Si me matan…

Si me matan…

#SiMeMatan es porque me gustaba salir de noche y tomar mucha cerveza… escribió Mara Castilla en su cuenta de twitter cuatro meses antes de su asesinato presuntamente a manos de un chofer de la empresa Cabify.

No se trataba de ninguna premonición, tampoco de la confesión de andar en actividades inadecuadas que pudieran ponerla en riesgo, sino del apoyo de una mujer, estudiante de Ciencias Políticas, a un movimiento cibernético con el que se rechazó la criminalización de otra mujer víctima de feminicidio.

El hashtag #SiMeMatan, fue una respuesta colectiva a los desafortunadísimos tuits de la Procuraduría General de Justicia (PGJ) de la Ciudad de México, con los que se daba cuenta de la muerte de Lesby Osorio en las instalaciones de la UNAM, con expresiones como esta: “Su madre y su novio aseguraron que ella no estudiaba desde 2014, y dejó sus clases en CCH Sur, donde debía materias”.

Estas publicaciones causaron tanta indignación, que la vocera de la PGJ tuvo que renunciar, y las mujeres organizaron el hashtag referido.

Ayer, domingo 17, una marcha en contra de los feminicidios tuvo lugar en la Ciudad de México, el enojo por estos crímenes va en aumento. El rechazo a la criminalización de las víctimas, también, pese a que ésta es pan de todos los días.

A Mara Castilla se le culpa por salir de noche, por beber alcohol, por regresar sola a casa, por abordar un Cabify. A Karla Saldaña, quien murió en un accidente automovilístico en el que era pasajera, se le culpó justo de no haber tomado un Uber, un Cabify o un taxi, en lugar de ir en el vehículo del amigo de un amigo. Peor aún, a Karla se le ocurrió salir sin su pareja.

Hace muchos años, a las llamadas “muertas de Juárez” se les reprochaba trabajar en maquiladoras, hacerlo de noche; ir caminando a casa, hacerlo solas. De la misma manera que se les acusa de vestir muy corto, de usar escotes pronunciados, de ser madres solteras, o ser madres a temprana edad, de no serlo nunca.

Este discurso está tan interiorizado, que a veces ni siquiera se repara en estar cayendo en él. Por otro lado, es también producto de un anhelo protector desesperanzado por no encontrar respuestas en quien debería tenerlas, y se resigna a hacer lo que a título individual queda, repetir que hay que vestirse de otra manera “por tu propio bien”, o evitar ciertos lugares para “no ponerse en el tocadero”. Nadie, ni siquiera quien esto firma puede garantizar que no caiga en ello de vez en cuando.

El pecado es doble si además de ser mujer, se es joven. Porque ellos que antaño eran vistos como “el futuro de México” hoy son los culpables de la violencia que nos azota todos los días porque “se involucran”, consumen drogas, no estudian ni trabajan, aunque cuando quieren hacerlo les dicen en lo primero que no pasaron el examen de admisión, y en lo segundo se les paga un sueldo miserable y eso cuando se les contrata.

La marcha que encabezó el rector de la Universidad Autónoma de Zacatecas, en la que participaron estudiantes de la Unidad Académica de Veterinaria en recuerdo del asesinato de dos de sus compañeros, terminó en reunión de universitarios con las autoridades de Gobierno del Estado, con la presencia de la secretaria de Gobierno, el secretario de Seguridad Pública y el alcalde de la ciudad de Calera.

En ella, la atención se concentró en demandas estudiantiles como dormitorios, y seguridad en el propio plantel de Veterinaria, pese a que muchos de los alumnos denunciaban que un tercio de los estudiantes vive en Calera, y vive con miedo por la inseguridad y delincuencia que cunden en el lugar.

Las respuestas de las autoridades fueron, en su lado más positivo, promesas de rondines más frecuentes, interlocución directa con funcionarios de gobierno, y una patrulla municipal permanente en el plantel.

También se escucharon llamados a no consumir drogas, como si todos los que murieran en circunstancias violentas lo hicieran, como si esto no debiera tratarse como política de salud pública, como si no se incitara a ello cuando esto conviene a la economía local, como si no se hubiera facilitado la “cantinización” de Zacatecas como dijo su alcaldesa.

Se les dijo que no visitaran antros ni sitios donde vendieran drogas, como si no supieran que la droga está tan lejos como está un mensaje de whatsapp de alguien que lo lleva a la puerta de tu casa, como si no hubiera escuelas y esquinas donde comprarlas.

Se les insistió en que tuvieran cuidado con quién se juntaban, como si ignoráramos todos la facilidad con la que algunos jefes de la delincuencia organizada se han colado hasta la crema y nata de la sociedad zacatecana; como si todos supiéramos con quién tratamos siempre. Como si quienes participan en la delincuencia organizada fueran un ente extraterrestre sin pasado, sin presente, un extraño enemigo que nos es totalmente ajeno sin ningún lazo humano.

Al final, el truco es el mismo. Las mujeres tienen la culpa por facilitarle las cosas a su feminicida, los jóvenes tienen la responsabilidad por ser jóvenes, por juntarse con la persona equivocada, por estar en el lugar equivocado, por vestirse como sicario.

Nadie exime a la sociedad de hacer su parte, pero creer que los discursos moralinos y los discursos inquisidores son la solución, es no empezar siquiera a buscarla.

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