Mi encuentro con Gilles Lipovetsky

Mi encuentro con Gilles Lipovetsky
Sigifredo Esquivel Marín y Gilles Lipovetsky en Zacatecas.

La Gualdra 321 / Dossier Lipovetsky

 

Desde adolescente había leído su obra y por fin se presentaba la oportunidad de conocerlo personalmente. De joven, soñador e imaginativo tenía largas horas de insomnio en intensas conversaciones imaginarias con Lyotard, Baudrillard, Derrida, Blanchot, Lipovetsky, entre otros, leía alguno de sus libros e imaginaba que estaban sentados en animados diálogos conmigo. El martes 21 de noviembre del 2017 recibí una llamada de Alfonso Vázquez, director del Instituto Zacatecano de Cultura, me invitaba a una cena privada con Gilles Lipovetsky a las ocho de la noche; me dijo que se trataba de una velada especial e íntima. No lo pensé dos veces, agradecí la invitación y respondí que ahí nos veríamos. Tenía un curso en línea a las nueve de la noche, lo reprogramé más tarde. Llegué a las ocho en punto, a esa misma hora estaban arribando los demás invitados. Toda la tarde había estado ensayando posibles expresiones de diálogo en un francés champurrado de español, por fortuna a la cena acudió Jeremy, traductor e intérprete.

Nos esperaba una mesa reservada en pequeño salón de un restaurante de comida típica. Cada asiento tenía un personalizador con su nombre. Intercambié el mío con un amigo que estaba cerca del pasillo para poder retirarme cuando fuera la hora de mi curso. Se nos presentó a cada uno de los asistentes. Lipovetsky es un hombre de mediana estatura, viste de colores discretos, sonrisa afable, mirada penetrante. Analista crítico de la cultura saludable, con más de setenta años está en plena forma. Aún conserva vitalidad y agilidad de espíritu y cuerpo. Nos preguntó que a qué nos dedicábamos, yo respondí que era profesor, alguien añadió que también era escritor; imaginé cuántos escritores conocería un hombre que viajaba dando conferencias y cursos por todo el mundo. Al principio yo hablaba poco. Todos charlaban de lo que hacían; yo escuchaba. Alguien más dijo que había leído en el año 2000 su libro La era del vacío. Pensé que su primera edición en español era de 1986 y que yo lo había leído en 1993, cuando era estudiante de humanidades. Entonces me atreví a contar una anécdota, hablaba de forma lenta, pausada, Jeremy traducía al maestro: “En los años noventa, cuando era estudiante de humanidades la mayoría de nuestros profesores eran ex-curas, para ellos la filosofía llegaba hasta Francisco Suárez, luego se perdía en el nihilismo moderno. Pero la gran debacle la representaba la peste nihilista del posmodernismo y la literatura del fragmento: Lyotard, Derrida, Deleuze, Vattimo, Blanchot, Bataille, Cioran, Lipovetsky, Baudrillard”. Luego añadí con voz más firme que, “justo eso fue lo primero que hicimos en mi generación: leer a todos esos autores, aún no había Internet y los libros recientes eran de difícil acceso. Así que mis amigos y yo buscamos los libros como pudimos, circulábamos artículos y fotocopias. En particular Lyotard, Baudrillard y su trabajo maestro, el suyo –asentí, dirigiéndome hacia él– nos parecían que ofrecían alternativas realmente novedosas a la filosofía y a la cultura. Llegó a Zacatecas el crítico de arte Jorge Juanes, y trajo la discusión seria de la filosofía contemporánea y posmoderna. Mis amigos y yo –concluí– terminamos haciendo tesis e investigaciones sobre Lipovetsky, Cioran, Bataille, Baudrillard, Deleuze, entre otros”. Entonces le brillaron los ojos, hizo una pausa, comenzó a hablar sosegadamente: “A principios de los años setenta, siendo muy joven Lyotard comenzó a ser maestro en la Universidad de París VIII, daba un espléndido curso sobre el estructuralismo, era riguroso y creativo en sus análisis, pero sobre todo era fino, elegante, con un gran estilo. Siempre tenía el auditorio lleno. Escucharlo y seguirle, fue una influencia decisiva”. Agregó Lipovetsky que había participado junto con Lyotard y otros en proyectos de carácter político. Aproveché para comentarle que Lyotard, Debord, Castoriadis, Morin, Lefort, entre otros, formaron en mediados del siglo pasado el grupo intelectual crítico marxista anti-estalinista Socialismo o barbarie, respondió Lipovetsky que él también se adhirió al grupo y participó en otro proyecto de marxismo crítico denominado Debate; pero lo hizo de forma intermitente y nunca estuvo ligado a un grupo específico –añadió. Entonces pensé en la atmósfera de Socialismo o barbarie, en sus aguerridas discusiones, imaginé debates y polémicas interminables en largas jornadas hasta el alba con un agudo argumentador como Castoriadis; en esa cena no confesé mi admiración por la inteligencia desmesurada del autor de Los dominios del hombre; claro está, las críticas despiadadas y ácidas de Castoriadis contra el posmodernismo han sido virulentas y lapidarias, aunque algo de animadversión asoma tras bambalinas.

Luego nos habló de la primera publicación de La era del vacío, del ataque de sus adversarios: “En principio veían el libro los sociólogos demasiado filosófico, y los filósofos demasiado sociológico. Y su argumento principal, la tesis sobre el individualismo, como disparate fuera de lugar”. Sonrió: “Ahora es un lugar común del pensamiento y de la cultura”. Los conceptos e ideas que se derivan de la hipótesis individualista son moneda de cambio del pensamiento actual: hipermodernidad, hedonismo, hiper-consumo, ligereza… “Bueno es que nada más y nada menos le enmienda la plana a Freud en torno al narcisismo” –comenté.

