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Faltan sociedades actuantes

Faltan sociedades actuantes

Cualquiera sabe que de las más fuertes crisis se desprenden las más grandes enseñanzas. Algunas de las peores catástrofes padecidas por los pueblos han sido escalones para alcanzar superiores formas de vida, convivencia y desarrollo.

Lamentablemente México, que el pasado septiembre sufrió tragedias que causaron centenares de muertes y afectaron miles de vidas y cuantísimos daños materiales, no se ha sumado a esas historias de éxito.

Se esperaba que de la Ciudad de México, una entidad democrática, politizada, proactiva y progresista, surgieran soluciones de vanguardia que fueran ejemplo para otros estados dañados por terremotos.

Hasta ahora, cuando se habla de reconstrucción en la CdMx –y lo mismo sucede en otras ciudades devastadas por sismos— se habla casi exclusivamente de reconstruir, es decir, edificar sobre lo destruido.

Pareciera que los gobernantes olvidaron que los terremotos del 19 y 20 de septiembre de 1985 en el Distrito Federal –ahora Ciudad de México— cambiaron radicalmente a sus ciudadanos. Aquellos días de remoción de escombros en busca de vivos a muertos los marcaron para siempre y de golpe y porrazo supieron que nada es para siempre y que ante los arrebatos de las fuerzas de la naturaleza todo puede sucumbir.

Pero los chilangos (gentilicio que me atrevo a usar porque ellos lo llevan con orgullo), cambiaron radicalmente y de aquella devastada ciudad surgió otra más bella, más amable y cordial y sobre todo, más humana. De la tragedia se levantaron unidos, democráticos y combatientes.

La actual generación, la de los llamados millennials, con ser tan espontánea, generosa, valiente y solidaria, no se movilizó como se suponía que lo haría cuando se esbozaron los gatopardianos planes de reconstrucción diseñados en los gabinetes de la Jefatura de Gobierno.

En principio, la reconstrucción se planeó apresuradamente, quizás bajo el temor de una revuelta social semejante a la de 1985. Ciertamente, dar albergue digno a los damnificados era urgente, pero pudo haberse hecho con calma, programadamente y los afectados habrían aceptado razonables esperas si se les convencía de que tras de la tragedia vendrían formas superiores de vida para ellos y para todos los citadinos. No fue así.

Ojalá con el tiempo haya correcciones y sean aprovechados los mapas sísmicos para que sobre las fallas geológicas no vuelva a construirse y allí donde había edificios broten jardines con juegos infantiles, zonas de ejercicio físico o bosques, áreas de esparcimiento o culturales, en vez de viviendas multifamiliares, y se construyan pequeñas urbes, con nuevas tecnologías y sustentables, donde florezcan sociedades armónicas más humanizadas.

Si en la CdMx la situación no es tan favorable, en entidades como Oaxaca, Morelos, Guerrero y estado de México, es peor. En muchas comunidades rurales, donde la idiosincrasia hubiera permitido opciones más audaces, no hay soluciones de fondo y menos a largo plazo. Se improvisa, se planea para el corto plazo. La sustentabilidad no se ve por ninguna parte.

Hoy la globalidad puede allegarnos experiencias exitosas de otras latitudes, por ejemplo del vecino país de Guatemala, donde la innovación, la creatividad y el firme deseo de vivir mejor transforman paulatinamente a una sociedad mayoritariamente indígena.

Comunidades rurales trabajan bajo el sistema Almanario, nombre que surge de una combinación de las palabras almanaque, que significa “registro de todos los días del año y sus actividades correspondientes”, y calendario.

Es Almanario una herramienta de planificación y seguimiento de proyectos mediante la cual Organizaciones Comunitarias de Base desarrollan proyectos de desarrollo sin intervención del gobierno, ni siquiera de organizaciones no gubernamentales.

Este modelo innovador ayuda a gestionar proyectos básicos y no define a las personas como beneficiarios, sino como protagonistas responsables de su propio desarrollo. Aprenden a planear, gestionar, financiar, administrar y producir, sin paternalismos.

Almanario se convierte así en un nuevo proyecto de vida en el que personas que apenas saben leer y escribir descubren nuevas capacidades, aprenden a participar, mejoran las relaciones de género y aprecian el trabajo en grupo.

Un miembro de una comunidad donde opera Almanario, opina así: “Ya vamos viendo cosas que antes ni veíamos… se nos ocurren nuevas ideas, vemos el mundo de otra manera… El trabajo juntos y la confianza en que nosotros sí podemos cambia la visión (…) Antes no salíamos de aquí, ahora gestionamos nuestra comunidad mejor…”.

Opciones para construir un México mejor existen; quizás lo que falte sea voluntad política, auténticos deseos de prosperar y audacia para aprovechar nuestra creatividad y aprender a mirar experiencias exitosas. Como sea, la construcción de otro México no puede esperar, y debe ser la sociedad la que dé el primer paso. ■

 

*Titular de la Coordinación Estatal de Planeación

 

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