El traje nuevo del emperador

El traje nuevo del emperador

De acuerdo a un antiguo mito chino, Yao, el gobernante ideal, tenía tres plantas maravillosas que le ayudaban a administrar lo que sería el primer gobierno de los humanos. La primera, a la cual crecía una hoja diariamente durante quince días, para posteriormente deshojarse al mismo ritmo, le servía como calendario natural. La segunda, además de batir sus grandes hojas en tiempos calurosos procurándole aire fresco, tenía el don de predecir el futuro. Pero aquella que atesoraba con mayor celo era la tercera, la que tenía el poder de reconocer a los aduladores; la que, si alguno de aquellos se llegaba a presentar ante la corte del Magnánimo, se inclinaba hacia él identificándolo como adulador. Se ha perdido después de milenios, si es que lo hubo, el registro de la especie de tan prodigioso vegetal, de cualquier manera parece ser que aunque existiese, poca demanda tendría; la sabia y antigua recomendación de deshacerse de los lisonjeros para no dejarse apagar la razón, poca validez tiene ahora que por el contrario, lo que se busca y hasta se paga es agenciarse al costo que sea hordas de zalameros llegadas en grandes caravanas de autobuses con el único fin de aplaudir y elogiar lo aplaudible y lo que no.

Dice José Antonio Crespo que para preservar la paz, aunque en realidad más bien para legitimarse en el poder, Porfirio Díaz hacía uso de “la negociación, la cooptación, la conciliación, el barniz democrático a las prácticas autoritarias, el acarreo político, el clientelismo electoral, la subordinación del Congreso al Ejecutivo y, solo como recurso de última instancia, la represión”; las prácticas habrán cambiado si acaso un poco nada más desde entonces iluminadas brevemente por escasos destellos de voluntad de cambio: “Sólo los partidos autoritarios pretenden fundar su legitimidad en su herencia” proclamaba con su poderosa voz Colosio cuatro meses antes de su muerte. Y es que la atracción casi magnética que lleva a gobernantes pertenecientes a partidos cuya tradición les dicta acarrear a cientos o miles de personas, según sea el caso, que forman parte del eslabón más débil del entramado social, para llenar plazas, mítines o manifestaciones con el fin de mostrar músculo, los arrastra en primera instancia al autoengaño, pero con mayor fuerza los conduce sin remedio hacia el daño autoinfligido como aquel infame y fallido acarreo al Zócalo de la Ciudad de México en septiembre de 2015 en donde al unísono se escuchaban a miles de personas, con torta y jugo en mano, gritar: “¡Fuera Peña!”. Sin darse cuenta asoman la cabeza a la paradoja de “las plazas llenas que casi siempre terminan con las urnas vacías”; no se percatan, imbuidos del sentimiento de aceptación, que los aplausos son tan postizos como las carcajadas de los programas de variedades de los ochenta; no infieren tampoco que los únicos que ganan en ese espectáculo son los proveedores de servicios gracias a las pequeñas fortunas invertidas, así como los líderes y funcionarios menores que aportan obsequiosos las cabezas, entre más camiones mayor la recompensa; y no deducen que para hacer la diferencia se requiere un poco más que genuina buena voluntad, hace falta arrojo y un sólido carácter para hacer frente a las viejas prácticas y tradiciones de maquinarias que no por grandes necesariamente son más potentes. No le malician como dicen por allí.

Retomando el tema de antiguas fábulas, según el sistema de clasificación de fábulas o cuentos de hadas conocido como ATU o Aarne-Thompson-Uther, dentro del grupo Anécdotas y humorísticos, subgrupo Historias de un hombre, subgrupo El hombre astuto, se encuentra el arquetipo número 1620: El traje nuevo del emperador, el cuento más conocido de este tipo es aquel del cual toma su nombre y cuyo autor es el danés Hans Christian Andersen, publicado en 1836 también es conocido con el nombre de El rey desnudo. La trama, ampliamente conocida, nos habla de la adulación colectiva y el servilismo cortesano, pero sobretodo, del autoengaño; con distintas variantes va de la siguiente manera: un grupo de estafadores hacen creer al rey que le confeccionarán un traje solo visible para aquellos nacidos de buena cuna o inteligentes, cuando el traje está listo, todos, incluido el rey, lo admiran haciendo como que lo ven bajo el temor de no evidenciarse ante su realidad y ante los demás, que efectivamente ven el traje claramente. Hacia el final del relato, como desenlace y sea cual sea la versión (en la de Andersen es un niño quién con toda su inocencia lo dice, en el entremés de Cervantes Saavedra, El Retablo de las Maravillas, es un sobrio militar quien se los hace ver, así como de igual manera sucede en el cuento XXXII de El Conde Lucanor escrito en 1330, donde es un negro, palafrenero del rey que no tenía ninguna honra que perder, quien devela el engaño diciéndole: “Señor, a mí me da lo mismo que me tengáis por hijo de mi padre o de otro cualquiera, y por eso os digo que o yo soy ciego, o…”), el autoengaño (un retablo maravilloso, un paño mágico o un hermoso traje de seda invisible a los impuros, pero que bien pudiera ser el eficaz combate a la inseguridad, el avance en la economía y el empleo o los altos índices de aprobación sustentados tan solo en los cientos de aplausos sucedáneos de los indicadores reales) es irrefutablemente derribado con estrepito bajo una lacónica sentencia que hace evidente lo que todos sabían ya de antemano: ¡El rey va desnudo!

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