El 85 que no viviste

El 85 que no viviste

Es otro ¿lunes o sábado? 19 de septiembre, como muchos otros que has vivido antes. La radio se llena de semblanzas de lo que ocurría un inexplicable jueves de 1985. Los noticieros en la televisión repiten las mismas imágenes; año tras año el mismo ritual. Las crónicas en los periódicos hacen su parte. Has escuchado ya todos los sobrecogedores relatos que la familia te ha contado de aquella mañana fatídica en que la ciudad convulsionó y detuvo su ritmo entre ruinas. Ese suceso insospechado, lacerante, y a la vez catalizador, lo conoces bien pero te significa tan poco.

En tu mente, en tu memoria, en tus sentidos, es un miércoles 19 de septiembre más, y no logras dimensionar la magnitud de los hechos; te vuelves un espectador distante, casi ajeno. Te preparas para otro engorroso simulacro en tu escuela; años más tarde el mismo ejercicio ahora desde la oficina. Algunas fotos y videos orientan la idea que tienes de ese capítulo tan traído y llevado; sigues sin comprender el peso de la historia, esa que aplasta a edificios y hombres por igual, esa que aparta lo efímero de lo trascendente. Es un viernes 19 de septiembre y ya has olvidado todo ello entre tu vida ocupada y tus “no tengo tiempo”…

Pero no este martes. Este martes 19 de septiembre la memoria se partió. Este martes 19 de septiembre de 2017 la historia, como caprichosa, convirtió en escombros los recuerdos compartidos, para llenar de vida aquél episodio que antes contemplabas con cierta indiferencia. Tus ojos atestiguaron, con la mirada antes prestada, cómo los edificios caían y cómo la gente corría atemorizada hacia ningún lado, tan sólo para volver, inmediatamente, a intentar levantar los muros derruidos, sacando fuerzas de no sé dónde.

Este martes 19 de septiembre, por primera vez en tu vida, el tiempo te empujó irremediablemente a ponerte en los zapatos de tus padres, de tus abuelos, de tus tíos, de las semblanzas, de las imágenes, de las crónicas y los relatos. Viviste, sin remedio, su angustia, su desconcierto, su conmoción. No eres ajeno. Nunca más lo serás. Y es triste. Sabes que desconsuela igual que hace 32 años a quien ya había estado ahí, y derrumba a quien, como tú, por fin sintió reverberar la tierra como aquél hiriente 1985. Tu ciudad no es la misma, y nunca más lo será.

Una parte de ti no da crédito a lo que ha perdido. Una parte de ti no sabe cuándo, ni cómo fue que esos edificios tan tuyos, alojados en invaluables recuerdos, no estarán más ahí. La vida cambio de raíz, y las grietas en las paredes te lo recuerdan. La ausencia de quienes no habitarán más los espacios que antes frecuentabas traerá a tu memoria el hecho innegable de que la ciudad se mudó, y con ella la vida de millones de personas.

Y no importando ello, hoy en la calle volviste a mirar a quien antes no mirabas. Tendiste la mano con quien no te atrevías si quiera a intercambiar gesto. Levantaste el puño en alto con la misma esperanza y anhelo de la que estaba a un lado tuyo. Dejaste atrás las diferencias y volviste a confiar. Priorizaste la empatía y la compasión por sobre cualquier obstáculo. Entendiste lo público con tanta claridad, cual epifanía en medio del desastre.

No eres más humano que ayer, tan sólo recordaste que las ideologías dividen, las religiones condicionan, el fanatismo empuja y la discriminación es una autoimposición que limita. Ahora tienes voluntad firme y arrojo. Luchas contra los molinos de piedras y concreto; los gigantes incuban vida que, conforme pasan las horas, va a consumirse.

El Estado ha llegado ahí para intentar ayudar. Con sus esquemas burocráticos, y una cara larga entre indecisión y dudas ensayan asumir el orden armónico que, en base a la más pura afinidad, levantaste con las personas que te rodean, esas de las que apenas sabes sus nombres. Obligan a todos a detener los trabajos de rescate y acopio. El tiempo encarece.

Las órdenes de unos se cruzan con las indicaciones de otros. El tiempo sigue corriendo. Llaman a las unidades caninas. Revive la esperanza y los olfateos traen alivio a los corazones. Suspenden por segunda y tercera ocasión la búsqueda. Ingresan nuevas brigadas. Las cámaras transmiten para la televisión un episodio elaborado que desvía la atención de distintos puntos donde urge la ayuda. La audiencia espera un veredicto final que nunca llega. Mientras, la gente brega en la calle y llueve.

Las redes sociales hablan otro lenguaje. La información satura y desborda, no obstante ayuda a regresar al estado de alerta. El sopor televisivo se disipa. Rememoras que el “85” es un símbolo de unión que ni los medios ni las autoridades lograron cimbrar.

 

Twitter: @GabrielConV

 

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