Tragedia, solidaridad y redes sociales

Tragedia, solidaridad y redes sociales

Iniciamos el mes de septiembre con distintas expectativas sobre los informes de gobierno del Presidente Enrique Peña Nieto y el Gobernador Alejandro Tello Cristerna. El país avanzaba en su vida cotidiana. El día 6, para ser exactos, los zacatecanos no imaginábamos que las palabras tragedia, solidaridad y redes sociales estarían tan vigentes a partir del siguiente día.

Pero llegó el sismo que causó enormes destrozos y pérdidas de vidas humanas en los estados de Oaxaca, Chiapas y Puebla, sometiendo a las autoridades y a los habitantes de las poblaciones afectadas en una dinámica de dolor, confusión, tristeza e impotencia, pero también de solidaridad que aún no termina.

Al primer temblor y su consecuente estela de confusión y dolor, se sumó el atípico sismo del 19 de septiembre, con el cuál la naturaleza nos dio la más grande lección de vida que los mexicanos hemos tenido en nuestra historia, particularmente a los habitantes de la ciudad de México.

Alguien dirá que el temblor de 1985 fue más mortífero y desastroso y que, este que se presentó exactamente 32 años después, en nada se le compara. Efectivamente, ambos trajeron lecciones diferentes porque se dieron en circunstancias también diferentes.

Para empezar, el temblor de hace unos días, fue muy distinto al de 1985 por una simple razón: la comunicación. Y aquí aparecen las redes sociales, tan significativas y valiosas para comunicar a los afectados, para ubicar los derrumbes, las víctimas y los apoyos prestados por las autoridades y la ciudadanía, pero también para incomunicar, para tergiversar, inventar y confundir, porque no debemos de olvidar que las redes sociales también son usadas por imbéciles y perversos.

Los que vivimos la tragedia de 1985 sabemos que hubo retrasos en los auxilios oficiales, pero a la vez una afortunada prestancia de la sociedad civil para ayudar a los damnificados. Entonces no había celulares, ni WhatsApp, ni Facebook, ni Twitter, ni muchos otros adelantos tecnológicos, que ahora, en estos sismos del 2017, han sido fundamentales para comunicar.

Hoy, para bien, la comunicación es inmediata en cualquier parte del mundo y para cualquier ciudadano, pero para nadie es desconocido que existe un marcado abuso de estos nuevos mecanismos de la comunicación que los ha vuelto peligrosos e incómodos, o hasta en ocasiones poco eficaces porque comunican falsedades.

Estos fueron días en que las redes sociales se llenaron de inmundicia para denostar, descalificar y promover el rencor y el odio hacia autoridades, servidores públicos, partidos políticos, empresarios y todos aquellos que representaban antagonismos o perfiles políticos adversos. A todos se les acusó de no querer ayudar.

La denostación sin prueba alguna, las ofensas, calumnias y el uso de la información a la ligera se volvió la constante, y es lamentable reconocer que escondidos en el anonimato que permiten las redes sociales se aprovecharon espacios para herir, hacer daño y confundir.

Así, lo mismo circularon audios falsos y mensajes de supuestos niños sepultados entre los escombros, o las consabidas críticas al Presidente Peña Nieto y a sus colaboradores, o la mal intencionada denostación por el uso supuestamente político de los apoyos ciudadanos, por parte de autoridades. Caso concreto las críticas a la Presidenta del DIF de Zacatecas por etiquetar despensas con logotipos oficiales.

Es cierto pues que en materia de tecnología lo sismos demostraron que hemos avanzado a pasos agigantados, pero también que vamos muy lentos en la construcción de una política educativa que este nuevo tipo de comunicación exige. Las redes le dan voz a los patanes y a los imbéciles, según lo dijo con marcada atingencia Umberto Eco y este hecho ha sido constante desde su aparición.

Pero no puedo cerrar esta colaboración sin señalar que, pese al uso indebido de las redes sociales, pese a los 337 muertos y millones y millones de pesos en pérdidas en infraestructura, la gran tragedia de este septiembre, nos dio la gran oportunidad de demostrarnos que, en la unidad y la solidaridad, tenemos un grandioso futuro como país.

Se trató, sin duda, de una tragedia que nos dolerá mucho tiempo, pero este dolor no podrá ser mayor que la satisfacción de una nueva prueba superada. La naturaleza, en pocos segundos, nos dio la oportunidad de revitalizarnos como Nación, de emerger de entre los escombros para caminar seguros y de la mano, hombres y mujeres de todas las edades, hacia un mejor destino.

México ya lo merecía. ■

 

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