El poder del chirrión

El poder del chirrión

Hoy en día, el que el padre de familia le ponga sus moquetes a su entenado parece haber pasado de moda, y más bien se ha convertido en un horrendo crimen por el cual es agresor, aunque su intención haya sido corregir, por lo que puede perder la tutoría de su propio hijo, ya que supuestamente existe un gran daño moral, ya no hablemos del dolor físico, en el pobre niño que recibió su tanda de cuerazos por caprichudo.

Yo sufrí en carne esa violencia. Recuerdo alguna vez en el pueblo de Colotlán, Jalisco, tierra de alacranes, melcochas y gorditas fritas con salsa de vinagre, cuando estaba con un grupo de amigos, tan cábulas como pueden ser los chicos de pueblo a esa edad, quienes haciendo burla de quien escribe estas líneas, me sedujeron con la estúpida idea de arrojar piedras a las ranas que tranquilamente yacían en el fondo de un pozo de agua.

Y ahí está el citadino, arrojando rocas y matando anfibios, cuando, de repente, escuché una terrible voz que expresaba un terrible enojo. Volteé hacia donde surgían esas pavorosas amenazas. El sonido se hizo más espantoso cuando vi al sujeto que las profería: un hombre moreno, chaparro, con chaparreras, un ancho sombrero ranchero, espesos bigotes negros como el carbón, y en las manos blandía un gran trozo de cuero.

No lo pensé mucho y corrí. Mis supuestos “amigos” habían hecho acto de desaparición mucho tiempo antes, pues de ellos, ni sus luces. Pensé que dejaría atrás la amenaza fácilmente, pero cada vez que volteaba hacia atrás, el charro del pozo me seguía cada vez más enfurecido y gritando fuertes inminencias. Alrededor de cinco cuadras, un lote baldío, un río y una larga calle, por fin entré al zaguán de la casa donde finalmente me sentía seguro.

Mi terrible perseguidor no tardó en hacerse presente. Golpeando la puerta y echando maldiciones, exigiendo que yo, pobre citadino que no entendía qué era tan grave, saliera a enfrentarlo y recibir mi merecido. Mi tía y mi madre abrieron la puerta y demandaron una explicación a tanto escándalo.

El tremebundo hombre habló y explicó a mi progenitora y su acompañante, en quien deposité las esperanzas de mi defensa, que yo, de manera inconsciente (y así fue, lo juro), había estado arrojando piedras al fondo de su pozo, matando ranas. Ellas le dijeron que no era para tanto, pero el sujeto les explicó que las ranas muertas en el pozo contaminarían el agua, y que era muy difícil bajar por los cadáveres de ellas y sacarlas de ahí.

“No se diga más”, dijo mi madre. Entonces fue por mí, me estiró de la patilla y me entregó al hombre furioso, que gracias al cielo parecía estar un poco más sosegado que cuando lo vi por primera vez. Me puso contra la pared y comenzó la faena: ha sido la lección más dolorosa que he aprendido. No creo, ni por un segundo, que me haya dejado daños morales o psicológicos; físicos sí, por supuesto, pero hace mucho que desaparecieron, pero entendí lo importante que es respetar la propiedad privada y no alterar el orden de las cosas.

Los “fregadazos” de los padres o los adultos encierran años de sabiduría. El ser humano no es una criatura débil y enclenque. Somos como la piedra cuando se nos forja como tal, materia bruta que tiene que pulirse a golpes de cincel. Claro que hay delitos graves, que existe el maltrato perverso por parte de seres ruines y despiadados, pero eso no debería impedir que entendiéramos la complejidad de las cosas, y que un niño malcriado bien puede aprender grandes lecciones a punta de chirrionazos. Quizá la sociedad contemporánea estaría un poco mejor y hasta los gángsters tuvieran algo de honor.

 

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