Solidaridad y poder ciudadano: la articulación de la energía social

Solidaridad y poder ciudadano: la articulación de la energía social

Las consecuencias sociales del sismo son, o parecen ser, enormes. No puede dejar de recordarnos los efectos netos del terremoto de 1985: el ascenso de la llamada sociedad civil. En el actual hay diferencias notables, pero una mecánica muy parecida. Me explico. En aquella ocasión la agenda  pública estaba dominada por encontrar la manera de cambiar al Estado autoritario correlativo al dominio hegemónico del partido de Estado (el PRI); por ello, hacia allá se vincularon las energías sociales creadas después del sismo (del ’85). La respuesta contra “el Estado Obeso” fueron una serie diferenciada de anarquismos, desde el neoliberal que pretende quitarle peso al Estado para dárselo al mercado, lo cual creó un anti-estatismo de derechas configurando el liberal-darwinismo mexicano, justo en la década que va del 85 al 95. Otro anarquismo, pero de izquierdas, fue el que se expresó en el social-civilismo en las convocatorias zapatistas de “cambiar el mundo sin tomar el poder” (a la Hollowey). Es decir, la idea de que los cambios sociales tenían como sujeto a la sociedad civil en resistencia al Estado. La apuesta era una sociedad civil organizada dedicada a resolver sus propias demandas renunciando a la luchar por la conducción del Estado. Y en medio de estos dos polos se organizó una izquierda y derecha electoral bajo el estandarte de la democracia entendida como equidad electoral. Lucha electoral que ahora fue devorada por las ambiciones de una clase política convertida en casta enriquecida, y ahora en franco desprestigio. El sismo detonó una atmosfera de solidaridad que se expresó en poder ciudadano: la solidaridad genera un ‘actuar juntos’ y, esto a su vez, crea poder político. NO poder como autoridad, conocido como ‘poder-sobre’; sino un poder más originario, el llamado ‘poder-para’. Es como si un volcán de solidaridad estallara y extendiera nubarrones que cubrieran de ímpetus participativos en todo el país.

La explosión solidaria y sus efectos de creación de poder ciudadano es el mismo, pero la agenda a la cual se dirige es otra; de alguna manera contraria a la del 85.   En lugar del Estado autoritario y obeso, ahora tenemos un Estado Ocupado (por los poderes fácticos) e impotente. Esto es, el ‘adelgazamiento’ del Estado trajo como consecuencia que fuera ocupado o dirigido por los grupos de poder económico, lo que ha traído como su consecuencia más importante el crecimiento de la desigualdad social extrema. Las políticas, los programas y presupuestos se convierten en formas de activa producción de desigualdad. Junto con esto, la formación de una nata política corrupta y separada de la sociedad, que se autorreproduce con la apropiación de los recursos públicos. Y ahora la crítica no sólo se centra en el priismo dinosáurico del 85, sino de todos los partidos políticos. Burocracias partidarias que viven en una realidad aparte. De igual manera, a diferencia de la sociedad civil salida del 85, que se conformó con un discurso anti-estatista, ahora prevalece el discurso de la necesidad de la gobernabilidad democrática, es decir, la constatación de que el Estado solo y la sociedad por aparte, no pueden resolver los problemas públicos; que la complejidad de estos revela que sólo en formas de asociación socio-estatal pueden ser enfrentados con regular éxito. Lo que significa que debemos pensar en una nueva forma de concebir al Estado.

¿Qué podemos esperar de los efectos sociales del sismo de este año? La respuesta solidaria hace pensar en la posibilidad de convertir esa energía social en formas de poder ciudadano. Y la pregunta es, ¿dirigidas a dónde? Los primeros dardos ya fueron lanzados: contra la ominosa masa de dinero que manejan los partidos políticos, que los ha obligado a pronunciarse contra ellos mismos. ¿Por qué antes no decían nada de eso? Ahora se arrebatan la palabra para renunciar a sus prerrogativas. Hasta parece una anti-subasta para ver quién renuncia a mayores recursos. En cuanto pase la emergencia, podremos observar si se suma un pliego ciudadano en torno a la construcción del presupuesto, las medidas anti-corrupción, los modelos de seguridad y el combate a la desigualdad y pobreza. Pero, ¿cómo se conformará ese poder ciudadano? Un comportamiento en los procesos de donación puede servir de signo para responder a esa pregunta: nadie quiere donar a través de instituciones gubernamentales, pocos a través de la cruz roja. La ayuda se canaliza directamente o a través de aquellos que generan mayor confianza. El signo es la confianza, el componente más importante del capital social. Esto es, quienes logren captar más la confianza de los ciudadanos lograrán aglutinar o movilizar a parte de la población alrededor de algunos puntos de la agenda arriba descrita. Veo tres tipos de actores. Si atendemos la experiencia de la conformación de la iniciativa de la Ley anticorrupción, está cierta academia con capacidad de propuesta, la prensa más libre y organismos civiles con altos recursos cognitivos. Si atendemos a la experiencia positiva de los candidatos independientes, grupos juveniles con fuerte disposición al activismo social; y en las luchas más significativas en el país, tenemos a las organizaciones sobre derechos humanos y temas migrantes. Por aquí puede estar el semillero para detonar la articulación de esa energía social alrededor de la agenda política y social que viene. Pero en las explosiones sociales de este tipo, siempre hay sorpresas y elementos nuevos. Impredecibles. Lo esperanzador es la conformación de un nuevo sentido común alejado del individualismo posesivo de la era neoliberal, hacia uno que revalore la realidad del ‘nosotros’.

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