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Editorial Gualdreño 325: Chavita

Editorial Gualdreño 325: Chavita

Se llamaba Salvador y de ahí se derivó el apelativo de Chavita, o Shavitta -su nombre artístico; sus apellidos fueron Pérez Pérez, aunque en su Facebook aparece como “de Alba”; utilizaba el “de Alba” por la admiración que tenía por Rebeca a quien le unía una gran amistad y a quien consideraba una reina. Su fecha de nacimiento también es un misterio, en su página aparece el 1 de diciembre de 1971, pero en realidad se quitaba la edad, nació 10 años antes, pero no se le notaba… Eso finalmente no importa, porque es fácil suponer que en la construcción de su personaje haya metido algunos elementos de ficción. Él, Chavita, fue un artista zacatecano nacido en Valparaíso y pasó su infancia en Fresnillo antes de llegar a Zacatecas a estudiar derecho, carrera que terminó, pero nunca ejerció. Chavita fue abogado de profesión, un promotor de los shows de travestismo en la región, estilista en años recientes, pero sobre todo, un defensor de los derechos de la comunidad LGBTTTI.

Fue un artista del escenario, su capacidad para transformarse, para entrar en los personajes que interpretaba lo distinguió no sólo como uno de los pioneros del travestismo en nuestro Estado, sino como uno de los mejores. En la década de los 80 del siglo pasado, cuando la apertura hacia la comunidad gay era casi nula, un joven atrevido, valiente, vivaz, tuvo la idea de “vestirse” para montar uno de los shows más recordados de la época en la ciudad; y no sólo eso, sino que tuvo la claridad de proyectar que ese show sirviera para que más personas como él salieran del clóset a divertirse con un espectáculo en el que actuaban caracterizados como las artistas más famosas de aquel tiempo. Shavitta´s Travesti Show fue un boom desde sus inicios, porque era diferente, muy profesional y porque defendía el hecho de que todas las personas, independientemente de sus preferencias sexuales, tienen los mismos derechos humanos. Promovió siempre la igualdad en y desde la diferencia. Por eso nuestra portada de hoy está dedicada a él y a su memoria.

Chavita fue un excelente bailarín, de ahí que incluso impartiera, en sus años mozos, clases de baile. Lo conocí a principios de los 90, cuando enseñó a un grupo de estudiantes a bailar lambada para Le Fest, una disco celebrada anualmente en La Raqueta, la discoteca de moda de aquellos años. Desde entonces, cuando lo encontrábamos y a pesar de tanto tiempo transcurrido, nos hablaba y abrazaba con esa efusividad que le era característica; respetuoso siempre, dueño de una memoria prodigiosa, sabía los nombres de quienes habíamos sido sus alumnos, de quienes habían asistido a sus espectáculos, de sus compañeros en la universidad, de todos… Chavita conocía a mucha gente en Zacatecas y me tocó ver cómo era correspondido en el cariño que prodigaba sin distinción alguna.

Hace apenas unos días, al iniciar el año, lo encontré en La Bodeguilla tomando una copa con Sergio, Paty y Tere Casas. Sin más, mencionó que estaba ahí porque se estaba despidiendo, que padecía una enfermedad grave y terminal. “Estoy muriendo”, me dijo con los ojos anegados en lágrimas, pero de inmediato volvió a sonreír… Porque así era él, porque nunca dejó que las tristezas lo quebraran, para eso estaba el escenario, ahí sí podía llorar cuando cantaba Paloma Negra con su hermoso vestido azul mientras interpretaba a Lola Beltrán. Se sentó un rato con nosotros y nos dijo que estaba triste porque no quería morir, pero como su partida era inminente no le quedaba más que afirmar que había vivido como él había querido, que había gozado la vida al máximo y que había dejado dispuesto que su última misa fuera en Catedral porque deseaba que su funeral fuera el de una reina. Lo dijo tan tranquilo, que incluso llegué a dudar que realmente estuviera tan enfermo, porque esa última noche que lo vi, lucía radiante. Pidió otra copa y también que le pusieran la canción del Rey, de José Alfredo. Terminó la canción, la copa, se levantó de nuestra mesa, nos dijo que amaba al mundo y que nos amaba a todos, antes de irse, levantó la cara dignamente y como si estuviera cerrando un episodio declamó: “Vida, nada te debo, vida, estamos en paz”.

Salvador Pérez Pérez falleció el Día de la Candelaria. Su misa fue en Catedral como él quería. Desde aquí nuestra solidaridad para sus hermanos María del Pilar, José Luis, Joel, Angélica, María de Jesús y Esthela; y para sus amigos, que fueron muchos. Buen viaje, querido Chavita.

 

Jánea Estrada Lazarín

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