Desagravio y escupitajos

Desagravio y escupitajos

…Johnny Rotten jamás aprendió el lenguaje de la protesta, en el que se busca una reparación de los agravios y le habla al poder con una voz suplicante, legitimando el poder en el mismo acto de hablar, no era eso de lo que se trataba” (GreilMarcus, “Lipstick Traces”). No fue nunca un asunto de protestar sino de escupir. La propuesta se resumía en cuatro palabras: “there is no future”. Los planificadores de la sociedad, a veces descendientes de las teleologías hegelianas, gustan de predecir lo inevitable cuando se regodean en las fallas del sistema-mundo capitalista, pero no tienen las agallas de ir más allá. La espera, el desagravio y cobrar desde la cátedra son sus divisas. Hacer eso es legitimar el Estado desde la presunción de saber cómo son las cosas y por qué no podrán continuar de ese modo. El derrumbe es inminente, pero la fecha nadie la conoce. Los integrantes de los Sex Pistols carecían de credenciales académicas, alguno de ellos fue delincuente, otro ayudante de electricista y Johnny Rotten no sabía cantar. Eran horribles, y eso es lo maravilloso: por ser horribles triunfaron en un mundo preparado para aceptar lo espantoso como signo de rebelión. En sus letras se condensó la experiencia histórica del Dadá, de la Internacional Situacionista, de las especulaciones de Saint-Just (el “ángel de la muerte”) más la de aquellos enfebrecidos que buscaron destruirlo todo mediante su intempestiva irrupción. Lo interesante aquí es que entre sí carecían de nexo visible, reunirlos en una constelación es una operación a posteriori realizada por el atento lector de los acontecimientos y de diarios viejos, discos malos y periódicos mal escritos. Los Sex Pistols nada sabían de todos sus antecesores, eran presencias inquietantes en sus letras, muertos que volvían para andar por el mundo. Cuando María de Jesús Patricio Martínez es nombrada vocera del Congreso Nacional Indígena para que busque una candidatura independiente a la presidencia de la república logra confrontar a la izquierda nacional de dos maneras. La primera es que descree del mito de la unidad de las izquierdas, lo que le ocasiona las críticas de siempre junto a las infundadas acusaciones de hacerle el juego al régimen por dividir al candidato que podría ganar. Más radical es cuando asegura que no busca votos, sino irrumpir en la fiesta de los de arriba para arruinárselas. Con esta frase ya está en la órbita del periclitado Rotten, a quién ella quizá nunca escuchó. Al enarbolar semejantes despropósitos los pontífices de la clase política deben excomulgarla porque la credibilidad del sistema reside en la interiorización de las reglas del juego por parte de los contendientes. Deben buscar votos echando a andar la economía con los innecesarios gastos de campaña, contratar publicidad en los medios masivos de comunicación y tener una propuesta de nación. Marichuy asegura tener una propuesta así para todo el país, indica que la lucha a la que invita a la patria es por la vida, dice que esa propuesta es tan viable que ya está en operación porque es la manera de organizarse de los pueblos originarios. Gesto vacío, innecesaria concesión conciliadora porque si no se busca el poder mediante los votos esa propuesta no tendrá nunca, de acuerdo a la ideología establecida, realidad. Pero esa ideología oculta que esa propuesta podría llegar a ser si el sistema capitalista se derrumba e incluso quizá ya está funcionando. Entretanto el capitalismo sigue adelante, desvirtuado. Si algo hay de valor en ese intento, muchos dicen que no tiene ninguno, está en la misteriosa conexión que traza con la constelación de desconocidos rebeldes y descontentos que hablan entre sí, a través del tiempo y el espacio, un lenguaje común que se inserta en la cultura para aparecer de cuando en cuando para resucitar a los muertos, traer a la memoria a los olvidados, arruinar fiestas de la democracia y escupir. No protestar, no querer un desagravio, no querer una viabilidad en el actual orden de cosas porque ese orden es abominable sino un cambio en la vida. La lucha entonces sí es por la vida, por un cambio en la forma de nuestra vida cotidiana que hoy día está perdida en la miseria, el desempleo, los asesinatos, la televisión, el sistema global de comunicaciones y la embrutecedora educación que nos prodigan. Ninguno de los partidos podría sostener nada de lo anterior porque todos ellos velan por el actual estado de cosas, aman la prudencia, la acción razonable, los procedimientos formales de la democracia representativa, la charla interminable y bien pagada en el parlamento. En la Inglaterra de la posguerra el desempleo era alarmante y Rotten gritaba que no importaba, por eso su horrible música no ha sido superada todavía. Decir que se quiere arruinar la fiesta de la democracia en un país que ha gastado cantidades enormes de recursos en la consolidación de un sistema creíble de votaciones es volver a sacar del armario los chillidos de Rotten, aunque sin música. El horizonte de los partidos políticos está limitado por esa construcción histórica a la que pretenden volver ideología hegemónica. Los candidatos independientes no deberían ser presas de esa ilusión, al menos uno de ellos no lo es.

 

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