La promesa de los lunes

La promesa de los lunes

La Gualdra 299 / Educación

Durante una cantidad de años nada inestimable, todos los lunes de cada ciclo escolar, tras refrendar la unidad simbólica que une a la bandera nacional, cientos de miles de estudiantes y maestros de las escuelas del país repiten: “Te prometemos ser siempre fieles a los principios de libertad y justicia que hacen de nuestra patria la nación independiente, humana y generosa a la que entregamos nuestra existencia”. Como si de un “mantra protector” se tratara, la promesa se refrenda y expande sobre plazas y recintos escolares como conjurando los males de México, como haciendo de cuenta que, por la gracia de su repetición impostergable e incesante pudiéramos convencernos de la veracidad de la declaración, y se aplacara así toda duda que pudiese pesar sobre la misma.

La promesa que, por lo general, suele ser enunciada y entonada en grados diversos de seguridad, por directivos y docentes que, han de ser el ejemplo de los congregados, de inmediato pierde su fuerza y muestra la duda que pesa sobre ella: difuminándose entre los espacios y los cuerpos ordenadamente amontonados, entre los ojos despistados y las bocas autómatas; entre maestros que hacen de cuenta que lo dicho es probable y capaz de conducir al “efecto deseado”, y alumnos que solamente ratifican las palabras porque lo hacen sus maestros, porque no desean ser amonestados (saben quizá –genéticamente o por intuición– desde temprana edad, que en este país es mejor simular a decir lo que uno considera verdad o probable certeza). Unos y otros mueven los labios, emiten las mismas palabras, sin que sea en lo absoluto importante lo poco o lo mucho que impliquen y puedan significar.

El acto cívico o, si se quiere mejor, la representación-simbólica-cívico-teatral, pone sobre nuestra mira un escenario en el que se puede perfectamente recrear el drama nacional. Construida de arriba para abajo y apenas como una verdadera República, el elenco participante ejemplifica de sobra lo que pasa en el interior y en torno del mundo de las escuelas del país. Que nadie ose hablar, que todos callen ante el estandarte nacional, erigido en la “cruz secular” ante la que todos debemos rendirnos. Que todos declaren al unísono fidelidad, que alcen las manos seguras sin dudar, aun a sabiendas de la improbable fidelidad al juramento de lealtad. Como si la historia estuviese clausurada, como si ningún exceso u acontecimiento pudiera impugnarla, los fieles-creyentes-laicos –a pesar suyo o sin pesar alguno– prometen y luego callan. Y no precisamente para dar pie a aquello a lo que la proposición señala, sino para dar pie a lo contrario de lo que ella indica: es preciso ser del todo fieles a la infidelidad propia, no ir en contra de nada establecido e impuesto, procurar ponerse al servicio de una “concepción” de la patria que aparece como conclusa.

Y todo esto, aceptando una idea de la libertad y de la justicia limitada y falaz: uno es libre de pensar cuanto quiera pero no de actuar o de algo cambiar; la justicia solamente será tal ahí donde ésta concuerde con el orden institucional; pero, restringida e incluso del todo ausente para aquéllos que no se inscriban o ajusten a éste. Los principios que “hacen de la patria la nación independiente”, y a los que los docentes han de ser “siempre fieles”, solamente pueden sostenerse precautoriamente. Aquello a lo que cada quien ha de ser fiel no es a la libertad o a la justicia, aquello a lo que cada quien ha de ser fiel es al control personal (y necesario) para no batallar en el trabajo, para procurar asegurarlo y llevársela -como quien dice– tranquilo.

Que no quepa duda, en el mundo de las escuelas “públicas” de este país, la puesta en escena del juramento a la bandera y de la consecuente promesa a ésta, permiten atisbar el modo en que docentes y estudiantes deben comportarse, concordando con una perspectiva de la historia que funge a la manera de panacea universal. Cada lunes forma parte de una historia que se presenta acabada e ineluctable, impermutable e inalterable. Y el silencio después de la voz que nombra la promesa es cómplice (so pretexto del salario necesario y del desgaste innecesario), firme constancia de que, como dicen por ahí, el que calla otorga. Y no cualquier cosa, sino un horizonte de sentido inobjetable y con pretensiones atemporales: es del todo admisible cuanto esté estructurado al modo en que se presenta y está formulada la promesa; es del todo reprobable cuanto no se estructure, presente y formule de acuerdo a ésta.

