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La brevedad de los días o las lecturas inalcanzables

La brevedad de los días o las lecturas inalcanzables

La Gualdra 306 / Río de palabras

 

Para no ser los esclavos martirizados del tiempo,

¡embriáguense, embriáguense sin cesar!

De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca.

Charles Baudelaire

 

Abro un cajón de mi escritorio y veo con tristeza cinco discos duros donde he guardado un montón de cosas para después: en uno tengo videojuegos que alguna vez quiero jugar, pero mi consola está empolvada, ya ni mis hijas la utilizan; en otro hay cientos de discos que convertí de mi colección de cd´s a mp3 para escucharlos cuando trabajo, hago ejercicio o me traslado en el auto (trabajo y me olvido de ponerlos, ni ejercicio hago y en el carro mis chicas acaparan el estéreo); en otro tengo 45 mil libros electrónicos para leer en mi e-reader pero ya no sé ni dónde está el aparatejo; uno más tiene miles de historietas que quisiera leer como cuando era un chaval; el último está lleno de películas esperando que abra mi paquete de palomas gigantesco que compre en Sams.

¿Qué pasó? Me he convertido en un adulto esclavo del tiempo y el trabajo: me levanto antes de las seis de la mañana para preparar los lonches de mis mujeres, mientras ellas se arreglan a sí mismas y la casa; regreso y saco a pasear a mi perro porque si no está como loco todo el día; preparo la comida y me baño. Salgo de la casa y voy al trabajo. Reviso que todo esté bien con las ventas del día o si hay algo que haga falta y me voy a la oficina. En la oficina me siento y resuelvo un montón de cosas, cuando me doy cuenta es tardísimo. Corro como si mi vida dependiera de ello porque tengo que llegar a tiempo a clase. En fin, cuando caigo en la cuenta, el ocaso dibuja el cielo con sus marrones y anuncia la noche. Habrá que preparar las armas para el asalto del día siguiente. Al terminar ya es medianoche.

Los fines de semana podrían ser una opción, mas no lo son, dado que hay hacer lo que hacía falta hacer en la semana dentro de casa y otra vez el día se extingue sin darnos cuenta. Si queda tiempo, salgo con mis brothers a tallerear o escuchar vinilos; más tarde, si no llego muy cansado podemos ver una película, la cual siempre se queda a medias porque el sueño me venció. Una vida ajetreada, sin duda, que me hace añorar aquellos tiempos en que el ser humano salía a cazar y regresaba con la presa para matar el tiempo mediante la contemplación; o aquéllos en donde la falta de luz eléctrica nos obligaba, como a la mayor parte de las bestias del mundo, a dormir temprano y reposar el cuerpo.

La jornada de trabajo podría ser de ocho horas, pero habría que asegurar que después de ese tiempo no hubiera pendientes en casa relacionados con el trabajo, que quedara tiempo para estar con la familia y conversar, o leer un libro y un cómic, oír un disco, ver una película, sacar una silla a la calle y conversar con los vecinos, salir a caminar, cualquier cosa que nos haga sentir que no somos una máquina de trabajo.

 

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