La Coexistencia de dos métodos

La Coexistencia de dos métodos

Durante un tiempo, incluso después de que el Plan General de Enseñanza Pública derivado de la ley del 9 de junio de 1831 estableciera la uniformidad en las escuelas de primeras letras de Zacatecas se enseñaba con dos métodos. La falta de locales adecuados como sucedió con las escuelas de Aguascalientes y Jerez, sin que éstas hayan sido las únicas, la falta de los libros, que los ramos exigían y los utensilios propios del método lancasteriano obligaba a que los maestros tuvieran que seguir recurriendo al método “antiguo”, no obstante que estaban ya capacitados para en enseñar con el que estaba de moda, tal y como aparece en algunos informes.1

En cuanto a la disciplina, basada en la dualidad antinómica de premios y castigos, con el método tradicional se mantenía a raya empleando los azotes, lo que no significa que estos hayan desaparecido con el lancasteriano.

A través de la opinión de don José María de Ávila, presidente del Ayuntamiento de Aguascalientes, encontramos la diferencia entre el método “antiguo” y el ideado por Bell y Lancaster.  Para el señor Ávila el primero de estos métodos correspondía a la época en la que México formó parte de España, en su vida independiente la enseñanza pública debería de adoptar el método moderno que había demostrado ya sus bondades. En su opinión, no podía haber ´ilustración, libertad y seguridad´ si se descuidaba la educación de la juventud como el principal factor en que descansaba el futuro de las instituciones.2 Para superar la ignorancia causante de “muchos crímenes” como “homicidios robos e inmoralidad” con la que “nuestros opresores” nos habían mantenido antes de la independencia, hacía, en opinión de don José María Ávila,   falta que se quitaran “las trabas que nos pusieron”. En consecuencia, proponía:

“… edúquese a la juventud en nuestro sistema dirigiéndola bien desde los principios y la República será otra cosa, entonces conoceremos lo que puede la libertad y comenzaremos a percibir los deliciosos frutos que produjera un árbol, y que no se sienten aún sino por uno y otro, merced a la mala educación que desgraciadamente recibió la presente generación. ¿Pero, cómo conseguir esto? Estableciendo escuelas donde desde que se aprendan las primeras letras se adquieran también los conocimientos más necesarios, los preliminares siquiera de la política; esto, empero, no se consigue con el método que observamos en nuestras escuelas, las que lejos de instruir a los niños los atontan, los desmoralizan, se pierde el tiempo y nada hemos adelantado”.3

La idea que sugería Ávila, quizá muy propia del romanticismo optimista de la época, sobre el empleo del método lancasteriano la presenta como el parte aguas entre los dos métodos. El lancasteriano en su opinión, de acuerdo con los progresos observados en Europa proporcionaba a la juventud “ventajas incalculables”, como podían ser la forma de trasmitir los conocimientos o la enseñanza de la doctrina moral o política, tan necesaria para cultivar la conciencia política y cívica, y para que junto a los nuevos procedimientos de instrucción de los demás saberes ya no se “atontara” a los niños.

Antes de que se estableciera la Escuela Normal lancasteriana, las escuelas de primeras letras habían venido trabajando con el método tradicional. Pero aún después de 1826 cuando inicia sus actividades la llamada “Escuela Normal de la Constitución” y a lo largo del resto del siglo 19 se siguió empleando.

Como en los tiempos contemporáneos cuando se introducen nuevos método y enfoques, los maestros seguían recurriendo al viejo sistema de enseñar. Ello obedecía entre otros factores a la falta de preceptores y a que los pocos que se ocupaban en el oficio, su preparación dejaba mucho que desear. Los más de ellos enseñaban como habían aprendido. También el hecho de que se siguiera enseñando a la vieja usanza se debía a que las instalaciones físicas del inmueble que debería funcionar como escuela y los materiales y utensilios, según lo determinaba el método lancasteriano no eran tan fáciles de conseguir. En medio de las privaciones y carencias económicas, se dificultaba aún más enseñar con dicho método. De tal forma que, con tal de llevar la instrucción a todos rincones del Estado, se echaba mano de lo que se disponía, que no era mucho.

