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El nuevo centro (como programa)

El nuevo centro (como programa)

Si la nueva era liberal comenzó como un giro en Inglaterra
y Estados Unidos, la caída
de la Unión Soviética
la transformó en una inflexión mundial, tecnológica
y cultural, social y moral.

Nunca dejan de llamar la atención las proporciones que alcanzó esa suer­te de mexicocentrismo –un penoso ombliguismo histórico– que ca­racterizó a la escritura de la historia nacional durante los años 70 y 80. Penoso por su pobreza conceptual y por las dosis de ideologización que arrojó sobre las in­vestigaciones del pasado nacional. Cada vez que nos observamos en ese espejo encontramos una ficción absorta en sí misma, orgullosa de su propio autismo, urgida de saberse singular, especial. ¿El ave (ya desdentada) de Mi­nerva que levantó el vuelo en la noche del nacionalismo revolucionario?

La mayoría de sus versiones datan la crisis que alcanzó al “Estado populista” a finales de los años 70 hasta llegar al hundimiento de 1982, en el que la nacionalización bancaria decretada por José López Por­tillo lanzó al país (durante la siguiente década) por la ruta exactamente contraria a la que ya seguían la mayoría de las economías occidentales. Pero ninguna de ta­les versiones logra –ni siquiera se propone– reconstruir esa fecha, crucial por cierto, como la continuación de un fenómeno más profundo, acaso una historia global, que afectó las estructuras esenciales del mun­do bipolar que emergió de la Segunda Guerra Mun­dial, y que es la antesala inmediata del que habitamos actualmente.
Lo que concluye con la caída de Willy Brandt en Alemania, la regresión del laborismo inglés (y el ascenso de Margaret Thatcher) y los últimos y esforzados días de Jimmy Carter (que desembocan en la victoria de Ronald Reagan) es la era del Estado de bienestar. Y lo que llamamos vulgarmente “neoliberalismo” data un auténtico revival del espíritu del mercado y la empresa libre como no se había visto desde mediados del siglo XIX. Sus huellas son parte elemental de las vivencias de nuestra generación: la cibertransformación del mun­do, el hiperindividualismo, la apología del empresario, la vida reducida al acto de consumir, la privatización a ultranza y la deslegitimación de las formas sociales y colectivas de producción y existencia. Si la nueva era liberal comenzó como un giro en Inglaterra y Estados Unidos, la caída de la Unión Soviética la transformó en una inflexión mundial, tecnológica y cultural, social y moral. A dos décadas de distancia, sus saldos fijan un paisaje de extremos: la reinvención de Occidente y la regresión de la periferia, la riqueza y la pobreza súbitas, la reindustrialización del segundo mundo y su devastación ecológica, la sociedad de los tráficos (narcotráfico, tráfico de gente, de niños, de órganos, tráfico de armas, etcétera) y la disolución del término “frontera”.

Hacia mediados de los años 90 surgieron los primeros ensayos de articular respuestas coherentes al giro li­beral. La más afamada, aunque no necesariamente la más rigurosa, fue: la Tercera Vía. Anthony Giddens imaginó una sociedad que podía capitalizar las ventajas del giro sin verse sometida a sus abusos y obvias des­ventajas. Supuso que el viejo Estado de bienestar podía ceder en algunos campos y coinciliar en otros con las nuevas formas económicas inducidas por la pri­vatización. El nombre de Tercera Vía proviene precisamente de esta ilusión. Lo acertado de la obra de Giddens fue acaso el llamado a revisar dos pasados que anunciaban (el liberal, a temprana edad) su caducidad. Su error residió en suponer que lo nuevo sería una simple combinación de prácticas ya recorridas.
En cierta manera, en México hay un correlato de esta historia, si bien un correlato empobrecido. 1988 marca una crisis doble. Por un lado, el PRI se divide en dos antípodas: el salinismo (que estableció un bloque con el PAN) y el neocardenismo (que propició un aglutinamiento de la vieja izquierda); por el otro lado, la transformación del régimen autoritario, aunque lenta, se volvió irreversible. La doctrinaria y esquemática aplicación de las reformas liberales a la realidad mexicana conduce al país, en unos cuantos años, a la más grave de sus crisis económicas en el siglo XX: 1995. Pero quien responde desde la oposición, el neocardenismo, hacia los años 70, sin siquiera proponerse la actualización de algunas facetas del viejo populismo.

Se enfrentan así el dogma contra el anacronismo, la tecnocracia contra el neocardenismo.
A más de una década y media de esta confrontación, sus saldos han sido evidentemente pobres. Por un lado, el PRI se divide en dos antípodas: el salinismo (que estableció un bloque con el PAN) y el neocardenismo (que propició, aunque lenta, se volvió irreversible. En 2004, es decir, en 2006, el problema reside en cómo superar los automatismos que han movilizado a ambos, partiendo de la más simple (y más compleja) tarea que aguarda a la política mexicana: la construcción de un nuevo centro que parta no de la suma o resta indiscriminada de aspectos del dogma y el anacronismo, sino de la superación de ambos. No una (pobre) Tercera Vía a la mexicana, sino una vía inédita. No una (pobre) Tercera Vía a la mexicana, sino una vía inédita ■

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