La casa de palillos

La casa de palillos

Acabo de releer Adiós, hasta mañana, la última novela (si no el último libro) que William Maxwell escribió, a la edad de 72 años.

Como buen director editorial que fue de la prestigiosa revista The New Yorker, Maxwell sabía lo que era escribir y narrar, y hasta hacerlo muy bien, que es lo que reconocidamente exigía de los autores que le sometían un texto, y de ahí que no extrañe que antes se lo exigiera a sí mismo. No necesito hacer énfasis en la alta calidad literaria de su obra Adiós, hasta mañana. El efecto literario y emocional que me provocó a mí este libro en mi primera lectura, en 2011, hoy, en 2017, se multiplicó a un grado insoportable. Adiós, hasta mañana de nuevo me conmociona. Se entenderá por qué tardé tanto en estar lista para releerla, y por qué en estos momentos necesito comentarla, de manera total, para descargar en el papel el enorme peso que implica en mí esta lectura, que encuentro tan difícil de sobrellevar.

El argumento cuenta; pero lo que conmociona es la forma en que está narrado, que parece simple y que es compleja. El tono asimismo parece sereno, pero en realidad es tremendamente grave y nostálgico.

Empieza con la infancia del narrador, huérfano temprano de mamá, muerta de parto con el tercer hijo. El papá vuelve a casarse y la nueva familia deja atrás la casa que fue el hogar anterior y construye una nueva, que nunca alcanzará a ser un hogar, al menos para él, el hijo de en medio, agudamente sensible y de ahí marcado para ver la vida como un abandono y como un vacío. La vida es y será por siempre un naufragio, cita el narrador a Ortega y Gasset. Y digo marcado, pero debería decir condenado, pues no hay angustia mayor que la nostalgia, la que el nostálgico imprime a todos sus sentimientos, pensamientos y quehaceres el resto de su vida. Añoranza, apunta el diccionario de sinónimos; tristeza, melancolía, soledad, pena, aflicción, pesadumbre.

El narrador resulta ser un solitario, un diferente, un inadaptado, alguien que de niño despierta el rechazo (en los demás niños) o la conmiseración (en algunos de los padres de estos niños). Así, tras una amistad auspiciada por la mamá de uno de estos niños, compañero de banca suyo, el narrador logra hacer un amigo tan afianzado que, a partir de las circunstancias que repentinamente rompen esa amistad, el resto de su vida no hará sino ocasionarle una dolorosa mezcla de culpa y añoranza, que no se superan nunca.

Las circunstancias responsables del rompimiento de la amistad de los dos niños se debieron a que entre la familia del amigo del narrador y la familia vecina ocurrió un drama tal (deslealtad, adulterio, dos hogares deshechos, asesinato, suicidio) que la mamá adúltera, que había auspiciado la amistad del narrador con su hijo, a partir de los acontecimientos se muda de ciudad con él, y el narrador queda atrás, abandonado, y de nuevo sin posibilidades de recomponer su vida. Con el tiempo él, con su padre, también se muda, y sin saberlo lo hacen a la misma ciudad a la que se había mudado su amigo, y en la cual los dos llegan a cruzarse por un pasillo del mismo enorme y sobrepoblado colegio al que habían ido a dar. Se miran, pero ninguno de los dos admite que se reconocen y, en el narrador, esta incapacidad de renovar la amistad en esa oportunidad única que les tendería el azar no hace sino agudizar en él la mezcla de culpa y añoranza que lo atormentará el resto de su vida.

El esplendor de la amistad de los dos niños se dio en la casa en construcción a la que el narrador se mudaría para que su padre fundara una nueva familia. El narrador visitaba la obra, y cada tarde voluntariamente corría el riesgo de caerse de un soporte del aún inexistente techo, directamente al vacío, dos pisos abajo. Y su amigo lo acompañaba, y corría el riesgo con él. Cada tarde, se despedían con las palabras Adiós, hasta mañana, hasta el día en que se dio el rompimiento.

Años después, tras innumerables sesiones sobre el diván, al revivir esta historia ante el sicoanalista y en medio de una catarata de llanto confiesa que su recuerdo sigue causándole añoranza y culpa, y que él sigue sin poderlo sobrellevar. La imagen con la que el narrador sustituiría en su interior aquella casa en construcción en la que floreció la amistad con su amigo, era El palacio a las 4 am, de Giacometti, que es una casa hecha de huecos, una estructura de palillos.

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