El juramento cívico-religioso-militar, sirve de modelo del modo en que la educación funciona en el país. Todos han de acomodarse a un espacio previamente ordenado, todos han de seguir un guión establecido. Y, de ahí en adelante (más allá de la ceremonia), han de reproducir lo mismo: diluyendo al individuo singular en la masa uniforme; limitando y sentenciando a los inquietos; dándole cabida a quienes aprendan a asentir, a decir que sí aunque crean –razonadamente– en algo opuesto o contrario.

El acto ceremonial es, pues, ejemplar, prefigura el modo y la manera en que cada uno ha de ser en el universo de los recintos escolares. Nada novedoso por hacer frente a una semana que arranca de una ceremonia impuesta, de un juramento de lealtad que sirve de modelo, carátula o portada de la semana por venir, que comienza con una repetición ciega y que, en adelante, anticipa y signa los comportamientos precisos que han de tener las hijas e hijos de México.

En efecto, la promesa que es dicha en plural, se antepone al mundo de la experiencia de individuos singulares. Sin esperar consentimiento alguno, como si todos estuviesen de acuerdo, presupone el horizonte y el relato sobre el que sí “se debe” de coincidir, la “realidad formal” a la que sí vale plegarse. Y como para no dejar duda de lo que ella pudiera lograr, refrenda un tiempo ilimitado hasta donde ella debe alcanzar. No sólo para mañana o pasado mañana, la promesa ha de alcanzar para ser “siempre fieles”. Y no a cualquier suerte de principios de libertad y justicia, sino a aquéllos que hacen de “la patria la nación independiente, humana y generosa a la que entregamos nuestra existencia”.

Pero, ¿qué clase de principios son éstos? Son principios al servicio del mundo institucional en el que son mencionados. Y que, en consecuencia con ello, deben adaptarse al ordenamiento de dicho mundo. Difícil imaginar a la libertad individual aportando (más allá de los decretos, los recintos escolares y los maestros solos en sus aulas), y a la justicia, permitiéndole a los docentes cambiar la educación elegida para que éstos impartan. Los principios de libertad y justicia, que “hacen de la patria la nación independiente”, en el orbe de la educación “pública” están a la orden del sistema que contrata a los docentes y les paga. Y esto no es insignificante. Se contrata no a quienes llegan resistiendo, sino a quienes llegan acatando y sirviendo. La difundida costumbre de premiar o castigar según el “buen comportamiento”, se ratifica en una suerte de axioma común al mundo laboral de la educación en México: se premia no a quien lleva la contra, sino a quien sigue la corriente. La entrega, que en la promesa de los lunes es referida también en plural, remata la perenne fidelidad: no es a una cruz a la que uno ha de entregarse, y no es cualquier cosa la que uno ha de entregar. Cada uno ha de entregarse a un principio tan solo en apariencia secular (la Nación), y lo que ha de entregar no es ni más ni menos que la propia existencia.

Pero, en verdad, ¿es posible ser fieles una promesa que pide entregar ni más ni menos que la propia existencia? ¿Es posible ser fieles a un juramento que se sostiene absurdamente frente a una estructura jerarquizada e impersonal, que suscribe y proscribe cómo y cuál ha de ser la participación de los docentes y del mundo público en la construcción de la educación del país? ¿Qué es ser fieles al juramento de lealtad en un medio laboral y de estudio que poco respeta las necesidades diversas de docentes y alumnos, y que reproduce de manera cotidiana los vicios de un país construido de arriba para abajo y sin injerencia del mundo público en el nombre del cual se habla? ¿Se puede ser fieles a una promesa indiferente a la participación de los docentes y del público en general en la construcción de la educación que el país y sus regiones diversas requieren?; ¿leales a un juramento que se enuncia en un medio escolar en el que los docentes nada pueden cambiar, y ante el que solamente deben asentir obrando de acuerdo a órdenes y decretos maquinados en las mentes con-vencidas de seres desconocidos y aliados a las utopías del mundo tecnológico-político-privado-empresarial? En fin, ¿es acaso probable tan tremenda, firme y duradera promesa y fidelidad?

Las preguntas pueden multiplicarse tanto como uno lo quiera e imagine. Ser fieles a las palabras de lealtad puede –fantasiosamente e ingenuamente– también suponer oponerse a la realidad educativa nacional. Pero, a la sombra de una estructura jerarquizada que premia el silencio y el sometimiento, decir esto parece imposible. Cada uno ha de acatar las órdenes impuestas, de la misma manera que se pronuncia la promesa: cada uno ha de hacer de cuenta que cree en la promesa, pero sin creer demasiado en ésta.

