¿Culpables de su acoso?

¿Culpables  de su acoso?

Llorosa, con el maquillaje corrido y el rostro demacrado, una sobrecargo narró en vídeo el acoso sexual del que presuntamente fue víctima a manos de un piloto de Interjet, la aerolínea para la que ambos trabajan.

El relato tuvo lugar a través de Facebook después de que está mujer saliera de las oficinas de su empresa, donde denunció los hechos y obtuvo una respuesta que la dejó insatisfecha.

Conocido el caso y ampliamente difundido, la compañía asegura que hará una investigación exhaustiva, y es muy probable que se llegue a sanciones concretas en este caso, y a precauciones en lo general.

Ya veremos. Por ahora nos quedamos con el vídeo y con los desgarrados esfuerzos que durante la narración hacía esta mujer por demostrar que no dio pie en ninguna circunstancia para que el acoso sucediera.

Cuenta Karen Isabel –la sobrecargo- que luego de un vuelo con destino a Chihuahua y durante el traslado del aeropuerto al hotel, la tripulación decidió pasar a cenar algo, y posteriormente ir también a un antro. Más tarde fueron al hotel y ahí, contra su voluntad pero movida por las circunstancias, llegó con todos hasta una habitación donde seguirían bebiendo, pero apenas llegar el piloto, quien ya había intentado besarla anteriormente, le abrió el suéter que llevaba, por lo que determinó irse a dormir a su habitación mientras el resto de sus acompañantes siguió de fiesta.

Rato después, tocaron de forma violenta la puerta donde Karen descansaba e intentaron entrar a su habitación, lo cual fue evitado únicamente gracias al pestillo que se pone por dentro, pues el agresor portaba la tarjeta magnética que abría. La mujer llamó a seguridad, y todo parecía estar en calma. Incluso recibió una llamada del piloto reiterándole la invitación al lugar donde tenían la fiesta.

Al día siguiente, la sobrecargo nos cuenta que fue a comer con el resto de la tripulación y no mencionó el incidente. Pero después acudió a la recepción del hotel a verificar por qué alguien distinto a ella tuvo en su poder la llave de su habitación en la madrugada, exponiéndola al peligro. Ahí, gracias a las cámaras y los registros de seguridad, se enteró que la tarjeta había sido solicitada por su compañera sobrecargo y que quién había intentado entrar contra la voluntad de ella había sido el piloto. Probablemente con intenciones de violarla.

Luego de eso, Karen nos cuenta que platicó del incidente con la tripulación que viajaba en ese momento, y con otras más. En muchas de las personas con las que dialogó entre ellas su sindicato, quien la había capacitado, otros compañeros, y la misma empresa, encontró el reproche por haber ido a un antro con su presunto acosador, por no haber demostrado la firmeza suficiente en la negativa, y por haber tardado en repor el incidente.

A juzgar por todo esto, Karen tenía razón en reiterar tan notoriamente en su relato, sus reacciones tajantes cuando la intentaron besar a la fuerza o quitarle bruscamente el suéter.

Cuando una mujer es violentada es habitual que se le culpe por ello. “Si no querías…. ¿Por qué bebiste?, ¿Por qué traías esa ropa? ¿Por qué no gritaste? ¿Por qué no gritaste más alto?, ¿Por qué llegaste hasta ahí? ¿Por qué no resististe con más fuerza? ¿Por qué no apretaste las piernas?, ¿Por qué no denunciaste más pronto? ¿Por qué te bañaste?.

Lo más preocupante es que somos mujeres también las reproductoras de ese discurso. Karen en su narración hace todo lo posible por disculparse por las acciones que en algún momento pueden ser mal vistas.  De paso, condena también a su compañera sobrecargo que siendo casada, parece tener un encuentro con otro miembro de la tripulación que posiblemente también esté casado, pero que no sabremos porque en su caso, eso parece irrelevante.

Por la forma de vivir su sexualidad, incluso si es de manera forzada, miles de mujeres en el mundo enfrentan castigos todos los días. Muchos países musulmanes latiguean a quienes han sido violadas, y en otros países se les obliga a casarse con su agresor.

En el nuestro en particular el dilema es entre vivir señaladas, o condenadas al silencio y a vivir con culpa por no haber sido lo suficientemente lista, veloz, fuerte, o gritona para detener la agresión.

Pero nada de esto cambiará si no cambiamos la idea, hombres y mujeres, de juzgar la vida sexual de los otros. ■

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