Gente linda

Gente linda

“Esta juventud está malograda hasta el fondo del corazón. Los jóvenes son malhechores y ociosos. Ellos jamás serán como la juventud de antes. La juventud de hoy no será capaz de mantener nuestra cultura”. Una multicitada anécdota dice que a mediados de los años setenta del siglo pasado Sir Ronald Gibson (1909-1989) citó esta frase en una de sus conferencias; algunos podríamos pensar así que la problemática con los jóvenes no es entonces privativa de épocas recientes sino que ya se presentaba claramente desde aquellos años, pero nos sorprendería mucho más saber que, según el destacado médico inglés que fuera presidente del Consejo de la Asociación Médica Británica, dicha frase habría sido escrita en un vaso de arcilla descubierto en las ruinas de Babilonia (actual Bagdad) hace más de 4.000 años. No tendríamos porqué admirarnos entonces de que buena parte de los jóvenes de cualquier estrato socioeconómico, hayan ido perdiendo poco a poco, si no es que ya ni los tienen, ciertos valores fundamentales para su propio desarrollo personal así como para el aporte que pudieran ofrecer posteriormente a la sociedad: Respeto, amistad, tolerancia, nobleza, bondad, solidaridad, responsabilidad. En lo que sí deberíamos detenernos a reflexionar un poco sin embargo, es en el hecho de cómo es que los adolescentes de un par de colegios de altísimo nivel de la Ciudad de México protagonizaron recientemente una brutal pelea (aunque se esté a toda costa tratando de matizar), guaruras incluidos, que envió al hospital a varios de ellos. Esos muchachos, mismos que supuestamente lo tienen todo, que no tienen que luchar contra corriente día a día ya no digamos para salir adelante en la vida, sino simplemente para sobrevivir, que no se desenvuelvenen entornos sociales hostiles y que tienen suficiente o más espacio, tiempo y recursos para desfogar su ímpetu con deportes y actividades recreativas, recurrieron a la violencia extrema como medio para, supongo, sobresalir. Y no es que agarrarse a guamasos de chavo sea condenable del todo, quizás una gran mayoría lo hicimos al menos en una ocasión, lo que es preocupante en este como en muchos otros casos similares es la premeditación, la orquestación y la brutalidad del ataque; pero sobre todo es de destacarse la libertad que creen tener estos jóvenes para hacer un uso de recursos, al parecer ilimitados, para ejercer una agresión. Muchos de ellos lamentablemente han pasado de tener una conducta disocial adolescente o simple y llanamente una mala conducta que no debería pasar de reprobar la escuela, robarle el carro a los papás o participar en un pleito, a degeneraciones que van desde una agresión grave con jóvenes hospitalizados, hasta pandillas de juniors madreando ancianos al azar en centros comerciales para videograbarlos con celular, violaciones tumultuarias a una jovencita o a quemar indigentes vivos en la calle.

Su problema es muy distinto al de las conductas de rebeldía propias de la juventud en todas las épocas y proviene, de entre otros muchos, de por lo menos dos factores que sufren en nuestro país tanto esos jóvenes como sus padres y maestros:

Uno: La supuesta superioridad de clase e incluso de raza (la reciente Encuesta Nacional sobre Discriminación en México de CONAPRED lo ilustra) que existe en el país y que los jóvenes imitan de sus padres, sus abuelos y su círculo. Es frecuente escuchar a algunas personas de ese medio referirse a ellos mismos como “la gente linda”, grupo al que habría que aspirar a pertenecer y mantenerse. Es la gente que considera que es la merecedora y acreedora de las bondades y privilegios que existan en este país. Ellos comparten, en su idea, ciertos atributos que les hacen parecer, y por tanto ser, lindos (con ciertas excepciones que pueden ser suplidas o paliadas con otros atributos): atractivo físico, entre más blanco mejor, si hay excepción en el tema de la raza (en el colorímetro dicen) y siempre y cuando exista una fortuna medianamente aceptable, puede ser pasada por alto, pero de ninguna manera si existiesen rasgos indígenas acentuados; vestimenta a la moda y de buen gusto, preferentemente de marca y bien visible, procurando que sea costosa, en caso de excepción los clones AAA se aceptan, réplicas nunca; educación en escuela, colegio o universidad privada, católica de preferencia, si existen antecedentes de escuelas públicas siempre y cuando se sea discreto en ello; procedencia de IP en cualquier vertiente ya sea como empresario o empleado de nivel ejecutivo o superior, empleados de administración pública con buenos ingresos, políticos honestos, y los que no, preferentemente que no exista escándalo de por medio, y si lo hubiese, dependiendo del poderío del personaje, podrá hacerse disimulo; en algunos lugares las familias de miembros del crimen organizado son aceptadas, eso sí a regañadientes, mientras no exista perjuicio a la sociedad civil (podría omitirse civil); ser hombres y mujeres de familia y pro familia, en el hombre no son mal vistas las “travesuras” si hay arrepentimiento y si se vuelve a la familia, la esposa víctima de ellas (o de cualquier otro tipo de violencia) que hace de la vista gorda es una dama; a la mujer y al hombre libres por lo regular se les juzgará a ella de puta y a él en todo caso de desubicado, pero ambos podrán volver al carril de la gente bien vía el matrimonio, aunque sea civil; se podrán hacer concesiones con personas de preferencias sexuales diferentes (¿diferentes a quién?) si se es discreto y con mayor razón si se funda familia desde el interior de un armario; tener “buena educación” aunque en este selecto círculo el término se refiera, más que al desarrollo de las capacidades intelectuales y morales, a las actitudes, formas de hablar y de conducirse “propias” (no sabemos de quién), es decir acordes a los cánones de las normas de urbanidad, fundamentadas sobre todo en la moral cristiana, introducidas desde Europa y promovidas principalmente desde el siglo XIX las cuales aspiraban a formar buenos ciudadanos, buenas personas a partir del comportamiento y la apariencia, no de la esencia. Gente linda, gente bonita, gente bien.