El método tradicional tenía como rasgos característicos los siguientes:  enseñanza elemental de la lectura, escritura, contar (aritmética) mediante el dominio de las operaciones fundamentales y la infalible doctrina cristiana apoyada en el Catón Cristiano y el Catecismo del Padre Ripalda.

En el método antiguo los ramos se distribuían en un horario en el que los niños acudían de las ocho a las once de la mañana, y de las dos a las cinco de la tarde. Lo primero que se les ponía a hacer por las mañanas era que “cantaran” la doctrina (recitaran a través de la repetición) aquéllos que tenían más problemas para aprenderla, esto es, los que estaban en el nivel de Cartilla y Catón. Los demás niños del resto del grupo que se encontraban más adelantados, leían o recitaban de memoria “una hojita del Catecismo Ripalda”. Los sábados también se asistía a la escuela. Ese día, por la tarde antes del descanso de fin de semana, se les explicaba la doctrina conforme al Catón cristiano para “no confundirlos en su tierna edad”.4

A diferencia de los utensilios y material didáctico que se llegó a utilizar en el método lancasteriano que eran muchos y variados, en el tradicional solo se utilizaban además de las plumas y tinteros, los catecismos y las cartas también llamadas pautas; que no eran otra cosa que hojas rayadas en las que se practicaba la escritura. Entre las innovaciones de material didáctico del método lancasteriano se encuentran el señalador del cambio de actividades y separación de las clases (subdivisión del grupo) conocido como telégrafo, los carteles de lectura sobre las paredes y varios pizarrones y reglas de madera, muestras de letra de inglesa; pero sobre lo que lo hacía diferente comparado con el método “antiguo”, eran los nuevos textos que se utilizaron.

Los grupos se dividían en dos secciones: los de escritura y los de lectura. De acuerdo con los avances o dominios que iban mostrando, se ubicaba en un lado a los que estaban aprendiendo a escribir, llamados también    principiantes; separados del grupo de “los de carta”; en otra parte, se sentaba a los de Catón o libro; y a los más aventajados, los que sabían leer y escribir bien, llamados de cartilla.5 Una vez que los niños adquirían los rudimentos de lectura, se pasaba a practicar las habilidades de la escritura. De las 8 a las 9 y de 2 a 3 (de la tarde), los escribientes más aventajados “remojan sus plumas, pautan su papel y lo cortan para enseguida auxiliar a los más atrasados o principiantes a tomar la pluma, acomodar el papel y la forma como deben inclinar el cuerpo a la hora de escribir”.6 [Continuará…].

 

(Endnotes)

1 Al respecto se pueden ver los informes enviados sobre este punto por las autoridades políticas de los partidos de Juchipila y Aguascalientes a la JDEP. AHEZ. Fondo Jefatura Política, Serie Instrucción Pública, 7 de mayo de 1832 y mayo 9 de 1833.

2 AHEZ, “Solicitud del Ayuntamiento de Aguascalientes de un préstamo de 5000 pesos para terminar la fábrica material de la escuela lancasteriana”, op. cit. fj.1.

3 Ibid., fs. 1 y 1v.

4 AMG, Ramo Instrucción Pública, “Relación que yo don Alejandro López Portillo, maestro de primeras letras en los bajos de Santo Domingo doy al señor Comisionado Regidor, don Rafael Villaseñor del método que observo en la enseñanza de los niños….”, 31 de diciembre de 1813.

5 AMG, Ramo Educación, “Razón individual de la escuela de primeras letras que está en el pueblo de Analco a cargo de Crisanto Rubalcaba, y la presenta al Señor Comisionado de escuelas de primeras letras don Rafael Villaseñor”.  diciembre 29 de 1830.

6 AMG, Ramo Educación, “Relación de don Alejandro López Portillo, maestro de una de las escuelas de primeras letras de Guadalajara”, fj. 7.

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