Luis Sepúlveda. De cómo se controla el odio

Luis Sepúlveda. De cómo se controla el odio

La Gualdra 303 / Libros

 

¿En qué tiempo sucede El fin de la historia, la nueva novela del chileno Luis Sepúlveda?

¿Qué historia nos cuenta?

¿Cómo identificar sus personajes principales, y los sentimientos que los mueven?

Si, patrimonio de la creación literaria —de la efectividad del género negro, del conocimiento directo del autor acerca de los episodios que despliega— en la novela vuelve aparecer el paradigma ideal que Sepúlveda supo concebirse años atrás, el antihéroe Juan Belmonte, para saldar las cuentas con la historia.

De ahí el título de la nueva novela, “el fin de la historia”, cuando hace veintitrés años, una primera se llamó Nombre de torero.

Nadie, se dice desde la primera página, “puede evitar la persecución de su sombra”.

Ninguno de los lectores, tampoco, habremos de oponernos a ese traslado en el tiempo que, en al menos tres planos, nos propone ahora Sepúlveda para arribar a un final del más cercano presente.

Pues resulta que Juan Belmonte ha vuelto a Santiago de Chile. ¿La encomienda? Ubicar al aún sobreviviente torturador de la dictadura pinochetista, temido por todos, Miguel Krassnoff, a quienes unos “desvelados” de la vieja guardia cosaca (rusa) pretenden liberar.

Así tejerá el novelista las historias: la de los orígenes de aquellos cosacos en los tiempos de la revolución soviética, la del terror pinochetista en la década de los 70 y la de un presente (febrero de 2010, días del terremoto) que concentra distintos ecos y latidos.

¿Qué historia nos cuenta esta novela, preguntamos ya?

La de la crudeza con la que se distinguió la Junta Militar en las postrimerías de su fin. La de esa “oficialidad encargada de aniquilar a los opositores [que] hizo un pacto de honor, un juramento con la mano sobre la Biblia, que evitaría los cuerpos de los miles de desaparecidos, si es que algo de ellos quedaba en el fondo del mar”.

Dura historia, ¿verdad?, nada distante de nuestras realidades latinoamericanas, nuestras propias realidades. (Recuerde el lector Guerra en el paraíso, del mexicano Carlos Montemayor, donde se cuenta cómo los cuerpos de los guerrilleros y campesinos guerrerenses eran echados al mar, no lejos del puerto de Acapulco).

En diferentes “paralelos”, la novela de Sepúlveda avanzará mostrando los perfiles, interiores y exteriores (nostalgia, memoria, ganas de venganza, odio, serenidad) de cada uno de sus protagonistas centrales, urgidos de un apremio común a todos: los signos de pertenencia.

Verdaderas urgencias, a la medida de cada cual, como la de los cosacos, y que con su carga histórica bien novelada no provocan sino recelo en el lector. Traicionados por todos en el curso del siglo XX (las SS, Stalin, los ingleses), los cosacos en Santiago de Chile no harán otra cosa sino “cabalgar bajo las órdenes del último atamán”. Como “los últimos mohicanos”, vaya.

Tres sanguinarios cosacos específicamente —“escoria, veteranos de la guerra de Chechenia, mercenarios folclóricos de una causa absurda, como todas las causas del siglo XXI”— que ya descubriremos qué destino les espera.

En los años de la requerida reconstrucción de la memoria histórica, cuando resulta imperativo controlar la “velocidad del odio, superior a la velocidad de la luz”, y de la no menos necesaria advertencia acerca de la descomposición interior de los movimientos por la libertad, leer una novela como ésta nos viene bien a todos.

Para, entre otras muchas cosas, perjurar de ese odio (el odio de venganza, común a los personajes de El fin de la historia) y saldar todos los cargos existentes.

No vaya ser que antes de la historia termine la vida.

 

***

 

Los fantasmas del horror

Necesitaba la soledad para rumiar mis pensamientos, desarmando y armando la Beretta, no tanto para asegurarme de su funcionamiento, como para sentir en el frío metal la seguridad perdida de otros tiempos. Los que pasamos por los años duros sabemos que lo peor no es la soledad del combatiente clandestino. Lo peor es llegar al momento en que, por encima de los seres humanos, por encima de los compañeros, confiamos más en el arma que  cargamos.

El calor no cedía durante los días finales de febrero y con desesperación no dejaba de pensar en Verónica, en los efectos de enfrentarse nuevamente al miedo, de estar a merced de hombres armados. Desde que la recuperé, lentamente y con el paso de los años logramos regresos parciales a mi lado. La sonrisa se fue dibujando nuevamente en su rostro y las caídas al pozo en que se refugió de las torturas eran cada vez más espaciadas. Las amenazas podían revivir los fantasmas del horror y la perdería nuevamente. Debía pensar con claridad, pero me faltaba la información más importante […].

Luis Sepúlveda, El fin de la historia, fragmento.

 

 

El autor

  • Luis Sepúlveda nació en 1949, en la ciudad de Ovalle, Chile.
  • Desde muy joven perteneció a diferentes organizaciones de la izquierda revolucionaria de su país.
  • Colaboró directamente en el equipo de seguridad del Presidente Salvador Allende.
  • Luego del golpe militar del 11 de septiembre de 1973, fue detenido y llevado a un centro de detención ilegal.
  • Lo mismo sucedió con su esposa, Carmen Yáñez, a quien dedica El fin de la historia, “Sonia”, la prisionera 824.
  • Es autor de, entre otras novelas, Un viejo que leía novelas de amor, Mundo del fin del mundo y Nombre de torero.
  • Actualmente vive en Gijón, España.

 

Luis Sepúlveda, El fin de la historia, Tusquets, México, 2017, 200 pp.

* @mauflos

 

 

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