Dos: La falta de una mínima cultura cívica, espiritual e intelectual y el vacío existencial de buena parte de esos jóvenes para quienes lo más importante es la apariencia y el sentido de pertenencia a un hermético castillo de cristal. Estos jóvenes, si miran hacia fuera desde su esfera local de privilegios, brincan la vista hasta el extranjero de primer mundo, pasando por alto el entorno de su realidad y cerrando los ojos a la pobreza, la desigualdad y la injusticia, eso no es el México al que pertenecen. Cuando regresan al país no falta el sentimiento de vergüenza al pertenecer a un país jodido, con calles jodidas, con casas jodidas y con gente jodida (y fea), entonces vuelven a acuartelarse en su castillo y cierran los ojos otra vez para mirar sólo hacia dentro, preguntándose por qué diablos no progresa el país, porque no estudia la gente si hay escuelas públicas y transportes urbanos baratos, por qué no quitan a los ambulantes, ni a los limpiaparabrisas, por qué no regresan a los indígenas a sus comunidades, porqué los agricultores no instalan invernaderos como en los desiertos de Israel, por qué no se superan los pobres, por qué no les limpian los mocos a sus hijos. Hace poco escuchaba a un grupo de jóvenes en un café discutir acaloradamente una idea brillante: establecer fuera de las ciudades “colonias” con todos los servicios a donde se podrían llevar a los pobres hasta que fueran, no logre entender su concepto, personas aceptables. No alcanzan a razonar algunos de nuestros jóvenes que no es lo mismo caminar diez kilómetros a la escuela o al trabajo todos los días que trotarlos cómodamente a diario por placer, no sospechan que quince pesos que cuesta una canción en iTunes equivalen para otra persona a una hora de trabajo restregando pisos, baños o trastes, el mismo costo de una cajita de pañuelos de papel para limpiarle la nariz a un niño, bañarlo sería otro boleto, en primer lugar se necesitaría un agua que no existe en una red que no existe de una calle que no existe en una colonia que oficialmente no existe. Esos jóvenes de ideas brillantes pertenecen a un selecta minoría que dista por mucho de la élite ilustrada que pretendía que, para acceder a ella, debía hacerse mediante las virtudes y méritos de la persona y no por su origen familiar, son parte de una élite que se cultiva muy poco en otra cosa que nos sea prepararse para generar mucho dinero para luego gastarlo mucho y en generar mucho poder para luego poder hacer mucho de lo que se les antoje. Dignos sucesores de aquellos aprontones cortesanos que trajeron a Maximiliano y de los cuales el letrado príncipe pronto se distanció por retrógrados y brutos y de cuyas mujeres comisionadas como damas de la corte y mejor conocidas como “La Corte Ranchera”, María Carlota Amelía Augusta Victoria Clementina Leopoldina, su mujer, se burló apenas llegó porque no encontró ninguna que supiera siquiera escribir o leer bien, mucho menos que se interesara por los asuntos trascendentales de su época, o que no se dedicara a otra cosa que cocinar, tejer y platicar los chismes del momento. Seguro le hubiese gustado mucho más convivir con aquellas que con mayor dignidad dijeron que preferían “…ser reina de mi casa y no sirvienta del Palacio”.

La agachonía crónica de muchos padres, maestros, autoridades educativas, directivos de colegios y las congregaciones que los operan, les hace condescender y solapar en algunos casos a aquellos que detentan cierto poder y riqueza, evadiendo la responsabilidad de ser estrictos, aplicar sanciones a tiempo así como de establecer límites oportunos; porque ningún joven se levanta un día queriendo hacer un video, mejor producido que los de muchos artistas por cierto, donde se promuevan antivalores, se denigre a la mujer o se agreda verbalmente a los alumnos de una escuela rival con argumentos supremacistas; o queriendo mandar al hospital al esposo de una mujer que no se dejó manosear en otro país; o incluso se llegue al colmo de buscar hacer historia al lanzarse desde un crucero en marcha para no ser encontrado jamás; todo tuvo que empezar con pequeñas señales que nunca se atendieron o que inclusive hasta se fomentaron. Mientras tanto, en nuestro país, que se encuentra en el último lugar de entre los 31 países miembros de la OCDE en materia de ingreso promedio por hogar con 12 mil 806 dólares anuales, cualquier hijo de vecino que relamió la bota adecuada y estuvo en el momento y lugar preciso, podrá sin problema y sin remordimiento alguno lanzar un vehículo de lujo en una piscina con motivo de su cumpleaños mientras un montón de jóvenes que comparten sus mismos valores le aplauden, sus padres le costean y consienten sus ocurrencias y sus indolentes educadores, en tanto continúen recibiendo sus jugosas colegiaturas y vayan a misa, hagan como que la virgen les habla. ■

 

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