‘Rara’

‘Rara’

La Gualdra 301 / Cine / Desayuno en Tiffany’s, mon ku

 

En un artículo que realizó a raíz de la publicación de la novela Nada (1944) de Carmen Laforêt, la escritora Carmen Martín Gaite forjó la expresión “chica rara” para remitir a un paradigma de mujer “desviante” que no se conformaba con las pautas de conducta doméstica y amorosa dictadas por la sociedad y las conveniencias. Rara, el título del primer largometraje de la directora chilena Pepa San Martín, hace pensar en esta expresión y sugiere de inmediato que la trama se va a centrar en una problemática relacionada con la feminidad. Pero, de hecho, el título va mucho más allá, ya que, en el cartel de la cinta, la segunda “r” de “rara” está escrita al revés, lo que permite especificar la temática: la homosexualidad femenina, sugerida a través de la “inversión” de la letra, que remite a la noción de inviduos “invertidos”, para retomar un término que se usó para designar a los homosexuales, especialmente a los hombres, en un sentido intolerante, por supuesto.

Habida cuenta de esos elementos programáticos, la temática enfocada por la directora es totalmente previsible, con lo cual la atención del espectador se desplazará al tratamiento que se le da. A este respecto, la originalidad de la película consiste en contemplar la homosexualidad desde el punto de vista de Sara, una preadolescente que vive en Viña del Mar –un pequeño pueblo chileno– con su madre Paula, con la novia de ésta, y con su hermana menor, “la Cata”. Lo interesante es la contraposición del punto de vista respectivo de las dos niñas. Mientras la menor se encuentra todavía en el mundo de la infancia con su característica inocencia y espontaneidad –hasta el punto de dibujar sin tabú a su familia “atípica” en la escuela–, la hija mayor se está dando cuenta de los problemas que pueden surgir cuando se vive, no con un padre y una madre, sino con dos madres.

De ahí que la problemática central de la cinta no sea tanto el deseo homosexual y su aceptación o inhibición –como ocurre en otras películas como La vida de Adèle o La bella temporada– sino más bien la evolución del modelo de familia tradicional y la existencia de modelos alternativos que no gozan de aceptación unánime. El plano inicial, en el cual se ve a Sara de espaldas caminando por los pasillos de su colegio, traduce su estado de ánimo. La profundidad de campo es escasa, de modo que cuanto la rodea aparece borroso, lo que sugiere la hostilidad del ambiente en el cual se encuentra la protagonista, así como su sentimiento de soledad al no poder compartir su “secreto” con sus compañeros de clase.

Sin embargo, el foco desde el cual emerge el cuestionamiento de la familia formada por las cuatro mujeres no es el colegio. El “agente perturbador” será el padre de las dos niñas, quien no ve con buenos ojos el marco familiar instituido por su ex mujer. Su protagonismo en el desarrollo de la acción implica la incorporación de una mirada masculina que en este caso se relaciona con el machismo. Las escenas en las cuales Paula se enfrenta con su ex marido son contempladas por Sara desde el coche, de manera que los gritos apenas se escuchan, como para indicar su inutilidad y augurar un final anunciado e inevitable, respaldado por la ley, el motor invisible que precipita el desenlace.

 

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