Para olvidar el 2 de octubre

Para olvidar el 2 de octubre

Corría el final de 1969 o 1970 o cualquier otro final de cualquier otro año posterior al hermoso amanecer del pensamiento libertario de los finales de los sesentas cuando empezaron a aparecer pintas en las ocultas paredes de la clandestinidad nacional gritando a través de sus agrietadas conciencias de adobe: “Dos de Octubre no se Olvida”.

1968 es considerado por la reminiscencia de libre pensadores, liberales, masones, anarquistas, las izquierdas -metálica, moderada y light– y demás biomasa crítica como el parte aguas de la liberación cultural y democrática en México (algunos audaces afirman que este fenómeno ocurrió simultáneamente en la mayor parte del mundo, en aquel tiempo tiranizado por gobernantes casi todos ancianos, muy retrógradas o de plano, gobiernos de facto). Con tal espejismo como escenografía, la parte combativa de aquella joven generación trató de recuperar su truncada juventud a través de las nuevas libertades que el Estado empezó a proporcionar en forma por demás tendenciosa: libertad de expresión en todos los asuntos que complacieran al gobierno; libertad de obediencia ante las sugerencias del sistema; libertad para adaptarse a las directrices “progresistas” del Estado; libertad para morir por las ideas que no complacieran a los dueños de los negocios de Palacio Nacional y sus clones descendientes: gobernadores, munícipes y otras formas de expresión de caciquismos regionales.

Sin embargo, después de aquel acontecimiento, donde hubo una gran cantidad de personas, jóvenes principalmente, asesinados o hechos prisioneros, causó tristeza ver a muchos sobrevivientes de los que participaron en el movimiento formando parte de la nomenclatura del Consejo Nacional de Huelga, hacer de esta experiencia toda una profesión lucrativa dedicándose más a ejercer abiertamente su papel de mártires oficiales de la clandestinidad como veteranos del conflicto y mejor aún, como expresos políticos.

Pero siempre se les pudo perdonar cualquier desliz político o pose de prima donna, puesto que fue un privilegio ganado después de la prisión, la tortura, la cacería inhumana y la degradación profesional e individual que el sistema ejerció sobre sus personas, familiares y allegados. Pero donde surgen las emociones encontradas es ante la presencia posterior de varios vividores profesionales que tomaron esas banderas desgarradas para proyectar su miseria intelectual hacia posiciones “grillescas” altamente remunerativas sin haber siquiera formado parte de los escarceos político intelectuales que se dieron contra la “bestia negra” que personificó sin dificultad y hasta con gusto el aparato represivo del Estado.

Sería razonable saber por qué no tan solo reprimieron brutalmente al estudiantado y a la sociedad en general que se hicieron presentes con sus ingenuas demandas, sino que todo lleva a afirmar que desde el gobierno mismo provocaron la violencia; recuérdese la estúpida agresión del cuerpo de granaderos a las escuelas de la Ciudadela, especialmente a la Vocacional Número Cinco del Instituto Politécnico Nacional y el encadenamiento posterior de acciones represivas hacia el Movimiento, el cual creció de una manera  tan libre y espontánea que sinceramente pocos se han acercado a una interpretación aceptable de este fenómeno social.

Hubo mucha confusión después del Movimiento, ya que la energía del despliegue intelectual y de búsqueda se diluyó hasta perderse entre auténticas novelas de reclamos, odios y resentimientos, además de haber quedado flotando en el éter de la incomprensión la sensación de que a fin de cuentas, muy pocos actuaron correctamente. La historia de este acontecimiento se encuentra opacada por incontables paredes de obstrucción tendenciosa, además de que a muchos no les conviene que la verdad salga a la luz, Todavía le deben, al menos, una disculpa a la sociedad mexicana por haber manifestado tan irracional -y criminal- respuesta.

De lo otro: ¡nada!. Hoy día brillan por su ausencia proyectos confiables de masificación y democratización de la educación y la cultura; del incremento en la calidad de vida de los mexicanos; del establecimiento de un respetuoso y respetable estado de derecho; del adelgazamiento de la burocracia; del fin de la corrupción; del desarrollo armónico del país con una justa distribución de la riqueza; de la consideración privilegiada de los derechos indígenas; del respeto a la naturaleza…; todo parece indicar que esta generación no será testigo del surgimiento de las más grandes de las libertades: el acceso a una sabiduría colectiva y la libre expresión de las ideas.

Los próximos 2 de octubre, habrá que recordarlos de diferente manera: salir a la calle en silencio por nuestros recordados deudos, como en aquella majestuosa Marcha del Silencio de septiembre de 1968, en que todos se quedaron mudos ante la lección de decencia y civilidad que emitió aquel contingente nunca antes visto en tal magnitud, encabezado por el Rector Barros Sierra. Después habrá que cantar y bailar, recordando que ese día -2 de octubre- pertenece a los asesinos, el movimiento sigue siendo de la gente… y no ha muerto.

Lo que hay que rescatar de su olvidada tumba es el cadáver principal de aquella matanza y que hasta hoy día nadie ha reclamado: El Proyecto Educativo Nacional. Debemos resucitarlo con la alegría y el entusiasmo que desde entonces desaparecieron entre las gruesas nubes de humo de la contracultura e incultura que nos aporta el sistema decadente que rige a través de los medios de difusión masiva y las chambonadas a las que llaman planes de estudio y reformas educativas. Se debe regresar a las escuelas a reintegrar los restos de la Cultura en México, para encarar un futuro promisorio basado en la civilización y en la sabiduría y poder así, liberar a las masas de las cadenas de la ignorancia, cultivada con esmero por los pésimos “políticos” y peores “partidos” que tienen al país como cautivo perpetuo.

Así pues: olvidemos el 2 de Octubre. Hay que inventarse nuevas máscaras para vivir los mismos sueños…, sin nuevas pesadillas.

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