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Renovación

Renovación
Hoy despedimos 2017, año que trajo severas pérdidas y dolor a nuestro país. La recuperación tanto en el aspecto emocional como en el material llevará un buen tiempo. Por fortuna, la generosa solidaridad que surgió a raíz de las tragedias parece seguir en pie. Se organizan brigadas para ir a reconstruir casas y continúan las donaciones de bienes y dinero, aunque en menor medida. Es muy importante no bajar la guardia, miles de compatriotas se encuentran aún sin lugar donde vivir.

Pero la vida tiene que seguir, así es que con ánimo optimista y con el firme propósito de renovar el espíritu de solidaridad, vamos a trasladarnos a mediados del siglo XIX.

De esa época, que también fue azarosa en el país, nos legó deliciosas crónicas don Antonio García Cubas, uno de los cronistas decimonónicos más prolijos. En su Libro de mis recuerdos, nos describe las festividades de fin de año en esos tiempos y nos brinda una detallada descripción de los vendedores ambulantes.

Dice: “El día de san Silvestre la buena Ciudad de México cierra el año con broche de oro, acordándose al fin de que hay un Dios ante quien debe prosternarse para darle gracias por los favores recibidos el año que termina e implorar su socorro para el año que comienza… Todos los templos de la ciudad, desde las siete de la noche, se hallan henchidos de gente, cuyas fervorosas plegarias suben a la mansión celeste… Por donde quiera se escuchan las palabras feliz año y por todas partes se ven aparadores atestados de hermosísimos objetos y por las calles criados que van y vienen con lujosos regalos y hermosos ramilletes de flores. Es el día grande de las congratulaciones”.

Costumbre arraigada era la Rifa de Santos el día primero de enero. Depositabase en una ánfora cedulillas de papel, en cada una de las cuales constaba el nombre de un santo o virgen… De aquella ánfora iban sacando las jóvenes, una por una las mencionadas cedulillas y a ese santo debían consagrar especial devoción durante el año… Nunca faltaban San Francisco de Paula por casamentero y Santa Rita por allanadora de imposibles.

Previamente el cronista nos había descrito con lujo de detalles los preparativos navideños, las posadas, las pastorelas, los nacimientos, las misas de aguinaldo y de gallo y las rifas de compadres y la de santos que mencionamos.

Habla de que en esas fechas la gran plaza era una Babel, en donde las voces de los que ofrecían sus mercancías y las de los compradores y el murmullo de la multitud producían una confusión inexplicable; esto no ha cambiado gran cosa.

Otra simpática reseña de don Antonio es la que hace de los vendedores ambulantes, que lo eran en sentido estricto, ya que deambulaban por la ciudad durante todo el año, pregonando con tonadillas su mercancía, menciona: Mantequilla de a real y medio, repetía sin cesar un indio que llevaba a espaldas en un huacal su producto”. Haaaay chichicuilotitos vivos, cantaba la vendedora de las garbosas avecillas” y así sucesivamente nos van apareciendo una variedad de vendedores y oficios.

Estos pregones se extendían a algunas fondas y cafés, como el que después habría de volverse el famoso Café de Tacuba, que todavía existe en el número 28 de esa calle, que en la puerta tenía un muchacho anunciando a grito partido que ahí se servia café con leche y mollete con mantequilla. Su descripción de los cafés es extraordinaria y nos permite reconstruir dicha faceta gastronómica de esa Ciudad de México, que entonces tenía 200 mil habitantes y abarcaba lo que ahora llamamos Centro Histórico.

El problema es que nos despierta el apetito, pero afortunadamente este tipo de establecimientos todavía existen y continúan ofreciendo básicamente los mismos manjares. Muy apreciados son los conocidos Café de Chinos, de los que todavía hay varios en el corazón de la ciudad, con su amplia oferta de biscochos para sopearlos en café con leche en vaso, atole o chocolate.

Con mi mayor cariño les deseo a los lectores un buen 2018.

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