La agonía de Julio Ruelas

La agonía de Julio Ruelas

IRuelas tuvo una amiga familiar: la muerte, con la cual vivió siempre en comunión. Todo su arte se extiende entre muerte y el dolor, y en admirables dibujos y aguas fuertes hizo el mejor poema grafico que de la muerte se haya hecho.
[El regreso a la patria. Jorge Enciso. RM, 01 de octubre de 1907]

 

Jesús Luján estaba intranquilo, y con justa razón, la tos de Julio Ruelas, su amigo y protegido era cada vez más preocupante y con frecuencia venía acompañaba de crisis asmáticas que dificultaban la respiración. A pesar de que con anterioridad Julio había pasado gratas temporadas en Saint Malo, en la ribera de Bretaña, ahora el veraniego clima de Trouville no parecía favorecer su precaria salud. En esas circunstancias, el artista zacatecano no estaba disfrutando a plenitud las diversas actividades de ocio por las que Trouville, en el litoral de Normandía, era conocido y frecuentado por la aristocracia europea y por aquéllos que podían darse el lujo de pasar largas temporadas en ese paradisiaco lugar. Sin duda, Jesús E. Luján, millonario chihuahuense y mecenas de la Revista Moderna, podía darse ese lujo y por eso había arrendado una pequeña villa rústica en los alrededores de la elegante Trouville.
Jesús Luján, en compañía de Julio Ruelas y un selecto grupo de acompañantes, planeaba quedarse todo el mes de agosto de 1907 en esa residencia, pero la tarde del día 18 de ese mes, después de entretenerse un buen rato en el cercano hipódromo de Deauville y de un paseo en automóvil, la salud de Ruelas se volvió aún más crítica, ante la más leve caminata se mostraba fatigado y le dolía la garganta al pasar los alimentos. El médico, que con prontitud acudió a la llamada del señor Luján, de inmediato puso en marcha un enérgico tratamiento que logró aliviar a Julio, el tratamiento consistió en aplicar sanguijuelas en los pulmones, esponjas empapadas en agua caliente en la garganta y una cataplasma alrededor del cuerpo, a la altura del pecho. Al día siguiente y después de una meticulosa revisión el doctor diagnosticó que Ruelas tenía un principio de tuberculosis pulmonar, su recomendación fue reposo absoluto y además aconsejó llevar al enfermo a un afamado sanatorio de los Alpes.
Siguiendo las indicaciones médicas, Ruelas guardó reposo desde el 18 hasta el 26 de agosto, pero dos días después convino con el señor Luján regresar a la capital francesa, con la intención de hacer los preparativos para salir rumbo a los Alpes. Ese mismo día, es decir el 28 de agosto, tomaron el tren en la Gare Deauville-Trouville y después de 4 horas llegaron a la concurrida estación de San Lázaro en París. De inmediato se trasladaron hacia el Hotel de Suez, en el número 31 del Boulevard Saint-Michel, ya que ahí residía Julio Ruelas. La austeridad del lugar contrastaba con el lujo de la villa de Trouville, pero ése era el hogar de Ruelas y ahí tenía lo necesario. Jesús Luján conocía muy bien a Ruelas y por eso apoyó su decisión de regresar al Hotel de Suez, su cercana ubicación con el barrio latino era muy estimulante para nutrir el espíritu de Ruelas.
Más allá de la amistad, Jesús Luján valoraba mucho el talento del artista y lo llamaba cariñosamente El Genio. Este talento quedó plasmado en dos obras del magistral pintor que aluden al mecenas chihuahuense: La entrada de don Jesús Luján a la Revista Moderna (1904) y Retrato de Jesús Lujan (1901), ambas obras son óleos sobre tela, el primero de 30 x 50.5 cm y el segundo de 179 x 140 cm. Ahondando un poco sobre esta admiración del mecenas hacia el artista zacatecano, uno de sus contemporáneos, Jesús Sánchez Azcona aseguró que el señor Luján fue clave para que Ruelas se fuera a Europa, ya que tenía el propósito de “sustraerlo de la callejera y estéril bohemia que entonces imperaba en México, y de abrir nuevos y más extensos y remuneradores horizontes a sus admirables facultades de artista”. Una rápida revisión a la insólita obra de Ruelas durante 1904-1907, permite aseverar que el propósito del señor Luján se logró en buena medida, ya que de ese periodo datan El sueño de Athos (1905), Auto de Fe (1906), Buitre herido (1906), La crítica (1906), La bella Otero (1907), La escalera del Dragón (1907) y Fuegos fatuos (1907), sólo a manera de ejemplo.
Ya estando en París, Ruelas decidió considerar la opinión de otros médicos, quienes, con la certeza que permiten los análisis clínicos, determinaron que él no tenía el bacilo de la tuberculosis. Ante estos resultados el viaje a los Alpes se suspendió y eso dio la pauta para que Julio intentara recobrar sus rutinas. Así, desde los primeros días de septiembre, sus amigos pudieron visitarlo en el Hotel de Suez. En una de las tertulias, surgidas a raíz de esas visitas, Ruelas confesó dos de sus preocupaciones, su muerte y su regreso a México.
Así, en relativa calma, pasaron los días hasta que la tarde del sábado 14 de septiembre Ruelas, en su afán de ser optimista y como un buen flâneur, salió a caminar un poco por las calles aledañas. Salir de su refugio y hogar tuvo graves consecuencias, regresó tan agitado que hubo que llamar a un doctor, el cual por fortuna logró aliviarlo lo suficiente para que durmiera esa noche, el mismo médico le recomendó a Ruelas que un especialista revisara su laringe. Antes de irse a dormir, Julio platicó con un amigo que estaba próximo a regresar a México, razón por la cual le pidió que transmitiera sus saludos a don Justo Sierra, haciéndole saber que trabajaría con empeño para que no le quitarán su pensión. Habiendo reposado esa noche, la mañana del día siguiente Julio Ruelas expresó su deseo que lo revisara un laringólogo, pero por ser domingo no fue posible encontrar alguno disponible. El resto del día transcurrió entre ligeros ataques de asfixia que esa tarde dominical se hicieron más intensos. Cerca de de las 11 de la noche se sentía mucho mejor y por eso la mayoría de quienes lo acompañaban se retiraron, sin embargo algunos amigos decidieron permanecer con él para cuidarlo. El descanso de Julio fue breve, pues a las dos de la madrugada empezó la angustia con un ataque de asfixia que fue mitigado con la aplicación de esponjas húmedas y calientes en su garganta. A partir de ese momento ya no hubo calma, al dolor físico se sumó una crisis nerviosa que lo llevo a exclamar: ¡Mamá, mamá! Y después ¡Dios mío! A las 5 de la mañana la situación era desesperante, sólo había pasajeros instantes de alivio, en los que Ruelas, estrujándose la garganta, lamentaba que no hubiera un médico que pudiera saber con certeza cuál era su padecimiento. Tal vez ese erudito era el laringólogo que esperaban, pero ya no fue posible confirmarlo, pues a la 6:10 de la mañana, del lunes 16 de septiembre de 1907, poco antes de que el laringólogo arribara al Hotel de Suez, Julio Ruelas murió. Ante esa realidad de la fragilidad humana, la habitación de Ruelas, inundada por una silenciosa sinfonía, se impregnó de una tristeza que pronto destiló lágrimas. Una bella dama atravesó la alcoba y con sutil elegancia dejó fluir su dolor en un catártico abrazo al cadáver de Julio Ruelas, quien con renovado ánimo ya saludaba a su familiar y eterna amiga.

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