Seis a Centauro

Seis a Centauro

A la memoria de J. G. Ballard

os días 28 y 29 de junio de 2017 fueron entregados avisos de rescisión laboral a 19 universitarios. El natural automatismo individual, determinado por los hábitos de pensamiento impuestos desde una tradición, es recurrir a las instancias que pueden ofrecer una respuesta a ese problema, sea el SPAUAZ o la Junta Local de Conciliación y Arbitraje. Pero el camino de la Junta era largo y debía ser enfrentado en las peores condiciones, quedaba el sindicato, pero tanto la articulación del problema, como las respuestas que proporcionaba, se resumían en la impotencia. La situación se volvió desesperada porque las preguntas que asaltaban lamente de los afectados no parecían tener una respuesta creíble, llevándose el cuestionamiento hasta la organización misma de la universidad, el sindicato y la sociedad. ¿Qué se ofrecía de cierto a quienes han caído en desgracia política y económica? Poco, o menos que poco: esperanzas para cuando todos estemos muertos. Pronto esos cuestionamientos perdieron todo significado, después de todo no había aquí tiempo para reflexionar y publicar en una revista de alto impacto, y no hubo ya más preguntas ni respuestas sino pletóricas perplejidades que se negaban a ceder. El único camino que permanecía inexplorado era el de la acción: dejar de lado las formalidades y pergeñar una serie de movimientos que pudieran realizar presión sobre las autoridades para obtener de ellas una respuesta. Pero aquí también los obstáculos aparecían insalvables. ¿Qué presión puede ejercer la toma de edificios vacíos? ¿Qué relevancia gritar por las calles injusticias que acontecen todos los días y ante las que nadie hace nada? Se pensó en una huelga de hambre y se anunció a sabiendas que no todas las personas acceden voluntariamente a poner en riesgo su integridad física por una causa, aunque sea la de ellos. La tradición, después de todo, aconsejó y aconseja mejor dejar las cosas así y buscarse otro empleo. Pero es precisamente esa sabiduría la que está en juego aquí por su impotencia manifiesta, por sus muchas cesiones al deleznable orden establecido. En alguna parte de su “Teoría estética”, Theodor Adorno; siguiendo al Lukács de “Historia y conciencia de clase”; enuncia que desde un punto de vista materialista dialéctico (tan desdeñado hoy día), las cosas se comparan con su “otro”, con lo que no son pero pueden llegar a ser. Sin saberlo, desde los entresijos de una acción más confusa que deliberadamente maquiavélica, los que decidieron colocar su cuerpo como moneda de cambio acusaban a esa tradición de obsoleta, porque las respuestas que ofrecía eran para problemas ya fenecidos, decidieron, desde la autarquía de su individualidad, creer que otra solución era posible, en menos tiempo, en mejores condiciones. Aparecen ahí, de improviso, las chispas del  materialismo dialéctico. El SPAUAZ se plegó a la sabiduría convencional y recomendó en todo momento el camino de la Junta, y rotundamente se negó, durante un mes, a anunciar acciones de defensa más decididas. Se estalló la huelga de hambre, para sorpresa de muchos, el domingo 30 de julio en el Teatro Calderón y,para incrementar esa sorpresa, se sostuvo. La respuesta de la gente fue favorable, pero más sorprendente aún fue que los grupos políticos que no habían podido encontrar ningún consenso actuaron al unísono, logrando que el SPAUAZ anunciara por fin un paro en apoyo a los compañeros instalados en el Calderón. Hanna  Arendt escribió (en el prefacio a “Entre pasado y futuro”), respecto a la reflexión a posteriori de los eventos políticos: “…los actores y testigos…se dan cuenta de la existencia de un intervalo de tiempo determinado por cosas que ya no son y por cosas que no son todavía”. En la entrada del Teatro a Calderón se escenificó una alianza de grupos que no es todavía, que permanece en el espacio de las posibilidades futuras, pero que se enfrentó contra las fuerzas de las cosas que ya no son, que no deben seguir siendo. Entre esas dos fuerzas estaban atrapados los huelguistas, situados en una posición que Arendt creyó podía ser descrita con una parábola kafkiana, que dice de aquellos atrapados entre esas dos fuerzas: “Su sueño es que en algún momento de descuido –pero esto requeriría una noche más oscura que cualquiera que haya habido- podrá escapar de la línea de batalla y ser promovido, debido a su experiencia en la lucha, a la posición de árbitro de sus antagonistas en su lucha entre ellos”. Los que quedan atrapados entre estas dos fuerzas son todos aquellos que, atormentados por las supuestas reformas, se deciden por el camino de la acción. No cabe duda que la universidad requiere una reforma, pero también es claro ya que los viejos medios de resolución de conflictos están agotados. Aferrarse a ellos es alinearse con el pasado y reiterar respuestas caducas ante problemas que no pueden ser resueltos por esa vía. Los universitarios debemos descubrir que nuestra comprensión de la situación en la que estamos envueltos está paralizada, y que el esfuerzo que debe preceder a todas las acciones es intelectual antes que político, lo que puede ganarse para todos los bandos del exitoso levantamiento de la huelga de hambre en el Calderón es que la intransigencia puede ser derrotada, y lo será si se decide pensar más arduamente.

 

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