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Galardones poéticos en la España actual

Galardones poéticos en la España actual

Uno puede tener razón y ser derrotado, ya que el coraje no obtiene recompensa. Esto posiblemente lo dijo Camus. Como Nietzsche, obsesionado en la idea de que si se sigue un camino propio no se encuentra nunca con nadie. Y eso es lo que tienen los caminos propios, que nadie sale a socorrerte. El oficio de francotirador es de una soledad apabullante, pues un día de hace docenas de años quise ser coherente conmigo mismo y eso me costó el desatino de la soledad, porque ésta es de una crueldad infinita. Esto viene a propósito de algunos editores españoles que he conocido, que confunden su oficio con el ejercicio mafioso de una profesión tan noble como la de invitar a la gente a leer. ¿Habrá cosa más bella? Antes ibas a las pequeñas librerías de novedades y los libros permanecían durante meses, pero luego, con el paso del tiempo, los libros apenas estaban un mes en los anaqueles. Había también libreros que se decidieron por el “lujo” de la edición. Antes, cuando amaban la literatura publicaban ediciones cuidadas y de una calidad inusitada, pero luego algunos de ellos, sólo algunos, se corrompieron como se corrompe el agua estacada, dejaron de leer y cambiaron la cultura por el vil metal. Ya no se esforzaban en apostar por obras que vendían a duras penas para recuperar sus ardientes pérdidas. ¿Qué pasó?

Que llegaron los gobiernos democráticos, las regiones o estados autonómicos, los múltiples ayuntamientos y todos se decidieron por algo tan elemental como la cultura, pero no ya como bien común de los pueblos, sino como foco de pingüe negocio. Como el ajedrez y el juego de la oca cultural le dio por crear premios frenéticamente, y estas pequeñas editoriales de poesía ofrecieron sus servicios y fingían que distribuían divinamente. Entonces los “buenos” editores se ofrecieron a editar las obras ganadoras y finalistas a cambio de unos miles de euros y de “donar” a los ayuntamientos 500 ejemplares que, en realidad, les vendían a precio de oro. Y así no sólo se fueron enriqueciendo sino que ya introducían a uno o dos miembros del jurado que influían sobre el resto para que los amigos ganaran dichos galardones. Se creaba el negocio de la prebenda. El editor de turno –apenas intervenían en el juego media docena- creaba mediante este procedimiento no sólo cuentas bancarias enormes, sino que también influía en el sistema literario, imponía modos de acuerdo con dos o tres cómplices y hasta compraba críticos a cambio de alguna publicación en sus colecciones. Llegó un momento en que publicaron también ensayo literario e inundaron las universidades vendiendo libros a diestro y siniestro.

Los premios se convirtieron en un negocio redondo y dichas editoriales fueron engordando sus catálogos hasta extremos insólitos. Así se ha creado una historia de golfos y malandrines que si fueran políticos estarían probablemente en la cárcel, pero sus delitos éticos y estéticos campan libremente desde La Coruña hasta Almería, desde Sevilla a Madrid y a Barcelona o desde Valencia a Badajoz. Nadie dice nada por miedo a no tener opción en un futuro, que a algunos se le estira y fallecen los pobres sin que ese futuro les alcance ni de casualidad. Los medios de comunicación participan en la farsa sin captar absolutamente nada porque como la ignorancia es osada nadie se atreve a señalar la desnudez de un estilo que se eterniza en su mediocridad inacabable. Ésta, pues, es una parte de la poesía contemporánea y el problema no se arregla porque nadie lee y los pocos que lo hacen están en sus catacumbas muertos de miedo.

 

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