógrafo, nuestros papeles tendrán sentido.

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