Nos habló de su último libro sobre La seducción (Plaire et toucher. Essai sur la société de séduction), dijo que el título erróneamente se relacionaba con el acoso sexual, ya lo habían invitado varias empresas a que hablara para prevenir tal situación; le recordé que en 1979 Baudrillard ya había publicado De la seducción; libro capital sobre el asunto. El maestro contratacó: “El libro de Baudrillard tiene el mérito de abrir la discusión, pero concibe la seducción como expresión de coquetería femenina. No profundiza el tema”. Después matizó las cosas, y dijo que los primeros libros de Baudrillard “son realmente notables y rigurosos, no así los últimos cuando se volvió perezoso y no leía ni citaba a nadie sino a su mismo núcleo de ideas que reciclaba”. Aclaró que, fueron amigos y que poco antes de la dolorosa enfermedad y muerte del autor de Estrategias fatales había coincidido con él en Centroamérica. Por mi parte pensé en la extraña rivalidad y amistad que puede haber entre dos grandes pensadores como Lipovetsky y Baudrillard, asentí para mis interiores que por más grande que sea alguien no escapa a la competencia (prot)agónica por el reconocimiento. Finalmente no dejamos de ser más que seres humanos con virtudes y defectos, pero sobre todo, con defectos. Sin pretenderlo, para ese entonces, había acaparado la charla con el maestro.

Entre broma y seriedad dijo que se trata de aprender a ver, hacer del arte de la observación una estrategia de vida: “En realidad no sabemos ver, no vemos lo que sucede desde el acontecer mismo sino desde ideas previas”. Por eso recordó la presentación en Barcelona de la traducción española de su libro El imperio de lo efímero, le preguntaron: ¿entonces Armani ha sustituido a Marx?, por la interrogación, dijo, supuse que se trataba de un periodista, y entonces pensé, que la cuestión era verdaderamente importante, “respondí que era una buena pregunta para la cual no tenía respuesta”. Siguiendo a Simmel y a Benjamin, Baudrillard y Lipovetsky han subvertido la relación entre superficie y profundidad. Por eso el maestro sugirió “pensar sin reservas ni paracaídas. No ofrecer baratijas ni espejitos de humo ante la crisis. Descreer de los libros y de los grandes intelectuales que ofrecen soluciones al pensamiento y a la cultura”.

Por último pregunté, en mi pobre francés, pues el intérprete estaba disfrutando unos buenos caballitos de mezcal, que si había leído a algún escritor mexicano que le haya gustado, me respondió que a Octavio Paz, que incluso lo citaba en sus obras. Se hizo una foto colectiva y me despedí.

Al día siguiente, se me invitó a presentar su conferencia en el Museo Rafael Coronel. No faltaría quien por mezquindad o envida se indignase porque me habían invitado a cenar y luego a presentar a Lipovetsky en su estancia zacatecana; en realidad fueron un conjunto de oportunas casualidades las que conspiraron para que se dieran así las cosas. Quizá fuera que había leído sus libros y me interesa el contexto del pensamiento contemporáneo francés de posguerra, lo demás: es el bendito azar. Hice un pequeño texto introductorio a su obra. Luego me integré al público escuchando su conferencia titulada “Consumo cultural”; ahí expuso las principales ideas de su obra: La estetización del mundo. Vivir en la época del capitalismo artístico. Radicalizando El advenimiento de la sociedad post-industrial de Daniel Bell, Lipovetsky considera que la producción industrial y la producción cultural ya no remiten, como antes, a universos radicalmente diferenciados. Ahora “los sistemas de producción, distribución y consumo están impregnados, penetrados, remodelados por operaciones fundamentalmente estéticas”. Estilo, belleza, movilidad de gustos y sensibilidades se imponen como imperativos axiológicos en todas las áreas de la sociedad; definiendo el capitalismo de hiperconsumo como un modo de producción estético que hace que las diversas esferas de interacción humana se hibriden, se mezclen y hagan cortocircuito inter-penetrándose bajo una nueva fase de modernidad que nos caracteriza como hipermodernidad, que es, al mismo tiempo, reflexiva y estético-emocional.

El público se decepcionó porque lo cortaron antes de que terminara su exposición ya que seguía otro evento. Yo quedé un poco decepcionado de su elocuente exposición porque al final sentenció que no hay alternativas frente al capitalismo y en caso de que pueda haber son inmanentes al mismo. Por mi parte no me resigno a pensar que un modelo ecocida y genocida como el capitalismo es el único horizonte posible de vida y de pensamiento. Pensar desde dicha hipótesis, pero en contra y más allá de ella, creo que es una de las tareas que nos ha dejado Lipovetsky en Zacatecas. Flaco favor le hacemos a un pensador si repetimos acríticamente sus ideas.

Paradójicamente confirma otra hipótesis de uno de sus libros emblemáticamente titulados: La sociedad de la decepción: “Pero aunque la decepción forma parte de la condición humana, es preciso observar que la civilización moderna, individualista y democrática, le ha dado un peso y un relieve excepcionales, un área psicológica y social sin precedentes históricos”. Así que no hay mejor forma de confirmar la decepción que el final de una conferencia de Lipovetsky sea francamente decepcionante.

 

 

*Sigifredo Esquivel Marín: Ensayista, instructor de Hata Yoga, profesor-investigador en la UAZ. Ha realizado estancias posdoctorales en las Universidades de Sevilla y en la Universidade Estadual Darcy Ribeiro; Premio Internacional de Ensayo Teatral 2016. Tiene diversas publicaciones sobre filosofía de la educación, literatura y pensamiento francés contemporáneo. 

 

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