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Glenn Gould en Reforma

Glenn Gould en Reforma

Para Mich Pastrana

Ni siquiera espero respuesta. O algún tipo de reacción. Escribo. Al hacerlo lo hago como si hablara conmigo en voz alta. Quizás bajo la lluvia. Pero con pensamientos. Hay que intentar hablar con pensamientos porque está demostrado que el lenguaje tiene terribles limitaciones. Ya nos lo habían advertido los lingüistas y no les hicimos caso. Hay fronteras invisibles donde se acaba el lenguaje.

Con los pensamientos no ocurre lo mismo. Quiero creer eso: que no ocurre lo mismo si los diriges adecuadamente. Si se trata de caballos desbocados no lo sé. Pero en su rapidez parecen galopar sobre las montañas. Y si los atrapas al vuelo mucho mejor. Caballos que vuelan nos suenan más a figuras mitológicas, y tal vez los pensamientos también lo sean.

Hasta antes del siglo XX nos hubiera parecido una locura. Eso de los pensamientos y el lenguaje paralelo que construyen desde sus cimientos más puros. Quiero decir: desde su naturaleza primigenia. Algún día se descubrirá la forma que teníamos para comunicarnos por medio de los pensamientos. Será tarde ya. Quizás toda forma de pensamiento quede tendida sobre el asfalto. Al menos una reflexión. Esta es la primera parte de la rapidez de los pensamientos y de cómo pueden atravesarte cuando menos lo esperas. Por eso son pensamientos.

En la historia de la humanidad nos ocupamos de ideas. Nos hemos asombrado frente a las más brillantes. Nos hemos sentido más miserables frente a las más deleznables. Todas éstas relacionadas con algún tipo de poder. El del dinero. El de la arrogancia. El de la superioridad. En cambio los pensamientos son como misiles dirigidos hacia donde uno quiera. Es un chiste macabro lo de la comparación de los pensamientos con los misiles ahora que se habla tanto de ellos en los periódicos. Bien visto, su comparación radica en la poderosa destrucción de la que son capaces. Tanto los misiles como los pensamientos.

Es así como comienza esta historia. Lo anterior he querido que sirva tan sólo de preámbulo. Ignoro si lo he conseguido; de ser así, me festejo no por haberlo conseguido sino porque me ahorrará el trabajo de volver a leer lo que escribo. Si tanta confianza le otorgamos a las palabras, la misma confianza, luminosa y certera, deberíamos otorgarle a los pensamientos.

Bajo la lluvia hay miles de cosas que puedes hacer. Por ejemplo, te puedes divertir como niño y brincar entre los charcos mientras bailas teniendo como pareja a tu viejo paraguas. Por ejemplo, puedes correr, aunque eso sólo asegura que te mojarás de igual manera y quedarás como un tonto al intentar ocultarte de la lluvia. Mejor disfrutar. Me aventuro a caminar sobre avenida Reforma bajo la lluvia. Toda historia es propicia si lleva música en su vaivén y yo escojo el concierto para piano número cuatro de Rachmaninov. Lo sé: no es tan virtuoso como el tercero, pero tiene momentos de una belleza absoluta. Y entonces no sólo me veo abordado por la lluvia sino por algunos recuerdos que se cocinan al vapor. De entre ellos algunos sobresalen porque se me escapan, corren con su propio ritmo y alcanzan la categoría de pensamientos.

