Violencia sexual: complicidad colectiva

Violencia sexual: complicidad colectiva

Una mujer contra el piso, forcejeando, llorando desesperadamente mientras en la oscuridad un hombre desconocido la toma por las muñecas, y logra desnudarla cuando menos de la parte inferior; en el ajetreo, él consigue sacar el pene de su pantalón y en un movimiento rápido la penetra violentamente… así es la imagen mental que tenemos de una violación.

Esa idea estereotipada que tenemos de la violencia sexual, sumada al machismo que en menor o mayor medida habita en todos nosotros, nos ha hecho escépticos cuando escuchamos historias que no encajan en eso que las películas y las novelas nos han pintado.

Por ello, las víctimas de violencia sexual suelen recibir por respuesta que si no estaban conformes con lo que sucedía pudieron haberse ido, podrían haber gritado, o haberlo hecho más fuerte, debieron apretar las piernas, o no debían haber llegado hasta el punto al que lo hicieron, no debieron acudir a esa cita, responder ese mensaje, sonreír, etcétera.

La agresión sexual que recibió la activista en derechos humanos Yndira Sandoval en Tlapa de Comonfort, en Guerrero, no encaja con lo imaginamos cuando nos hablan de violación. En su caso, no fue un hombre quien la agredió, y por tanto no fue un pene el que se introdujo por la fuerza a su vagina. La violó una mujer policía en instalaciones oficiales.

La jovencita que fue víctima de la banda de juniors apodados los porkys enfrentó también la introducción -contra su voluntad- de los dedos de uno de sus agresores. El juez que llevaba el caso consideró que esto no era considerado violación justo por tratarse de esa parte del cuerpo y porque no vio en esa acción la intención de “satisfacer un deseo sexual a costas del pasivo”.

En ello coincidió Marcelino Perelló, quien desde Radio UNAM calificó que esto no podía considerarse violación, y fue más lejos en otros momentos, diciendo que todas las violadas en su haber se lo habían agradecido con el tiempo. Probablemente murió creyéndolo.

En ese contexto, puede comprenderse que las acciones de Harvey Weinstein, el famoso productor de cine alcanzado por el escándalo recientemente, tuviera impunidad durante décadas.

No importa que entre sus víctimas se contaba a la actriz Gwyneth Paltrow, quien forma parte de la “realeza” hollywoodense, con el poder suficiente en la industria cinematográfica como para denunciarlo y ser creída. Tampoco lo denunció públicamente Angelina Jolie, pese a toda su proyección internacional (que adquirió luego) y siendo ella misma embajadora de la Organización de las Naciones Unidas y una activista reconocida que ha visibilizado, entre otras cosas, cómo la violación sexual se ha utilizado como arma de guerra.

Por años, Weinstein logró sortear las denuncias penales con acuerdos extra judiciales, convenciendo que no había nada anormal en su actuar, y chantajeando hasta conseguir que cada una de sus víctimas permaneciera en silencio. Tampoco ninguno de los hombres que supieron de su comportamiento hizo lo suficiente para que esto cesara, desde Woody Allen (quien carga en su haber denuncias similares) o Quentin Tarantino. Todos guardaron silencio.

¿Cómo puede explicarse esto? ¿Cómo puede entenderse que Brad Pitt, siendo en algún momento pareja de dos de las víctimas de Weinstein y al mismo tiempo un ícono de Hollywood no dijera nada? ¿Cómo es que Gloria Trevi no aprovechó su exposición pública, su presencia frente a las cámaras, el acceso a micrófonos, a multitudes que la adoraban, para denunciar lo que pasaba entre ella, Sergio Andrade y el harem que se hizo alrededor de su figura?

El caso tendría que estudiarse con mucha más profundidad de lo que permite este espacio, pero sirva el mismo para cuando menos advertir que el abuso sexual tiene un componente psicológico muchas veces subestimado por diversas razones.

Las víctimas de abuso normalmente se piensan la excepción y no la regla. Ignoran que el calvario que ellas sufren, lo han vivido otras personas, y lo vivirán algunas más con su silencio.

Piensan también, porque años de cultura machista así se los ha dicho, que pudieron evitarlo, que en algo tuvieron la culpa, por haber acudido al lugar, por haber sonreído, por el largo de su falda, o lo pronunciado de su escote, por la sonrisa amable, porque eligió un camino poco iluminado, porque su mirada es coqueta (según le han dicho), por no saber decir que no; porque denunciándolo ella será igual o más señalada que el agresor.

Es triste admitirlo, pero costará años erradicar la normalización de la violencia, sobre todo de este tipo. Costará décadas desterrar de nuestros pensamiento social el orgullo machista con el que se dice que “cuiden a sus gallinas que mis gallos andan sueltos”; pasarán muchos años para que un medio de comunicación que se atreva a defender a un acosador con el argumento de que “le ganaron las ganas” reciba una sanción, y muchos más para que se deje de señalar a las víctimas como corresponsables de su agresión.

Además de una cultura más equitativa entre los géneros, esto requerirá educación sexual de esa que saca alergia a los sectores conservadores porque no comprenden que educar implica liberar, y no adoctrinar. Tendrá también que cambiarse una forma de pensamiento que fomenta la aceptación de órdenes sin cuestionar, por una cultura de pensamiento crítico que invite a desobedecer, por incómodo que esto resulte.

Falta años para recorrer ese sendero, pero ojalá no falte mucho para empezar siquiera a caminarlo.

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