¡Madre!

¡Madre!
Gran guiñol. ¡Madre! (Mother!, 2017), la cinta más reciente del neoyorquino Darren Aronofsky posee la impecable factura técnica y la tensión dramática que cabe esperar del realizador de Réquiem por un sueño (2000) y su intrigante debut fílmico Pi: el orden del caos (1998). Es un relato claustrofóbico ambientado en una casona rural que habita una pareja de recién casados (Jennifer Lawrence y Javier Bardem), personajes a los que el cineasta –también guionista– no identifica con algún nombre. Son, desde el principio, dos figuras emblemáticas, prácticamente el primer hombre y la primera mujer en ese lugar bucólico al que se alude como un paraíso. Apenas sorprende ese guiño a la tradición bíblica del director de Noé (2014), y el desarrollo de la trama de ¡Madre! irá precisando, afianzando, desbordando incluso, esa decisión narrativa.

La pareja vive, en apariencia, en un plácido edén conyugal, del que eventualmente serán expulsados, ya no por la tentación de la sabiduría, sino por el pecado de vanidad y soberbia del marido (Bardem, patriarcal y sombrío), poeta ayuno de inspiración, que sorpresivamente recibe la visita de una pareja de admiradores (Ed Harris y Michelle Pfeiffer, un par de sexagenarios extravagantes; él, un fumador compulsivo; ella, una matrona altanera). Estos últimos conseguirán, con su adulación maliciosa y su desfachatez de invitados incómodos, exacerbar el narcisismo del escritor y de paso desesperar la paciencia de la esposa, quien vive la experiencia como pesadilla.

El esquema narrativo es similar al de El bebé de Rosemary (Polanski, 1968), donde un dramaturgo sin éxito permitía la invasión de su domicilio conyugal por una pareja de ancianos adoradores de Satán, aparentemente inofensivos, a cambio de una promesa de éxito profesional. La angustia de la esposa embarazada (Mia Farrow), y su lucha solitaria para defenderse del asedio maligno eran manejados por el director polaco, afincado en Hollywood, de forma magistral y con dosis bien calibradas de suspenso. Lo que propone ahora Aronofsky es mucho más ambicioso y delirante, algo que se inicia como un drama doméstico con tintes de terror (la mujer agobiada simultáneamente por el ego desbordado de su marido y la demencia de sus admiradores frenéticos), y que se encamina hacia un incontrolado desenlace apocalíptico, una suerte de farsa cósmica, vagamente ambientalista, sobrecargada con alegorías bíblicas. A la pareja de invitados insolentes se añaden dos hijos suyos, ebrios de rivalidad y de codicia, y luego una legión de fanáticos que improvisan en la casa del escritor un auténtico aquelarre digno de las fantasías más impenientes del Alex de la Iglesia de El día de la bestia (1995).

Sorprende y decepciona que ¡Madre!, una película que tiene como punto de partida un casting notable y un control tan sobrio de sus atmósferas de encierro, siempre a partir de una fotografía con ubicuidad notable y pocos ángulos de la cámara (close-ups insistentes y tomas subjetivas, esencialmente), deba sacrificar esa primera destreza de narrativa visual en aras de una apoteosis grandilocuente donde después ya todo es posible –de lo más arbitrario a lo más gratuito– y que sólo puede entenderse como farsa descomunal. Las interpretaciones alternativas serían aún más embarazosas: aventuremos las siguientes, una alegoría religiosa que pretende poner de cabeza las liturgias y los símbolos cristianos, una bacanal de canibalismo y brutalidad como diagnóstico e ilustración de la decadencia occidental, o una metáfora de las fuerzas de irracionalidad que desde la política conspirarían contra un entendimiento civilizatorio.

Lo que en Polanski había sido un muy controlado relato de terror y de suspenso, se transforma aquí en el caótico delirio narrativo que semeja un remedo de lo que el polaco Zulawski proponía en Posesión (1981), otro relato alucinado. Posiblemente ¡Madre! sea ahora la sorpresiva revelación de Aronofsky como malicioso humorista posmoderno, muy lejos ya sin embargo, para bien o para mal (el espectador habrá de decidirlo), de las intuiciones en verdad perturbadoras de sus primeras realizaciones.

Twitter: @Carlos.Bonfil1

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