El llanto contenido

El llanto contenido

La Gualdra 311 / Río de palabras

 

Hace treinta y dos años, como muy escasas ocasiones, había boleado mis zapatos para ir a la escuela. Entonces yo estudiaba en la Escuela Secundaria Diurna # 236, turno matutino. El plantel aún se encontraba en construcción. Ya estaban los edificios de las aulas, los talleres y la dirección. Este último se sometía a un proceso de pintura. Por tal motivo había un andamio junto a él.

No recuerdo, pero es seguro que aquella mañana del jueves 19 de septiembre de 1985, haya pasado por mí Rafael Miranda Ochoa (el Changuito) para encontrarnos en la avenida Texcoco con Eduardo Castrejón, con el Cuervo y Mauricio.

Decía que aquella mañana conversábamos varios bajo el andamio. No tengo claro quiénes. Alguien aventó a Mauricio después de una broma. Éste salió disparado al tiempo que decía: “¡Está temblando, está temblando”! Los demás reíamos de las ocurrencias del célebre Mauríloco, cuando fuimos sacudidos por la tierra.

En cuestión de segundos aquello era un caos. Los cables de las torres eléctricas cercanas bailaban un macabro swing. Se escuchaba cómo sucumbían paredes. Gritos, histeria, descontrol. Fueron segundos eternos. En la estampida corrí como pude hacia la puerta principal. Mis zapatos pisaban algunos charcos de agua. No importaba el lustre. Era más urgente estar lejos de muros.

Ingresamos a las aulas. Sólo pocos minutos después del temblor las sirenas de ambulancias, patrullas, bomberos y helicópteros rompían el silencio. Un silencio extraño. La maestra de matemáticas, Hortensia, nuestra asesora, al llegar al salón en la segunda hora, nos contó la tragedia. La juzgamos exagerada cuando nos informó que Televisa se había caído. La jornada continuó normal. Salimos a la hora que correspondía refrigerio.

La vuelta a casa fue sepulcral: calles vacías, grietas en la avenida Texcoco, en las casas, en el camino diario. Mi madre me dijo que muchas de ellas habían ido a la escuela para saber cómo estábamos, pero que no las dejaron entrar ni a nosotros salir. No tengo ningún registro en la memoria de lo que hice el resto del día. Sólo la televisión encendida y mi madre pendiente de las noticias.

Al día siguiente me levanté para ir a la escuela. Ese día esperé una combi. Pero si horas antes el escenario era extraordinario, esa mañana era inconcebible: la avenida Texcoco vacía. Casi sin vehículos, sin peatones de prisa para no llegar tarde.

Cuando subí al colectivo los pocos pasajeros me miraban con curiosidad. Una señora joven me preguntó si no sabía que se habían suspendido las clases. Contesté que no, no nos habían dicho nada. “Lo dijo Jacobo”, sentenció. Bajé en el lugar cercano a la escuela, y ésta estaba cerrada. Ni un solo aviso. El señor de la paletería repitió lo mismo que la pasajera. En la noche volvió a temblar. La psicosis, propiciada por el terremoto del día anterior, fue mayor. Se fue la luz y no había refugio seguro.

Mi padre trabajaba conduciendo un colectivo. Su ruta suministró agua potable. La transportan desde Chalco, Huixquiluca hasta el centro histórico. Un mes después fuimos, junto con mi madre, a los sitios de la tragedia: Pino Suárez, San Antonio Abad, el hospital Juárez, Izazaga. En el hospital había un hedor putrefacto y cientos de ataúdes de madera. Los otros lugares eran gigantescos emparedados. Me resultaba increíble el paisaje. Yo había estado en algunos de esos edificios el 17 de septiembre.

Durante los siguientes meses escuché y leí historias de sobrevivencia, impotencia y muerte. Ahora, las vuelvo a escuchar y veo las imágenes de aquel día y un llanto contenido amenaza con aparecer. Treinta y dos años después, lejos de aquel lugar, ese llanto desbordó.

 

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