Glenn Gould. No, no soy en absoluto un excéntrico

Glenn Gould. No, no soy en absoluto un excéntrico

Era a través de notas musicales. Es el lenguaje de este hombre. Afirma en una de las entrevistas de Glenn Gould. No, no soy en absoluto un excéntrico (Acantilado 2017) que antes de conocer las palabras, conoció las notas musicales. Sorprendente. ¿Lo alcanzan a imaginar? A partir de ahí vayan ustedes a saber cómo interpreta y descifra el mundo. Cuántos códigos secretos obtiene de él y nos los entrega a través de su propio lenguaje, es decir, de la música. Por eso se encarga de aclarar: sus excentricidades no eran tantas. Más bien ni siquiera eran excentricidades. Ya se sabe: muchas son etiquetas de los periodistas. Aquí él aclara una por una.

Él hablaba con música. Glenn Gould. Así nos lo hace saber. La pasión que tiene es la misma de un fanático de rock que grita en un concierto. Todo en él está permeado por la música. Con excepción de unos cuantos géneros. La primera contienda es cuando afirma que no le gusta para nada Charly Parker. Es más: no le gusta nada que tenga que ver con el jazz. Así son este tipo de hombres. Y por eso son los que son: ¿auténticos genios? No lo sabemos con exactitud. Glenn Gould se burla y enfurece: en realidad ni siquiera sabría cómo usarlo. Nos dice. Para muchos lo es. Hay entrevistas que son como ramos de luz. Y en este libro se nos presentan varias así.

Una confesión casi íntima que hace en este libro el músico canadiense: de no haber sido músico, habría sido escritor. Gusta de leer a Thomas Mann, a Kafka. En noches de insomnio (algo que padece incluso tomando pastillas para dormir) es capaz de devorar libros completos. Música y literatura. En alguna parte de este libro bailan de la mano. Lo hacen frente a Glenn Gould. Es él quien las ha presentado. Al menos para este baile que la editorial Acantilado pone en nuestras manos luego de que finalizan la primera pieza frente a Gould.

Glenn Gould es nuestro hombre jorobado frente al piano. Es una posición que, junto con el abrigo para el invierno, muchos le critican. Otro detalle: cuando toca habla. Eso irrita a los críticos más feroces. Aquí explica por qué lo hace. Lo de la postura y el movimiento de las manos en el piano. Lo de los guantes. Asegura: ¿cómo no voy a cuidar mis manos si son mi herramienta de trabajo? Lo de la postura: un jorobado al más puro estilo de Shakespeare.

Ignoramos si Glenn Gould lo sabía. Por muy disparatada que suene la analogía, en su postura del jorobado no solamente nos trae reminiscencias literarias sino de otro tipo de música. Me refiero a la postura de Johnny Rotten, vocalista de la mítica banda de punk rock The Sex Pistols.

Buena parte de la creación artística está hecha de posibilidades y de asociaciones. Al menos es lo que a mí me parece. Ignoro si Johnny Rotten escuchaba con atención a Glenn Gould. Es menos probable que fuese al revés. No alcanzo a imaginarme a Gould escuchando “God Save de Queen” en sus audífonos antes de salir a interpretar algo de Bach. Aunque es una idea completamente disparatada, los dos personajes conservan la misma postura, la del jorobado. Glenn Gould aclara que si se joroba es porque así se siente mucho más cerca del piano. Johnny Rotten, en cambio, imita la postura del Jorobado de Notre Dame de Víctor Hugo, pues en los pocos años que duró en el colegio estudió artes dramáticas.

Todos los caminos de la música conducen a Glenn Gould. Y no porque él la haya inventado sino porque supo reinterpretarla a partir de los conocimientos que adquiere desde la infancia. Las primeras lecciones de piano corren a cargo de su madre. El orgullo de un padre que ve en su hijo lo que sería: uno de esos extraños genios que muy de vez en cuando nos obsequia la vida para volverla un poco más habitable. Este libro funciona bajo dos vertientes: como lo que es, eso, un libro, y como un inmenso mundo, ignoto para el lector, que funciona paralelamente al nuestro, el de la música.

Todos tenemos distintas vías para llegar a Glenn Gould. Por ejemplo, yo llegué a él gracias a un breve ensayo de Alessandro Baricco. Y si tienes la curiosidad del niño te das a la tarea, una vez que terminas de leer el ensayo, de buscar su música, de perseguirla. Hay misterios tan asombrosos que las palabras no alcanzan para describirlos. Por eso existe la música. Ella se encarga de transformar lo que conocemos del mundo para entregárnoslo de otra manera. Y sin duda, Glenn Gould se nos entrega aquí abierta, sinceramente. El libro contiene material que sencillamente es invaluable. Entrevistas. Mano a mano con otros músicos de la misma grandeza. Material fotográfico donde se le puede seguir la pista a Glenn Gould de otra forma. Una belleza editorial que todo aquel que se precie admirador del músico debe tener en su biblioteca. Y los que no conocen de Gould, aún más. Un libro sencillamente encantador que se lee a cuentagotas, que no quieres que se termine, y que vuelves a leer una y otra vez, llevándote una que otra  declaración al altarcito.

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