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Alba de papel

Alba de papel
  • El anatema entre vivir y morir, la cultura como medio de resistencia
  • Las celebraciones de noviembre ensombrecidas por la violencia
  • Muerte, dolor e impotencia, las notas mayores de un año agonizante

En el umbral de las festividades de Día de Muertos, en que recordamos la querida presencia de aquellos que fallecieron y formaron parte de nuestra vida,  que enriquecieron y pusieron  en perspectiva el valor de la familia unida, es necesario también, hablar de los otros, de los desaparecidos  y asesinados a causa de la crisis que enfrentamos en sociedades enfermas y destacar como parte central,  el papel dinámico de la cultura y sus protagonistas.

Llegamos a noviembre con incertidumbre y decepción, y se acentúa la nostalgia  por la presencia y el diálogo nuclear, por la palabra viva de familiares, amigos y desconocidos que murieron,  y se aviva a la luz del folclore de la cultura popular, la confirmación de  que la vida sólo cobra sentido en una dimensión más allá de la muerte, pero que nuestro paso terrenal tiene un valor trascendental.

La perplejidad del misterio ante nuestra propia muerte y la de las personas que amamos, es inherente a nuestras vidas y  exige cotidianamente no sólo una autopercepción de nuestras obras y actos, sino también, de cómo damos curso a la alteridad y somos capaces de entender la condición de los otros para apoyarlos.

Comprender el sufrimiento propio y  ajeno, implica transitar más allá de la fe y de la razón, bajo cualquier forma de religiosidad, de un saber de conocimientos a una plena conciencia que nos permita repensar nuestra humanidad, conforme a quienes somos y lo que hacemos, para fortalecer la solidaridad social.

Aceptado o no, lo  vivido en la tierra corresponde a todo lo relativo y la muerte concierne a lo absoluto, sin importar el legado del discurso cristiano instalado en nuestra sangre y sudor, o la mirada agnóstica  de la postmodernidad que ha favorecido el vacío, la insatisfacción y la soledad del hombre contemporáneo, que todo lo interpreta  desde el  escepticismo.

El discurso de la cultura permite esta reflexión sobre la vida y  la muerte, porque con urgencia necesitamos recuperar la dimensión utilitaria de la palabra para unirnos reconociendo nuestra   diversidad, para tomar como escudo a la  cultura y al arte como generadores  de cambio y fortín espiritual.

Porque a  pesar de la preocupación por la inseguridad prevaleciente en el territorio zacatecano,  por la criminalidad contra sus jóvenes  y el profundo dolor ocasionado a sus familias; a pesar de la ineficiencia gubernamental y la falta de empleos, de la corrupción  y la inequidad, de los oídos sordos ante la falta de liquidez de la Universidad Autónoma de Zacatecas que es una afrenta contra la gratuidad de la educación pública, seguimos siendo nosotros, hombres y mujeres, zacatecanos de pie, erguidos, dispuestos a seguir luchando, debido a que está inscrito  en las raíces culturales que nos dieron memoria e identidad.

El campo del arte y la cultura, reafirman una y otra vez, que son el camino de la esperanza y la reconstrucción,  para no desplomarnos y desintegrarnos en la nada. Hasta este momento, contrariamente a que 2017 ha sido un año difícil y crítico, un gran número de grupos organizados de la sociedad civil realizan obras artísticas y trabajo colectivo en sus municipios de origen y no se dejan vencer por la adversidad ni por el miedo.

Pinos, Fresnillo, Loreto, Villanueva,  Jerez, Guadalupe, Tlaltenango, Morelos, Jalpa, Juchipila, Teúl de González Ortega y Juan Aldama,  entre muchos otros, dan prueba de ello. En forma relevante, en el último municipio mencionado,  en julio próximo pasado, un grupo ciudadano abrió el Centro Cultural Comunitario El mezquite de puertas abiertas para toda la población,  y con seguridad doña Brisia Fabela Astrain y sus mujeres oficiales y aprendices, están elaborando para estas fechas, las entrañables flores de maguey – que en el pasado sostuvieron la economía de este orgulloso pueblo zacatecano.

Qué escribir de Zacatecas Capital: de grupos, artistas, comunicadores,  intelectuales, pintores y promotores que asumen los riesgos cotidianos y enfrentan los desafíos que presenta el espacio público y que decir de la valentía de la gente que acude a este llamado. Tal es la creciente actividad artística que se registra y que felizmente en estos días, se hace ahora visible con el Tercer Fandango de Arte Infantil Gachita Amador  promovido por Martín Letechipía y un grupo de promotores, que hacen renacer su vida cultural y su fecunda raigambre.

Sin dudarlo, ésta es la mejor forma de resistencia que una sociedad puede asumir para no quebrarse y desintegrarse en el polvo del olvido, de modo que hagamos memorable nuestra estancia en este mundo, persiguiendo razones humanamente buenas, conscientes de nuestra imperfección y fealdad,  de cara hacia nuestra propia caducidad, en un tiempo que transita a distintos ritmos, pero que siempre apunta a la eternidad.

El quehacer de la cultura, busca en forma permanente desentrañar y mostrar su propia verdad y lo hace a través de la abstracción del arte y del poder simbólico que le confiere a  creencias,  mitos, fiestas, costumbres y tradiciones del pueblo, porque estos dan testimonio de nuestra existencia y sensibilidad humana. ■

 

¡Ánimo y fortaleza para todos…!

 

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