Uno sobre el músico canadiense Glenn Gould. De un librito de la editorial Acantilado. Bien, pues en uno de los textos, Glenn aclara lo de sus “excentricidades”. Así, entre comillas, por favor, ya que él se encarga de aclarar que a quien le debe ese calificativo es a la prensa y a sus críticos. Quiero creer que a los críticos que menos le favorecían con sus críticas. Eso es lo que quiero creer. Cuenta Glenn Gould acerca de la postura que mantenía a la hora de tocar el piano. Y nos da una imagen que es bella en su construcción. Algo así como una acotación de Shakespeare. Dice que parece la de un jorobado. Inmediatamente aclara que tal postura tiene sus beneficios, pero también sus inconvenientes. Los explica. Ahora mismo no los recuerdo con precisión, aunque se me quedó grabado un beneficio: al tomar la pose de un jorobado queda más cerca de las teclas del piano, lo que le permite tocarlas con mayor precisión a la vez que con mayor soltura. De entre tantas “excentricidades”, así, con comillas, por favor, Glenn Gould da con una de la cual me colgué bajo la lluvia y la traje a las banquetas no sólo de avenida Reforma sino a las banquetas de cualquier ciudad. Podría aclarar que a las banquetas de la Ciudad de México, pero alguien me corregiría y haría bien en hacerlo. En ocasiones, Glenn Gould mandaba a que gastaran las teclas del piano con la finalidad de que adquiriesen la textura única para que él ejecutara cualquier obra maestra. No puedo imaginar a los responsables de tan titánica tarea. Y no lo puedo imaginar porque mis conocimientos acerca de un instrumento musical tan respetable como lo es el piano son limitados. Pero pensé (el verbo es importante) que las banquetas de cualquier ciudad son las teclas de ese mismo piano y que, contrario a lo que Glenn Gould pedía, nosotros no delegamos la responsabilidad a un tercero sino que las recorremos tanto que conseguimos que adquieran la textura que necesitamos para nuestras caminatas, incluso si son bajo la lluvia. Entonces pensé en todos los hombres que han pisado las mismas banquetas que nosotros en una suerte de multiplicación borgiana. En un momento tal pensamiento me pareció aterrador, sin embargo, calles más adelante, cuando la lluvia parecía el gran preludio a la llegada sobre Insurgentes de Moby Dick, pensé que uno continúa siendo en otros sitios a pesar de la ausencia. Entonces recordé un poema de Octavio Paz donde habla de sus pasos en la niebla, y de cómo los pasos que da los escucha pasar en otra calle, porque eso y no otra cosa es nuestra presencia: una reverberación de ecos finamente elaborados para los oídos más exigentes. Pongamos para los oídos de Glenn Gould. Pero si esos pasos consiguen multiplicarse en sonido, y puede que en presencia, también nosotros nos podemos multiplicar en aquellos lugares donde dejamos parte de nuestra esencia (utilizo el término estrictamente con fines filosóficos). De aquí proviene, quizás, la idea de desaparición de la que ya han hablado distintos autores. Y en un momento de esos que pueden preceder a cualquier situación increíble vi a lo lejos a Glenn Gould: envuelto en ese abrigo que tanto le caracterizó, y el cual no se quitaba así hiciera un calor de los mil demonios, dando un paso, luego otro, despreocupado totalmente de la lluvia mas no de su ritmo: lo dominaba y lo conducía con movimientos de los brazos, es decir, la lluvia intensa de un miércoles por la noche parecía una tenue extensión de su cuerpo, y así como él pedía se gastasen las teclas del piano para corregir la textura y volverla un poco más comprensible para su tacto, las calles también adquirían otra textura difícil de comprender y más difícil de explicar. Hace algunos meses dormí en un sillón rojo frente a un gran ventanal. Creo que en esos momentos pensé (el verbo es importante) que a pesar de mi ausencia en el ser, seguía estando mi presencia en ese sillón. No me pregunten cómo ocurrió. Ahora mismo, mientras bebo café y fumo pienso que hay fenómenos inexplicables que por el hecho de ser inexplicables nos provocan miedo o inseguridad. Me refiero al hecho de acercarnos a ellos. La noche cae y la lluvia continúa. Glenn Gould acompaña mi soledad en estos momentos. Para finalizar cabe agregar una leyenda que gira en torno a su figura. Cuando se retira de la música, es decir, de dar conciertos para el público, y desaparece, como aseguran desaparecen ciertos escritores que prefieren pasar desapercibidos, para morir meses más tarde, muchos periodistas (algún nombre hay que darles) llegan a asegurar que su muerte fue una de sus tantas excentricidades, que en realidad continúa con vida… ¿y si realmente fue una reverberación de su imagen la que me acompañó hasta la entrada del metro Hidalgo? ■

 

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