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Populismo religioso

Populismo  religioso

Una de las noticias que mayor ámpula ha despertado en la opinión pública zacatecana es la iniciativa de proyecto de edificar en el Cerro San Simón, en medio del pobrerío que lo rodea una monumental estatua de treinta o más metros de la morena del Tepeyac. A quien se le ocurrió la idea en su modestia, no quiere quedarse atrás de la efigie del Cristo de Río de Janeiro ni del que hay en el Cerro del Cubilete en Silao Guanajuato. Nomás eso faltaba.

Esta no es la primera puntada que se le ocurre a un político en el inveterado afán populista por ganarse a la gente y seguir trepando en los cargos públicos para continuar mamando uncidos a la ubre del presupuesto público. Ha habido casos algunos tan chuscos como el del exgobernador que en su real o simulada fe, de un político nunca se puede saber cuándo es sincero y cuando hipócrita, de ellos se puede esperar cualquier cosa, en el que al estilo de del algunos pasajes que se asemejan a lo que Rulfo narra en su cuento  “Anacleto Morones”, o los peregrinos de Talpa o de cualquier otro santuario, se le ocurrió convocar al pueblo para que lo acompañaran en una procesión religiosa para pedirle al “chaparrito” se compadeciera de los campesinos e hiciera el milagro de enviar el agua bendita de las nubes para terminar con la sequía del campo temporalero zacatecano. Ahora le toca el turno de aparecer en el candelero de la polaca al ilustrísimo edil guadalupano. Un personaje que termino por enriquecerse aún más en el régimen de rapiña de Miguel Alonso, aprovechando el cargo que desempeño en su gabinete al frente del despacho de los asuntos agrario con el caudal de programas y presupuestos de que se dispone.

Entre una de las varias definiciones de un término tan ambiguo como es el de populismo, Edward Shils (1954) lo defino como todas aquellas formulas políticas que se “basa(n) en dos principios fundamentales: la supremacía de la voluntad del pueblo y la relación directa entre pueblo y liderazgo”, (citado en Bobbio Norberto, N. Matteucci y G. Pasquino, Diccionario de Política, México, Siglo XXI, 2005, T.II, p. 1247). En este caso un político que con la investidura de presidente municipal se asume como líder impulsa un proyecto con el beneplácito de las fuerzas vivas (iniciativa privada y jerarquía eclesiástica) para alimentar la voluntad del pueblo al que dice representar dándole gusto en la alimentación de su fe religiosa. Empresa en la que políticos funcionarios y aliados ganan.

De concretarse esta iniciativa, su principal impulsor camina con rumbo a la relección para seguir encabezando el Ayuntamiento, y de ahí al siguiente cargo que podría ser una diputación o senaduría y de concretarse su sueño guajiro hasta la gubernatura con la bendición y bajo el celeste manto protector de la virgencita de Guadalupe que para eso le mandara hacer su estatuota.

El proyecto pudiera tener móviles de turismo religioso según se ha especulado, con un alto componente de inversión del presupuesto público muy probablemente, pues eso de que el dinero que se gastaría sería aportado por la iniciativa privada suena a cuento chino a menos que el negocio resultara muy redituable y los particulares recuperen su inversión en el cortísimo plazo, por aquello de que no dan paso sin huarache. Porque mejor no gastarse el dinero independientemente de la fuente del financiamiento en crear microempresas y proporcionar empleo para los desocupados.

Consideramos que los asuntos de la fe religiosa y los concernientes a la dotación del pasto espiritual, deben dejarse a la clerigalla y sus empleados. Ya lo dijo el benemérito: lo que es de Dios a dios y lo del César al César. Seguramente e presidente guadalupano desconoce y si lo conoce hace que la virgen le habla, la pugna que llevó a una guerra civil provocada por la ambición de poder y defensa de sus privilegios en favor del clero, la guerra de tres años o guerra de Reforma. De esa confrontación entre hermanos enfrentados en dos bandos salieron triunfadores los liberales y a partir de entonces comenzaron con la construcción de un Estado laico que políticos depredadores aliados a clérigos alcahuetes buscan materialmente mandar al diablo.

Enrique Flores debería de leer a Monsiváis, en particular su libro “Las herencias ocultas del liberalismo” para que sepa lo nefasto que ha sido la influencia del clero en su afán por mantener manipulada e ignorante a la población, o a su ya finado compañero de partido don Jesús Reyes Heroles y su estudio sobre el liberalismo mexicano. Un pueblo enajenado por la religión es un pueblo que no ejerce a plenitud su ciudadanía y por lo tanto no sabe exigir sus derechos y es omiso en muchos de sus deberes y obligaciones, pues como dijera el “viejo topo”, la religión es y creemos que seguirá siendo el “opio del pueblo”. ■

 

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