2018, México ante la tormenta perfecta

2018, México ante la tormenta perfecta

Hace 50 años, medio siglo, ocurrió el movimiento estudiantil ahogado en sangre por el gobierno encabezado por Gustavo Díaz Ordaz. Y hace ya 30 años del fraude electoral organizado bajo el mando de Miguel de la Madrid, primer presidente neoliberal de México, para imponer en la presidencia a Carlos Salinas de Gortari y consolidar el rumbo neoliberal con la negociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), y con el inicio de la aprobación de las reformas estructurales orientadas a debilitar al Estado mexicano impidiéndole ejercer sus funciones de garante de los derechos humanos, y rectoría de la economía. Las secuelas de la imposición a rajatabla del neoliberalismo desde entonces a la fecha configuran uno de los componentes de la tormenta perfecta que golpea al pueblo mexicano: millones de excluidos del trabajo, el estudio y el consumo, profundización de la desigualdad social y territorial y crecimiento económico mediocre. Otro componente lo constituyen, sin duda, los retrocesos propiciados en el proceso gradual de transición democrática originado con la reforma de 1977, por los gobiernos de Fox, Calderón y Peña Nieto, que están en el fondo de la crisis de representación que sufre el sistema político en su conjunto, y las instituciones electorales en particular. Hoy estamos ante un escenario en el que el Consejo General del INE y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación se critican mutuamente y han establecido reglas que atentan contra el principio de equidad en la competencia, fundamental para garantizar la legitimidad de las autoridades que habrán de conducir al país en estos tiempos turbulentos. Los otros dos componentes de la tormenta perfecta que enfrentamos son la corrupción y la impunidad, además de la inseguridad y la violencia, aspectos que trataré en seguida.

En agosto del 2011, a cinco años de iniciada la guerra contra los carteles de la droga, y a un año de que finalizara el gobierno encabezado por Felipe Calderón, el Rector de la UNAM presentó al Estado mexicano un documento muy importante denominado “Elementos para la construcción de una política de estado para la seguridad y la justicia en democracia”, elaborado por especialistas de la propia UNAM y del Instituto Iberoamericano de Derecho Constitucional. Las propuestas contenidas en el documento de 40 páginas constituyen una nueva visión integral del cambio que México requiere en la materia. Cabe destacar que antes de abordar las propuestas particulares, los autores hacen una advertencia muy importante que, fue dejada de lado con las consecuencias que hoy lamentamos. La advertencia dice: “El impacto de la corrupción en las instituciones y la participación de la sociedad en ella nos obliga a reconocer lo siguiente: esta propuesta de política de Estado será estéril si no se toman decisiones y realizan acciones contundentes, desde las mas altas responsabilidades públicas y liderazgos privados, para reducir las practicas de corrupción e impunidad. Debe comenzarse por las malas practicas insertas en los circuitos de alta jerarquía y hacia abajo, hasta la más modesta ventanilla.”

Hoy es evidente que ni Calderón ni Peña hicieron caso de la advertencia, y que toda la estrategia de seguridad y las grandes cantidades de dinero invertidas en ella fueron estériles, no produjeron los frutos que esperábamos: el año 2017 fue el más violento de la historia reciente, mientras que la corrupción y su vicio gemelo, la impunidad, están en su apogeo como lo demuestran los casos Odebrecht, OHL, estafa maestra, y tantos otros. Ya es evidente que la corrupción corrompió desde sus cimientos a las instituciones republicanas que han extraviado su misión constitucional: velar por el bienestar del pueblo. La corrupción política es una de las principales causas del desprestigio de la política y de los políticos, y del deterioro de la cultura impositiva de los mexicanos, pues nadie desea pagar impuestos si está convencido de que sus recursos pararán en los bolsillos de un político corrupto. Ello debilita la capacidad del Estado para que los derechos de los ciudadanos tengan vigencia real, lo que explica, en buena medida, la desafección de millones de ciudadanos ante el orden legal.

La corrupción política en las altas esferas del gobierno federal ha impedido el combate frontal al lavado de dinero y garantizado la impunidad de legiones de cabilderos que han operado mecanismos como la estafa maestra que han conducido hacia bolsillos privados miles de millones de pesos necesarios para garantizar derechos sociales conquistados, y no solo eso, sino que han corrompido segmentos cada ves más amplios de la sociedad, como diversas autoridades universitarias y empresarios que propician el trafico de influencias para lograr contratos o concesiones. Y lo que es más grave, el espacio de la competencia política en nuestro país se ha deteriorado significativamente por el fenómeno de la corrupción que ha penetrado en los partidos, medios de comunicación, autoridades electorales y hasta en franjas amplias de electores que ya han descubierto la manera de obtener beneficios ilegales a cambio de su apoyo a algún candidato. Y ello también contribuye a la crisis del sistema representativo de la república y al desprestigio de las autoridades electas. En síntesis: la corrupción es el detonador principal de la descomposición generalizada que sufrimos.

Demasiados mexicanos están sufriendo excusión absoluta, inseguridad, violencia, desigualdad, corrupción, y la irresponsabilidad de la mayoría de sus élites políticas y económicas, que se han desentendido de su función primigenia y actúan en beneficio de sus propios intereses y en contra de la inmensa mayoría de la comunidad. Muchas personas ya rebasaron el límite de su tolerancia a la situación en que viven y están canalizando su ira hacia conductas antisociales, lo que alimenta el circulo del terror en que viven prisioneros: más ira, más violencia, más ira… Hay que romper ese circulo incluyendo a los excluidos y enfrentando como se debe a la madre de todos los vicios: la corrupción, como primer paso para desarticular la tormenta perfecta.

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