El dilema del jurado

El dilema del jurado
En días pasados en estas páginas leí la noticia de que el prestigioso Premio de la Paz que dan los libreros alemanes en esta ocasión había sido concedido a Margaret Atwood, lo que me dio mucho gusto.

Si bien es cierto que la leí después de haberla conocido en Toronto, durante el Festival de Autores creo que de 1993, y de haber intercambiado con ella algunas palabras (aunque tímidas de mi parte), sé que tengo derecho a sentir un gusto de veras personal por su nuevo galardón pues, cuando hace pocos años fui jurado de un prestigioso premio literario español, precisamente fue Atwood la candidata que yo propuse como ganadora. No ganó; y lo resentí; por más que desde entonces supiera que ella había y ha ganado tal cantidad de honores y reconocimientos (tanto nacionales canadienses como internacionales) que, bajo ninguna perspectiva, podría decirse que le hiciera falta uno más, incluso entre los que le ha concedido España, como por ejemplo nada menos que el Príncipe de Asturias de las Letras 2008, que recibió tiempo atrás del premio español del que yo fui jurado y, calificaría, jurado decepcionado.

Por supuesto que, al concluir mi participación como jurado en el premio español que digo, me propuse nunca más aceptar la distinción de ser jurado, absolutamente en ningún premio más, ya fuera nacional, internacional o, incluso, interestelar o hasta celestial. Propuesta mía que, por supuesto, a pesar de todo, rompí hace poco, por cierto, casi que solamente para volver a decepcionarme, sólo que esta vez tanto más que, de nuevo, volví a advertirme que habría de ser, ahora sí, la última de las últimas veces que me prestara yo a semejante juego, no siempre no sé qué tan limpio, al que juegan con tal destreza tantos escritores, quizá porque tienen menos propensión que yo a padecer dolor si salen decepcionados, o quizá, lo más seguro, porque, hábiles como suelen ser tantos de mis queridos colegas, de antemano saben (¿de antemano arreglan todo para que así fuera?), coludidos con la autoridad respectiva según suele suceder, que su candidato o sus candidatos resultara o resultaran el o los triunfadores.

Este último resbalón mío en el tipo de actividad extra literaria a la que me refiero fue especialmente doloroso y espero que definitorio para mí, tanto así que, o bien quisiera tenerlo siempre presente en todo su alcance, o bien, paradójicamente, quisiera olvidarlo, pasar la hoja y dedicarme a mi trabajo, sin distraerme en nada que no sea mi trabajo, que por otra parte requiere de mí cada vez más no sólo de todo el tiempo, sino también de toda la entrega y honestidad que pueda yo dedicarle.

Referiré que en esta última experiencia como jurado que dócil y voluntariamente padecí, mi decepción y mi dolor se debieron tanto a que no todos mis candidatos resultaran triunfadores, pues el premio, en forma de beca mensual y por un periodo extenso de tiempo, era por lo tanto para un número determinado de escritores, como al hecho de que, según me enteré después, uno de ellos en particular se encuentra, si bien lo enfrenta con un espíritu realista admirable, en franca penuria, circunstancia que recrudece la frustración con la que quedé al darme cuenta de lo torpe que había sido mi participación al no haber logrado que, especialmente él, ganara el apoyo sobre todo económico que merecía, por más que asimismo mereciera y merezca el reconocimiento que acompaña a este premio del que hablo.

Para aliviar el desengaño y la desilusión que sufrí ante esta situación, me pareció que, en vez de seguirla padeciendo, debería hacer algo para remediarla, sólo que acertar con el algo preciso que hacer ha implicado distintos tanteos entre las posibilidades de acción que se me han ocurrido. Debo decir que la mayoría de mis soluciones era descabellada hasta que por fin vislumbré una, la única que considero a mi alcance y que consiste en ocupar estas líneas y este medio para hacer un llamado urgente. Lo dirijo a algún colega con estas características. Que posea la audacia suficiente para intentar mi propuesta, así como la habilidad requerida para alcanzar la finalidad que contiene.

Así, pido a este colega que interceda ante la autoridad correspondiente en favor del poeta del que hablo.

Yo quedaría por siempre agradecida, tanto al mediador como a la autoridad que respondiera. Aunque, mucho más importante, el poeta subsistirá.

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