Detrás de los ojos que miran en torno al brazo alzado, de los ojos cuasi estáticos e inquietos, que diferentes y excesivos se mueven para todos lados, mientras la boca suma –o no– su sonido-emisor al incierto-seguro-inseguro-barullo, se oculta la penumbra y el solaz de maestros que asienten resignados e indiferentes, festivos o trágicos, a una representación que es fiel espejo del modo en que se concibe las posibilidades de cambio para la educación en México. Poco qué aportar a la educación “pública” frente a una semana que comienza con una costumbre que nadie parece dispuesto a cuestionar, que ha de vivirse o, mejor, de soportarse del modo más sobrio y desenfadado. Poco qué aportar de novedoso y de significativo a los estudiantes de cara a programas que igual que la promesa son impostergables, que no admiten debate. Y ello, a pesar de poderse probar y mostrar de modo profuso, que la diversidad del país (el modo de ser de cada una de sus regiones y poblaciones), y el mundo vivo y a flor de piel de los estudiantes, requiere de una revisión de la tarea educativa distante no sólo de la perspectiva que ha predominado en el país, sino también, sobre todo, de la que actualmente se procura –a como dé lugar– implementar a lo largo y ancho del mismo.

La fidelidad, que apela a un lazo inquebrantable con aquello a lo que uno es fiel, en el caso de la promesa revela un sino trágico: es preciso refrendar una promesa insostenible en el universo de los espacios escolares, repetir palabras contradichas de manera cotidiana por el mismo edificio que incita a la representación simbólica, por el mismo edificio pues, que le niegan “realidad” y “efectividad” a las palabras que componen el juramento. Es preciso ser fieles a una representación hecha a nombres de todos y de cada uno, y así hay que ser todos los días: por los siglos de los siglos. Símbolo del modo en que cada docente ha de ser, del comportamiento que cada mexicano ha de tener, la promesa de los lunes y, claro está, la consecutiva indiferencia que suscita referirse a ella (tanto en el medio del mundo escolar como en el medio del mundo público), refleja la vida de México.

Y es que, como ya se ha hecho notar, de la misma manera que es puesta en escena la promesa y uno participa solemne, indiferente o autómata en ella, de la misma manera es preciso siempre comportarse. Difícil imaginar un diálogo regional o nacional con miras a pensar y replantear la educación que se requiere en el país, y dándole cabida a todos aquéllos que fueron proscritos de la llamada reforma “educativa”. Difícil desplazar a la estructura político-empresarial que hoy en día impone los ejes y los designios que “debe” tener la educación, y que deben llevar a cumplimiento –a pesar suyo y sin su consentimiento– los docentes. Del todo creíble que las “voces de arriba” acompañen al mundo esquizoide de las escuelas “públicas” (todo ese mundo que ha hecho posible los insufribles Consejos Técnicos Escolares), y que indiquen cómo hay que ser, dónde y cómo se ha de firmar: acordando sobre acuerdos no acordados; siendo “autónomos” para elegir entre elecciones no elegidas; siempre dispuestos a perder la propia opinión, toda resistencia.

No me queda duda, aun cuando la promesa deje de representarse, su breve emplace simbólico y la consecuente indiferencia que suscita, seguirá por largo tiempo acompañando a innumerables mexicanos. Antífrasis, la promesa de los lunes revela –entre otras cosas– lo mismo la dificultad que tiene el país para pensarse, que el tipo de lealtad y de subordinación perenne que una minoría –en el poder– exige y requiere por parte de sus votantes. El elocuente silencio apático que acompaña el juramento, antes, durante y después de éste, de múltiples modos aparece y se repite: legitimando y prestándole duración a las cosas hechas por “el bien de todos”; sellando con tinta indeleble el acuerdo de los ausentes con quienes hablan por éstos; dilapidando a los vivos que no se escandalizan ya ni por los muertos. Atrás las palabras que acompañan a la mano alzada. Enfrente, el camino diseñado para cosificar o, si se quiere mejor, para burocratizar e instrumentalizar la vocación de la enseñanza. Por doquier, el barullo cotidiano de un país a la deriva y que vive al ritmo del exceso de sus mundos y sus tiempos. Y ello, a pesar de cuanto le disguste a la clase político-empresarial que se supone “lleva las riendas del país”, y que tanto quisiera domesticar y guiar a su antojo este mundo excesivo que es México.

La puesta en escena del “culto cívico” sobreabunda al mismo, y no es exagerado ni absurdo decir que así como la representación simbólica –y el consecuente silencio e indiferencia que a ésta sigue y acompaña– sirve del modelo del mexicano, puede también sostenerse lo contrario.

 

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