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La prueba superada y la otra que no

La prueba superada y la otra que no

“…lo más importante será que se rescate la buena crianza de los mexicanos de todos los rincones del país y se empiece a construir una forma de vida que tenga como cimientos el respeto y el amor al prójimo en cada acto de la existencia. No es posible creer que la suerte está echada al lado de la maldad y la corrupción. Al menos, este escritero, se niega a aceptarlo.

Así terminó esta columna de opinión hace dos semanas cuando se cavilaba sobre la casta de los mexicanos y su posible reacción ante las catástrofes naturales como los embates de los huracanes y el terremoto de 8.2 grados en la escala Richter que azotó a la República Mexicana desde las costas de Chiapas y Oaxaca. La gente en el resto del país se empezaba a organizar tímidamente para aportar algún tipo de ayuda que pudiera hacerse llegar hasta los lugares más afectados, en especial porque son zonas que, además de distantes, hay que sortear muchas dificultades para lograr el acceso a ellas.

El otro tema que se planteaba era la capacidad del gobierno de todos los niveles para enfrentar las circunstancias negativas con sobriedad, entereza e inteligencia para mencionar solo algunas características que deben permear al interior y el exterior de las instituciones y los personajes que los representan, enfrentando las consecuencias de la manifestación de las fuerzas de la naturaleza, que devastaron buena parte de Norte América y el Caribe, en especial lo que corresponde al territorio nacional.

En ambos casos las respuestas fueron muy tibias. La ciudadanía y las fuerzas del gobierno apenas si se movilizaron, el de la República haciendo una visita de doctor a las áreas afectadas en donde fue recibido con agravios y maledicencias. Por el lado del gobierno de Oaxaca, no se ha sabido gran cosa, más que algunos funcionarios de Juchitán, parece, se estaban agandallando los donativos de gente de buen corazón que hacían llegar sin más idea que las que les dictaba su conciencia. En Chiapas, parece que estaban más preocupados por la organización de las fiestas de septiembre y las cocodrilescas lágrimas de la “primera dama” del estado y su look ligeramente estropeado y su pelo sin peinar.

Total que esta prueba parecía que iba a pasar desapercibida como tantas otras, que los gobiernos volverían a hacer de las suyas sin siquiera molestarse y dejando a los damnificados a la deriva sin importarles los posibles costos políticos; cuando de pronto, en el corazón del antiguo imperio azteca, se dejó sentir un temblor de fuertes dimensiones (7.2 escala Richter) y todo cambió. La gran ciudad fue tocada y al igual que muchas poblaciones en los estado de Puebla, Estado de México y especialmente Morelos vieron sus casas y edificios venirse abajo causando además gran zozobra entre la población.

Lo sobresaliente fue la reacción de la ciudadanía, al igual que en 1985, todo mundo, en lugar de arredrarse o ponerse a clamar por ayuda, sin voltear a ver sus propias pérdidas y sus heridas, se dieron a la tarea de enfrentar la catástrofe a mano limpia para auxiliar a los heridos o a aquellos que quedaron con vida sepultados y atrapados entre los escombros, o a sus muertos. Nuevamente la sociedad civil, resurgió de sus memorias y como un jaguar herido se revolvió y buscó la forma de paliar los estragos en la mejor forma posible. Con amor, devoción y entrega. Otra vez el dolor nos hermanó a todos los mexicanos de buen corazón y desde dentro y fuera empezamos a experimentar nuestro sentido de pertenencia. De rescatar desde las entrañas de la destrucción un sentimiento de patriotismo que parecía ya haber desaparecido. Todavía no hay palabras que retraten con justicia la recuperación de este sentimiento casi olvidado. No es lo mismo juntarse a la defensiva contra las ofensas del hombre del norte, que enfrentar los designios de la furia de la naturaleza con el corazón por delante, sin importar riesgos y sin medir consecuencias. La concordia (no sé por qué no me late usar la palabra solidaridad) entre los que estaban en la Gran Ciudad y los pueblos afectados se vio fortalecida por aquella del resto de los pobladores de los otros estados y la comunidad internacional.

El estado se hizo presente a través de sus fuerzas castrenses. El Ejército y la Marina Armada de México, pasaron lista junto con las corporaciones policiacas para fundir su esfuerzo con los de la Sociedad Civil y fue grato observar este gran esfuerzo colectivo para hacer el bien sin mirar a quién. Grupos de apoyo logístico y de rescate acudieron desde lejanas tierras a darnos la mano y a darse la mano con los esforzados mexicanos. Se desarrollaron sobre la marcha esquemas de logística para acudir a los sitios donde se era más necesario con las mínimas herramientas y recursos con que se contaba y también para contrarrestar las falsas alarmas que algunos inventaban para robar los donativos que llegaron de todas partes en el país y el resto del mundo.

¿Y sabe qué? Otra vez se consolidó la fuerza de la Sociedad Civil, quien tomó el control de los programas de auxilio en forma inteligente y efectiva.

¿Y sabe qué? El gobierno desaprovecho esta gran oportunidad para limpiar su conciencia al conducirse con omisión y torpeza y en algunos casos con mala leche.

¿Y sabe qué? No se puede decir cuánto nos durará el gusto, Pero qué orgullo se siente gritar nuevamente a todo pulmón y sin recato ¡Soy Mexicano!

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