La filosofía como espectáculo

La filosofía como espectáculo
Susana Salinas. "De espalda espera". De la Serie Detupés. susanasalinas.com.mx

La Gualdra 321 / Dossier Lipovetsky

 

Afirma E. M. Cioran, que hay ciertos autores que nos atraen por las contradicciones que nutren sus obras: la persona de Nietzsche, miope, solitario y enfermizo, contrasta con el heroísmo jovial que anhelaba su doctrina. Isidore Ducasse, combate consigo mismo en las dos únicas obras que escribió. La ética de la renuncia del ego parece estar en las antípodas de la agria arrogancia de Schopenhauer. En estos casos, las contradicciones se dirigían a cuestiones que superaban los estrechos márgenes del siglo. Eran combates contra Dios o el hombre en términos absolutos. Algo relativamente distinto sucede con las contradicciones inherentes a los pensadores de la segunda mitad del siglo pasado y lo que continúa en este.

Habiendo dado muerte a Dios y a la metafísica, pero careciendo de la ingenuidad propia para fomentar anhelos totales, los filósofos no han tenido otra opción que volver hacia sí mismos, dirigir su atención a las anomalías que rigen el tiempo presente. El objeto del pensamiento contemporáneo no es otro que lo contemporáneo mismo. Abdicado de lo absoluto, la preocupación por el pasado no tiene como fundamento ni la atención del canon ni el descubrimiento de la alteridad, sino a lo sumo, la solución de contraste que permita reflejar la propia condición, principio y fin del pensamiento actual.

Enamorado de sí mismo, el pensamiento contemporáneo encuentra, como quizás todos los rasgos de la cultura occidental contemporánea su figura mítica en Narciso. Enamorada de sí misma, encuentra en el estanque inmóvil la imagen de sus obsesiones, no sólo por la persistente observación y el escudriñamiento de sus peculiaridades, que parecen abandonar todas las vicisitudes universales, para concentrarse en la región de “nuestros tiempos”. Es también la mirada estética que eleva a problema universal la propia condición.

La lectura de Lipovetsky es atinada en numerosos rubros. Cierto, la sociedad actual es indiferente y apática, sostenida en un hedonismo superfluo que incluso hace del arte un objeto de consumo que se mimetiza con la producción capitalista, o mejor aún con la especulación bursátil. Una sociedad ausente, marcada por una pulsión de muerte debilitada, que no se encuentra en búsqueda de su propia disolución o catástrofe, pues la radicalidad no deja de ser incómoda, y por lo tanto, sólo le es congruente la inercia, la sociedad de indiferencia.

El capitalismo ha llegado a un punto crítico en que la producción pasa a estar sujeta al consumo. Se transita del consumo del producto a la producción del consumo. Todo ello, síntoma de un aletargamiento universal que se manifiesta en el tedio.

En medio de su diagnóstico parece que Lipovetsky logra entrever una salida ambigua: la educación. Dentro de la inercia y el agotamiento de los pueblos, el desafío está en la consumación de un humanismo estético.

Pero aún ahí, hay indiferencia. La contemplación deviene espectáculo. Pasividad frente a la escena. Tanto la política como el arte se convierten en productos del consumo del espectáculo, que no nos son ajenos: Trudeau es recibido como actor de Hollywood por las distinguidas representantes parlamentarias mexicanas que se toman selfies con el apuesto primer ministro; nuestro presidente se convierte en el mejor clown involuntario, o el estado de derecho en la sección roja de consumo masivo por nuestra obscena fascinación por el gore.

Su lectura del capitalismo está aquejada sin embargo del mismo narcisismo que denuncia. El universo que describe no se extiende siquiera al planeta global, tan importante a la consideración de la sociedad presente. Cierto, el consumo es el modelo, la idea del Bien platónica que el tercer mundo contempla entre las sombras de la línea de producción. Lipovetsky lee un capitalismo de consumo, porque habita y contempla sólo un lado: el obrero francés no es, ni se puede asemejar al niño bangladesí que produce las zapatillas que aquél calza.

Si al describir la política como espectáculo, Lipovetsky renuncia a cualquier salida drástica, es porque su obra misma está aquejada del mismo principio. Es una sociología espectacular del espectáculo. Sin radicalidad en su pensamiento, parece estar aquejado también de aquello que denuncia. Realicemos entonces una revuelta cómoda, eduquemos y eduquémonos. Nada podemos hacer contra la avasalladora máquina del capital-consumo, firmemos entonces un pacto virtuoso de justo medio. O mejor, simulemos una crítica del espectáculo montando uno. El espectáculo del pensamiento. Hagamos sesiones fotográficas, conferencias con aforos llenos, acompañados con juegos de luces, en el marco de un evento bien publicitado.

Esto en modo alguno pretende ser una refutación del diagnóstico que su obra ofrece de nuestros tiempos, sólo es la observación que pone a su obra como otro ejemplo de lo que ella misma denuncia. Lo que se echa de menos, es al menos, la ironía.

 

 

*Nelson Guzmán Robledo: Licenciado en Filosofía, doctor en filosofía por la UNAM, realizó estancia posdoctoral en la Universidad Complutense de Madrid. Tiene diversas publicaciones sobre Hegel y Bataille, actualmente coordina el Doctorado en Filosofía e Historia de las Ideas en la UAZ, donde es profesor-investigador.

 

 

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