Dos modestas propuestas

Dos modestas propuestas

Peripeteia es la palabra griega que designa una narración literaria que presenta un vuelco brusco en su trama, sorprendiendo al lector y frustrando sus expectativas. De acuerdo a Aristóteles (en el 1452ª de su Poética) es la parte más poderosa de una pieza teatral dramática, mientras que para Frank Kermode (“El sentido de un final”, p. 27, Gedisa (1983)) es lo que otorga complejidad a cualquier narrativa, pero en particular dota de sentido a las narraciones apocalípticas. En la literatura popular el uso reiterado de la peripeteia es lo que permitió a A. E. Van Voght vender abundantes cuentos a todo tipo de revistas norteamericanas de género (westerns, ciencia ficción, etc.) abriendo la puerta a las más elaboradas, ya canónicas, novelas de Philip K. Dick. La película “Las hijas de Abril”, sexto largometraje del director Michel Franco (Cd. de México 1979) es la típica narración que presenta una peripeteia a lo largo de su desarrollo. Si bien es un retrato costumbrista de las clases medias altas mexicanas, que poseen casas en la playa que pueden poner a la venta por 26 millones de pesos, es algo más que eso. Todo parece arrancar cuando descubrimos que Valeria está embarazada y que su media hermana, Clara, está llamado a su madre, Abril, para que las apoye. Nada más natural que eso en estos casos y ninguna trama más apegada a nuestras expectativas que los primeros 30 minutos de la cinta, en los que Abril nos resulta una madre cualquiera del cine nacional: preocupada por el destino de sus hijas, comprensiva y especialista en hacer huevos fritos (algo que su hija Valeria cocina sin aceite). La cosa cambia, empezando lo bueno de la cinta, cuando la situación se complica y vemos a Abril fornicando con el marido de 17 años de Valeria para después huir con él a Cd. de México (la historia tiene lugar en Puerto Vallarta). Ahora es cuando conocemos a una Abril muy diferente: la hija de Valeria, que Abril dio responsablemente en adopción debido a la fragilidad de su hija, se la queda ella y vive con el marido de Valeria una extraordinaria vida de mujer rica que mantiene a su gigoló. Valeria, sin embargo, no está desarmada, y en dos giros sorprendentes en la película recupera a su hija y se venga de su infiel marido. Aquí es donde viene muy al caso el concepto teórico de peripeteia así como la cita a Philip K. Dick. Si algo caracterizó la narrativa madura de Dick (“La penúltima verdad”, “El hombre en el castillo”, “Ubik”, “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, “Los tres estigmas de Palmer Eldritch”, “V.A.L.I.S.”) es el uso consistente de la peripeteia para, por intermedio de las complejidades narrativas introducidas, lograr iluminar posibles respuestas a las cuestiones ¿qué es la realidad?, ¿qué es el ser humano?, ¿quién soy yo? En “Las hijas de Abril” es este mecanismo el que está en funcionamiento y las preguntas clave que podemos lanzar son: ¿quién es Abril?, ¿quién es Valeria?, ¿Quiénes somos nosotros, los espectadores? En primer lugar eso que aparenta ser un cambio brusco en Abril es una revelación de lo que ella es y ha sido, por lo que arroja la posible explicación de por qué está divorciada, alejada de sus hijas, y su ex marido la trata de mala manera. Los giros que realiza Valeria indican que la muchacha aprendió dos o tres cosas de su madre, pero logró superarla al mostrar un carácter más consistente, sobrio y calculador para conseguir lo que quiere, pero la dibuja como una mujer muy distinta a la primera impresión de fragilidad. ¿Quiénes somos?, somos lo que hacen de nosotros las circunstancias cambiantes que nos rodean y que interaccionan con nuestro carácter. Valeria tiene valor, Abril es cobarde y ventajosa, el marido de Valeria (cuyo nombre queremos no recordar) es un triste pelele que merece menos de lo que consigue. Clara, la hermana de Valeria, es una sombra que se desliza por las paredes. ¿Qué es la realidad?, una perspectiva sujeta a los giros de la fortuna. Si algo podemos sacar en claro de la cinta es que ante la crudeza de la realidad no nos queda arredrarnos, sino avanzar. Todo lo anterior sirva de motivación para dos propuestas aparentemente muy simples en un ambiente sindical universitario que muchas veces se queda en la lacónica expresión de sumisiones inconfesables. Una de las declaraciones más consistentemente inconsistentes de la presente administración central universitaria ha sido la fecha a partir de la cual no podrá pagar salarios y prestaciones. Las respuestas del comité ejecutivo del Spauaz ante esto han sido las de pedir más información o las de apoyar con más denuedo al rector. Pero hemos notado que no han propuesto las acciones obvias: si no paga salarios, huelga y demandas judiciales, si no paga prestaciones, huelga. La insistente replica es: ¿incrementará eso el presupuesto? No, pero no es función ni de los sindicalizados ni del sindicato resolver los problemas de la rectoría. La función sindical es defender e incrementar derechos. Con ese giro de perspectiva, las expectativas de la rectoría se frustraran, porque el mejor espacio de negociación es la huelga. ■

 

 

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