En el aniversario 32

En el aniversario 32
Ciudad de México, 20 de septiembre, 2017, 06:00 horas. En lo que lograba quedarme dormida, en la madrugada lamentaba mi mala memoria, incapaz de cederme de la profundidad alguna frase con toda la autoridad de lo clásico y lo contundente, de tantas que he leído y subrayado a lo largo de los años, una reflexión que me diera tal luz a mí que, a mi vez, yo pudiera reflejarla, al menos en estas páginas, querido diario. No recuerdo qué soñé pero, al despertar, recordé por fin un texto que, aunque a su manera paradójica, me aportó la calma. Es la fábula de Augusto Monterroso El Rayo que cayó dos veces en el mismo sitio, y que dice: Hubo una vez un rayo que cayó dos veces en el mismo sitio; pero encontró que ya la primera había hecho suficiente daño, que ya no era necesario, y se deprimió mucho.

Digo que recordar esta síntesis de sabiduría me calmó porque, para el día que viví ayer, tanto por mi situación personal como por el padecimiento general exterior a mí, creo que no hay nada más que decir. Ante este terremoto no existen explicaciones. Supongo que por la simple razón de que no las hay. Lo que nos queda urdir a quienes, aunque existimos y padecemos pero no podemos hacer ni intentar nada más, es acercarnos a nuestro respectivo oficio y compartir su fruto, si acaso con la esperanza de que asimismo calme y consuele a los demás.

En estos meses, frente a las desgracias naturales que se han sucedido en varias partes del mundo, como han sido los terremotos, huracanes, tormentas, inundaciones, deslaves y socavones, y que han compartido la escena con el terrorismo, las guerras, las amenazas de guerra y las migraciones forzadas, por no hablar de otras miserias que, por cierto, tampoco son exclusivas ni de esta época ni en particular de este verano, por mi parte, y para no deprimirme, lo que me he propuesto hacer no ha sido sino encontrar el lado amable de la realidad, tan escondido en la historia y sin embargo tan presente en la existencia.

Quizá por extraña fortuna, parece que los seres humanos tendemos a provocar o a percibir y actuar más ante el drama y el horror, que a incitar o encontrar y señalar el lado amable de la realidad. Introducimos o reportamos el drama, lo comentamos, nos enfrentamos a él de toda manera a nuestro alcance. En cambio no solemos fundar y ni siquiera advertir el lado amable, o simplemente bello, de lo que sucede a nuestro alrededor, más cerca o más lejos. Tal vez, en medio del drama, tememos detenernos en él y participarlo como fuera, pues nos aterra dar la impresión de ser unos alienados o unos desapegados de la sociedad.

No lo sé. Pero con esto en mente, me atrevo a recordar aquí lo que mi esposo y yo atestiguamos ayer por la tarde, unas horas después del terremoto que azotó la ciudad. Y no me voy a referir a todas las muestras de humanidad que, a lo largo de las horas, entre inquietos ires y venires, experimentamos ante las noticias que oíamos o que veíamos, o con las que vivimos con unos y otros vecinos, conocidos o desconocidos nuestros, sino sólo a una de estas manifestaciones amables.

A las seis estábamos en el estudio de mi esposo en Coyoacán, con la puerta abierta a la calle. Él tenía pendiente un compromiso ahí y yo lo acompañaba. Como no había forma de saber si la cita se cumpliría, sin luz, sin líneas de teléfono, sujetos, entre otros más apremiantes y desbordados, a los problemas de tráfico en la ciudad, platicábamos cuando aparecieron frente a nosotros Patricia van Rhijn y Francisco Serrano, amigos y vecinos. Tras abrazarnos y preguntarnos cómo nos había ido con el temblor, se fueron, pues todavía tenían otras puertas del barrio a las que llamar para cerciorarse de que sus ocupantes, conocidos o desconocidos, estuvieran bien, sin nada que les hiciera falta y que ellos les pudieran dar.

Y estaba por poner punto final a esta página de diario cuando mi amiga Adela Seade me envió esta cita de John Donne, clásica y contundente: Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la Tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti.

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