Retiembla la tierra y emerge el espíritu humano

Retiembla la tierra y emerge el espíritu humano

Cuando la tierra se abre y derrumba nuestras edificaciones, los fundamentos profundos de todo lo que hacemos, se caen y se hacen pedazos. El suelo, el piso es símbolo de seguridad y de la propia realidad. Cuando alguien se hace ilusiones se le dice “no tiene los pies en la tierra”. Un terremoto es el signo del estrago mismo de nuestra realidad. Nos hacemos pequeños y sentimos la enorme fragilidad en la que vivimos. La vida humana en el planeta se revela como efímera. Somos nada. Todo es incierto y el dolor cubre la ciudad conforme estallan los tanques de gas y los sólidos edificios se derrumban como un terrón aplastado por la furia de Dios. Así lo vivimos o experimentamos. ¿Quién es poderoso en ese momento? Hasta el mega-rico Slim aparece como un muñeco de barro. Nadie es poderoso, todos nos rompemos igual. Ante el poder de la tierra furiosa los ricos no son más que figuras de barro, sólo que pintados con laca. ¿Y el Estado? Muestra su impotencia, no hay forma de detener la embestida de una onda sísmica. Nadie puede.

Con esta experiencia de universal fragilidad, lo único que nos queda es el abrazo: la solidaridad. Emerge el ‘nosotros’. Ante esta experiencia límite se revela la realidad de lo que somos y no somos. El individuo que todo lo puede resulta más despedazado que los edificios caídos. Somos un enorme ‘nosotros’. Y eso se manifiesta en el momento de enfrentar la caída de la realidad: los lazos de solidaridad. Todo mundo se vuelca a ayudar de alguna forma. En la ciudad observamos a las personas quitando escombros hasta con las uñas, y de lejos gastamos nuestro dinero para mandar víveres a desconocidos. El sentido de la verdadera realidad de lo que somos emerge cuando la tierra se abre. Por ello se desata un boom de solidaridad. Lo cual se traduce en organización. La participación de las personas estalla también. Los gobiernos son rebasados y la organización espontanea se hace cargo de muchos casos: limpian accesos, trasladan heridos, sacan personas de entre los escombros, dan de comer a niños perdidos o habilitan albergues. De todo. No falta la alimaña que hace lo contrario, como aprovecharse de la situación para sacar ventajas privadas; pero es excepcional. La paradoja de que al caerse la realidad del piso firme emerge la auténtica realidad humana, y de que en las tragedias se observan las mejores dotes morales de los hombres. Con el temblor de la tierra, de este planeta vivo que se mueve y se rebela, sale a la luz una verdad inconcusa: sólo nos tenemos unos a otros. Nos pertenecemos mutuamente. Ahora que se han venido olas de los efectos de los huracanes, y luego de los temblores, se pone de relieve la organización, la relación y el reconocimiento entre los hombres: sale de la tierra y se desempolva el espíritu humano.

 

 

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