Las horas más oscuras de ser Primer Ministro

Las horas más oscuras de ser Primer Ministro

El cine imita a la realidad pero sin crear una copia fiel de ella. O bien, el que quiera aprender historia que lea un libro. Estas dos ideas bien podrían ser la premisa de Darkest Hour (Las horas más oscuras), película biográfica sobre el primer ministro de Gran Bretaña Winston Churchill en su primer mes de mandato, que coincidió con la desafortunada crisis e intervención de los británicos durante la Segunda Guerra Mundial.

Lejos de volverse una cinta biográfica o ‘biopic’ convencional, el guion está estructurado como un thriller de suspenso, y que en el tratamiento dado al personaje principal y a las libertades tomadas hacia este invariablemente nos hacen cuestionarnos si todo lo narrado en la cinta en verdad sucedió, y que en dicho proceso termina por sustentar las bases de las adaptaciones más sólidas, donde la ficción supera a la verdad histórica.

La que bien pudo volverse una lección de historia barata o un documental de televisión abierta es, gracias al enorme talento del director Joe Wright (Atonement, Orgullo y Prejuicio, Anna Karennina) una experiencia cinematográfica dinámica y emocionante, con un ritmo trepidante y enérgico que no nos permite despegar los ojos de la pantalla.

En manos de otro realizador, la película se pudo tornar increíblemente aburrida, pero fiel a su estilo particular, Wright utiliza un sinfín de elementos que vuelven más ágil y estimulante la representación aquí narrada. Así pues, el ritmo constante, los cortes rápidos, los saltos de tiempo, los close up, un humor muy ingenioso y la estupenda música de Dario Marianelli son los elementos que refuerzan el artificio del cine en una narrativa envolvente.

Hasta los momentos más íntimos e insignificantes, como ver al mandatario dictar un discurso o mantener una reunión en la cámara baja se tornan fascinantes de ver. Como claro ejemplo, la máquina de escribir en el imaginario de Wright, como una generadora de palabras, cadente y obsesiva es plasmada con enorme elegancia aquí, al igual que en Atonement, su otro acercamiento (más trágico) al género bélico.

La caracterización del legendario político corre a cargo del genio histriónico Gary Oldman, que aquí utiliza maquillaje y prótesis para lograr un mayor parecido con el personaje, pero que lejos de tornarse caricaturesco o excesivo, gracias a las habilidades del intérprete nos hace olvidarlo por completo y nos muestra a un Winston Churchill indeciso y terco, lleno de determinación e imperfecciones, así como un claro sentido del humor puramente británico.

Que la cinta planteé la posibilidad en aquel entonces de una tregua entre los británicos con Alemania cobra paralelismos con la otra cinta bélica de la temporada, Dunkirk de Christopher Nolan, al demostrar que los principales protagonistas de crear la historia como la conocemos dudaron hasta el último momento, pero que a través del Churchill de Oldman y de un relato que se torna francamente emotivo nos recuerda que a los tiranos hay que enfrentarlos sin titubear, aunque todas las probabilidades estén en tu contra.

 

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