Más pruebas de la urgencia de la regeneración integral del sistema de partidos

Más pruebas de la urgencia de la regeneración integral del sistema de partidos

Después del estallido en las redes sociales de la exigencia de reorientar hacia los damnificados por los recientes sismos, los recursos destinados en el presupuesto para las campañas de los partidos políticos, la ruptura de Margarita Zavala con el PAN ha acaparado la atención de los comentaristas políticos. La mayoría de ellos han abordado el tema desde el enfoque de los efectos que tendrá en el proceso electoral en marcha desde el 8 de septiembre, que tendrá su punto culminante con la elección en julio del año próximo del presidente de la República y la renovación completa del Congreso de la Unión. Desde mi punto de vista, la ruptura referida también se debe ver como una expresión más de la aguda descomposición del sistema de partidos en su conjunto. Veamos.

La gran mayoría de los pueblos del mundo han descubierto que la democracia es el sistema menos malo para resolver la cuestión pública fundamental: la decisión de quien debe llevar las riendas del poder del Estado. Hasta ahora, la mayor parte de las democracias se basan en la existencia de partidos políticos, entendidos estos como grandes organizaciones agregadoras de intereses que expresan diagnósticos, propuestas y sensibilidades distintas, que orientan y ordenan la vida y el debate público, al tiempo que se convierten en las plataformas privilegiadas para la disputa por los cargos de representación.

A partir de 1977, México vivió una transición democrática incompleta. Nadie puede negar que pasamos de un sistema de partido casi único a otro plural de partidos, de elecciones simuladas a comicios muy disputados, de la representación monopolizada por una sola fuerza política, hasta 1997, a otra compuesta por distintas expresiones obligadas a convivir y pactar. Pero tampoco se puede negar que el viejo y extendido vicio de comprar y vender votos ha erosionado la pieza clave de cualquier democracia: el voto auténtico, y además, a partir de la reforma política de 2007, los partidos han vivido un proceso acelerado de concentración de facultades en unas cúpulas dirigentes ensimismadas en la luchas por el poder como un fin en sí mismo, indiferentes ante el debate ideológico, alejadas de sus bases ciudadanas y, como consecuencia, todo el sistema de partidos hoy vive una tremenda crisis de representación.

Los partidos existentes no utilizan el debate ideológico y programático, interno y público, para dejar muy claros sus principios doctrinarios y el tipo de intereses que se proponen articular y defender, lo que repercutiría positivamente en varias dimensiones: elevaría la cultura política de la población, facilitaría la rendición de cuentas y fortalecería la cohesión interna. La inexistencia de tal debate explica que la cohesión exista únicamente al interior de los reducidos grupos de interés, facciones o tribus, que únicamente se mueven por los incentivos ligados a los beneficios personales que les proporciona el ejercicio del poder. Por ello no tienen dificultad en transitar de un partido a otro, y la población no percibe diferencias sustanciales entre ellos. Si nos referimos a la ruptura de Margarita, es evidente que entre ella y Ricardo Anaya, el presidente nacional del PAN, no se perciben diferencias ideológicas o programáticas, pero sí en la posibilidad de acceder al cargo de presidente de la república, cuestión que, en las condiciones descritas, se ha convertido en lo fundamental. Esa debilidad programática y política es el factor que también hace posible la coalición entre partidos aparentemente antagónicos, el socialista PRD con el conservador PAN. Lo único que los mueve es la posibilidad de compartir el poder, aunque una compulsa de sus respectivos documentos básicos probaría que no tienen coincidencias en cuestiones fundamentales de la vida nacional.

La crisis del sistema de partidos cobra mayor relevancia si la consideramos en un contexto ya de por si complicado: la economía no crece con suficiencia, lo que se traduce en incremento de la informalidad, trabajo precario e inexistencia de opciones laborales formales para millones de jóvenes; la corrupción que queda impune; la espiral de violencia expansiva y una desigualdad que se profundiza con la exclusión de millones, hacen muy difícil que franjas muy amplias de la población puedan apreciar positivamente los cambios democratizadores que en las últimas décadas vivió el país. Por el contrario, la inmensa mayoría ve muy mal a los partidos y al conjunto de la clase política. Por ello, si deseamos verdaderamente detener la descomposición de nuestra joven democracia, lo mejor es atender los temas enunciados que tienden a desgastarla en el aprecio público.

Si se reconoce la crisis de representación de los partidos, se entenderá la necesidad de que los electores utilicen el poder de su voto para aclarar el panorama. ¿Cómo? Para empezar, sugiero que en un ejercicio de abstracción simplifiquemos el diagnóstico de la situación que vivimos reduciéndolo a los tres problemas que aparecen como más relevantes en todas las encuestas, y pongamos en un campo al PRI y al PAN que, digan lo que digan, han cogobernado al país los últimos 6 sexenios dándole continuidad a la impunidad frente a la corrupción, al modelo económico, y a la estrategia contra la inseguridad y la violencia. Y en otro campo hay que ubicar a Morena, que nació hace tres años y propone cambios importantes en los tres problemas señalados, y al parecer llevará como aliado solamente al PT. Eso sería un paso fundamental para facilitar la salida de la grave crisis de representación de los partidos.

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