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La insoportable levedad del tiempo

La insoportable levedad del tiempo

La Gualdra 310 / Río de palabras

 

“Una paso a la vez” dirían los compañeros de mi grupo de ayuda de los domingos. Pero eso no es posible hoy en día. Apenas suena la alarma del despertador y yo ya di tres pasos: me estiré al estilo yoga para relajar los músculos y desentumir los huesos, fui al baño y puse el agua para el té. Al salir del baño sigo avanzando; en la cocina preparo un ligero desayuno, el lonche del mediodía y pico la fruta como me recomendó mi nutrióloga, pues a saber, es importante tomar cinco comidas al día. Y casi lo olvido, descongelo la comida para las tres de la tarde. Regreso al baño, tomo una ducha, me rasuro, salgo y me visto, antes planché lo necesario y abandono como un torpedo.

Pero, oh tragedia, antes de salir de casa, por lo general siempre recuerdo que tenía que haber impreso algo, mandar un email o llevar unos libros para la clase. Después de eso, saco al perro de casa y lo llevo al patio para que haga sus necesidades, tome el sol y se relacione con el mundo del barrio. Subo a la calle y enciendo el auto. Mientras se calienta el motor llevo la basura, acumulada afuera de casa, al lugar donde se la llevarán los señores del camión, dejo mi respectiva coperacha de la semana.

Me voy a dar clase. Si por alguna causa se me hace tarde la situación se convierte en un gran martirio porque seguramente no encontraré lugar dónde estacionarme, además de que la fila de autos de los padres de familia que llevan a sus chamacos a la secundaria ya es considerablemente larga. Por si fuera poco, los jóvenes que bajan de los vehículos (justo en la esquina de la escuela; no antes, ni pensarlo) siempre olvidan algo dentro, por lo que cada descenso de alumnos implica alrededor de un minuto.

Me estaciono. Ya de por sí voy agitado y todavía tengo que subir los tres pisos del edificio secular para llegar a mi aula, arriba, en los palomares. Aun cuando llego tarde, no soy el último, pues siempre llega algún rezagado, al que tengo que regañar duramente para sacar mi frustración. Tras mi clase, diseñada como Dios manda: introducción, desarrollo, evaluación y su respectiva rúbrica (proceso por demás cuadrado y casi absurdo, pues es casi ridículo tratar de repetir la misma clase en grupos tan dispares), ya se han dado las nueve de la mañana.

Al día hábil le restan más de 10 horas, pues regreso a casa alrededor de la siete, luego de ir a la oficina a atender investigadores y doctores exigentes o estrictos; o de la librería, tras haber cargado cientos de libros y revisado notas de venta y facturas; de regresar nuevamente a la oficina para atender pendientes y, finalmente, ir a un último grupo para hablar de literatura y otros chismes afines.

Así que un paso a la vez es exclusivo para aquéllos que tienen tiempo de sobra, para quienes el trabajo no es un peso abrumador que les dobla la espalda. Por eso una vez más doy gracias a Baudelaire que me sugirió estar siempre embriagado para “no sentir el horrible peso del tiempo”, a los fines de semana, a la rockanrolera.com y a la poca gente decente que queda en este mundo, pues sin ellos tal vez me hubiera visto en la necesidad de abrazar el epicureísmo.

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_310

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