El origen de las fiestas patrias en México

El origen de las fiestas patrias en México

La construcción de sentidos y significados patrios en México ha representado un escenario altamente significativo en el que a través de ensayos, prácticas y varias representaciones se ha deseado incrustar desde el siglo XIX, plena conciencia del ideal de modernidad a través de modelos que fueron capaces de conseguir la independencia, la libertad y el nuevo orden político alejado ya de las monarquías del Antiguo Régimen. Las festividades patrias son un claro ejemplo de lo anterior, pues de acuerdo a lo que señala Ernesto de la Torre Villar:
[…] los mexicanos hemos rememorado las fechas que marcan hitos, jalones en nuestro desarrollo: el inicio de nuestra vida independiente, las batallas cívicas y militares que han asegurado el uso y disfrute de nuestras libertades, el goce pleno de nuestros derechos, los triunfos morales y políticos que han quedado consignados en nuestras leyes y en nuestras instituciones. Lloramos las desdichas tanto colectivas como las propias, nuestros fracasos ciudadanos, la muerte de nuestros dirigentes sociales, intelectuales y espirituales.

Es difícil negar que la conciencia de los pueblos esté integrada de todo ello, y que para vigorizarla se haya visto en la necesidad de recordar públicamente hechos, personas, sucesos y acciones.
Comenzamos a celebrar la patria en los primeros años de nuestra vida nacional, toda vez que, cuando los caudillos y dirigentes políticos empezaron a recurrir a este tipo de actos de solemnidad, creyendo así mantener y avivar la conciencia histórica de la población en momentos de cohesión social, fortaleciendo así la unidad nacional.
Durante la guerra de Independencia, los insurgentes fueron los primeros que se preocuparon por conservar y reconstruir a través de sus discursos, la memoria de sus seguidores, las acciones heroicas y los ideales de los iniciadores del movimiento de lucha surgido el 16 de septiembre de 1810: Miguel Hidalgo, Josefa Ortiz de Domínguez, Mariano Abasolo, Juan e Ignacio Aldama, e Ignacio Allende, por mencionar.
Entre las primeras propuestas para establecer un calendario de conmemoraciones de carácter patrio en el país, destaca el documento escrito por Ignacio López Rayón en 1812 dirigido a José María Morelos, titulado: Elementos o puntos de nuestra Constitución, en el que menciona los ideales de Hidalgo y los suyos. En uno de los puntos citados menciona un calendario de festividades cívicas que los insurgentes tendrían que​ solemnizar como las más venerables de la nación:
Los días 16 de septiembre, fecha de la proclamación de Independencia.
El 29 de septiembre y el 31 de julio, cumpleaños de Hidalgo y Allende.
El 12 de diciembre, consagrado a la Virgen de Guadalupe.
También se dispuso que, para mantener vivo el recuerdo y sentirlo como gloria y honor, se debían establecer cuatro órdenes militares, a saber: la Orden de Nuestra Señora de Guadalupe, la de Hidalgo, la del Águila y la de Allende, pudiendo ingresar a ellas los magistrados y demás ciudadanos beneméritos que se consideraran acreedores de tal honor.
Por su parte, José María Morelos dispuso en uno de los artículos de su evocador documento Sentimientos de la Nación, que el Congreso estableciera como fiesta nacional, la celebración del 12 de diciembre en todos los pueblos, dedicándolo a la patrona de nuestra libertad: María Santísima de Guadalupe, encargando a todos los pueblos la devoción mensual. En otro más se ordenaba solemnizar también el 16 de septiembre para recordar a Hidalgo y Allende. Así, desde 1812, los insurgentes festejaron en pueblos y villas ocupadas o en plena lucha. El grito septembrino se celebró con discursos, misas, salvas de fusilería, quemas de cohetes y regocijos populares, que dieron forma a singulares prácticas de fraternidad, patriotismo y unidad nacional.
Cuando concluyó la guerra de Independencia y fue instaurado el imperio de Agustín de Iturbide, el 1 de marzo de 1822, fueron decretados los Días de festividad nacional para perpetuar los grandes acontecimientos correspondientes a la instalación del Soberano Congreso Constituyente, la firma del Plan de Iguala, el juramento del Ejército Trigarante, el grito de libertad en Dolores, y la ocupación de la capital por el Ejército Nacional Mexicano. Para honrar la memoria de los primeros defensores de la patria se tendrían que conmemorar en todos los rincones del imperio como una festividad nacional, los días 24 de febrero, 2 de marzo y 16 y 17 de septiembre.
En la ciudad de Zacatecas se recibieron dos importantes decretos con la misma finalidad en este año. El primero indicaba la manera en cómo debía celebrarse el Primer Aniversario de la instalación del Imperio Mexicano, pues el Soberano Congreso había ordenado, desde el 26 de febrero de 1822, que la regencia, al tiempo de circular y publicar las instrucciones en todo el territorio, dispusiera la celebración de una solemne misa de acción de gracias —con la asistencia de todas las autoridades—, seguida de salvas de artillería e iluminaciones durante tres días.
El segundo, emitido en 1823 y que trataba también sobre la celebración de fiestas religiosas y civiles de carácter nacional, estableció dos fechas conmemorativas: el jueves y el viernes santos, así como el día de la Virgen de Guadalupe, el 12 de diciembre.
En el ámbito secular, posteriormente se establecieron dos fiestas cívicas: el 16 de septiembre y el 4 de octubre, aniversarios del primer grito de Independencia y la sanción de la Constitución de 1824, respectivamente, iniciando así la conmemoración temprana de las fiestas patrias en nuestra entidad y en el resto del país.

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