Hay que gente que todavía piensa que la fe se manifiesta yendo a misa: Veremundo

■ “Son unos oportunistas que usan a Dios como si fuera otro criado más para pedirle, para exigirle”

■ “Soy sacerdote. Eso me metieron en la cabeza, y los que lo metieron que se aguanten”

Veremundo Carrillo Trujillo precisa que la fe lo ha sostenido siempre. Y más, que es sacerdote sin el prefijo ”ex”, que a veces se le atribuye. Aduce que la fe es el encuentro con Dios y que en su camino no ha habido vacilaciones en este sentido. “Soy sacerdote. Eso me metieron en la cabeza, y los que lo metieron que se aguanten”.

El académico y poeta, que ha sido citado como un “sembrador” por el recuento de sus actos fundacionales en el ámbito cultural de Zacatecas, refiere otro tipo de salvación, ésta terrenal y nada metafórica, puntualiza, la que le trajo la literatura; un sentido de vida que también lo mantiene vivo.

Veremundo Carrillo fue director fundador en 1987 de la Escuela de Humanidades de la Universidad Autónoma de Zacatecas; en 1999, una de las bibliotecas de la capital del estado fue inaugurada en su honor; fue presidente fundador en 2007 de la Amigos del Patrimonio Zacatecano (APAZAC), y asimismo, de la Asociación Zacatecana de Estudios Clásicos y Medievales (AZECME).

El docente universitario actualmente jubilado, es integrante del equipo multidisciplinario del Consejo de Bioética de la Secretaría de Salud del estado, y fue también, candidato a presidir la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Zacatecas a finales de los años 90.

Se le encuentra en una pequeña oficina del Instituto Zacatecano de Cultura, con una vista hacia el cerro del Grillo desde donde Rodolfo Fierro, la mano derecha de Francisco Villa montó una motocicleta e insubordinado al Centauro del Norte en aquella Batalla de Zacatecas, ganó una apuesta ese 23 de junio de 1914.

La anécdota es más rica, suma más detalles como todo en la voz y desde el conocimiento de Veremundo Carrillo; sólo voltear hacia la vista genera datos, nombres, fechas, circunstancias, ambientes, casi que se ve una película en que corre sobre la máquina el herido Fierro.

El académico Veremundo Carrillo Trujillo ■ FOTO: MIGUEL ÁNGEL NÚÑEZ
El académico Veremundo Carrillo Trujillo ■ FOTO: MIGUEL ÁNGEL NÚÑEZ

Formaciones como la suya son ya un bien escaso no solo en el país sino en el mundo, pudieran constituirse como patrimonio inmaterial humano al modo en el que Japón propone a sus Tesoros Nacionales Vivientes. Aunque la “artesanía” de Veremundo Carrillo se expresa en la palabra, es conocedor a profundidad del latín, el griego, el francés, el español, entre otros idiomas que enumera.

El trayecto que se dibuja a partir de sus actos fundacionales vinculados a diferentes logros y luchas, hubiera sido poco imaginable en la mente de un niño nacido en el contexto de la ruralidad zacatecana de los años 30, de aquel Achimec de Arriba, Tepetongo.

La vida de Veremundo Carrillo es un periplo de búsqueda interior, de alcances espirituales, de luchas de principios por diferentes vías, una de ellas y fundamental la poesía, pero el camino también ha transitado por la traducción, la corrección de textos, las publicaciones, la historia y la docencia, mucho la divulgación en talleres y seminarios, y siempre el humanismo.

En la conversación con La Jornada Zacatecas se habla de su inserción en el seminario al modo de una usanza de la época que aparejaba dos elementos de valor social, uno, el acceso para aquellos que no tenían grandes recursos económicos al conocimiento, el otro, el contar en la familia con un sacerdote, que ofrecía ya un estatus distinto de respetabilidad y prestigio.

Este camino lo llevó al Pontificio Seminario Central Mexicano de Nuestra Señora de Guadalupe, ubicado en Montezuma, Nuevo México, y le otorgó una formación jesuítica con las peculiaridades que la orden imprime en sus miembros, un sello de conciencia y servicio a la comunidad, una religiosidad progresista no exenta de situaciones polémicas.

El propio Veremundo Carrillo Trujillo ya expresaba rasgos de rebeldía y una personalidad tendiente a la abstracción y la observación del mundo interior, que luego se evidenció en sus poemas.

En un momento en que su inquietud existencial en medio de una depresión le conminaba a quitarse la vida, fue el reconocimiento de maestros y alumnos de Montezuma, acerca de su talento para la poesía y la escritura, lo que le dio un sentido a su vida.

De su paso por aquella experiencia de comunidad, de la que egresó en 1958, quedó el registro en “Adiós a Montezuma”, el que refiere pudiera ser su rúbrica.

“Todo está listo y ansioso…/Vamos, mi Dios caminante, a aprender veredas nuevas/ y musicar soledades;/ a desbrozar horizontes/a golpes de cruz tajante;/ a jugarnos alma y vida,/ Cristo fiel, ¡como Tú sabes!/Ya redobla el corazón”.

Una de las formas como Cristo “supo” llevarlo por veredas nuevas, unas físicas otras espirituales, ambas compaginadas fue su regreso de Nuevo México a Zacatecas donde se ordenó sacerdote, ministerio que ejerció por dos años en Jalpa, y con el que dice, nunca se sintió cómodo por el estatus que se le asignaba, creía él sin merecerlo.

Fue luego propuesto para viajar a estudiar teología en Salamanca, España, donde respiró también en las calles, el ominoso ambiente del franquismo, y participó en manifestaciones a modo de “escudo humano” por su condición de extranjero.

Las nuevas veredas también lo llevaron al encuentro de la Teología de la Liberación, una tesis originada en la lastimada Latinoamérica que a finales de los años 60 propuso alcanzar el cielo en la tierra, una visión igualitaria que encontró en la dignidad humana el primer principio a atender del ser cristiano.

Y más tarde a respaldar la lucha de Antonio Quintanar, quien “exaltó al matrimonio como un ideal de santificación”.

El propio Carrillo Trujillo decidió un día dejar el ministerio, que no el sacerdocio, y unir su vida a la de Rosario Reveles para formar una familia. Una condición que comparten según lo refería Redes cristianas en el año 2009, 3 mil sacerdotes en México y más de 100 mil en el mundo.

En Zacatecas, la conjunción de prestigio social que implica ingresar al sacerdocio, se aprecia directamente proporcional a la manera en que coloquialmente se le llamaba a quiénes como Veremundo Carrillo tomaban la decisión de dejar el ministerio para formar una familia: “los destripados”.

No obstante, él quiso enfrentar la situación aquí mismo, y no cambiar su residencia como hicieron otros, o negar sus antecedentes como hicieron algunos más; su elección no implicó a la postre renunciar al reconocimiento social ganado a pulso, y por el contrario, lo ha ubicado como un elemento fundamental en la sociedad y cultura zacatecana.

En su escritorio, mientras se habla de su trayectoria, de su periplo, de sus convicciones, reposan varios de los títulos originados de su reflexión y búsqueda, Obra poética (1953-2003); Las armas y las letras en la Revolución Mexicana o literatura de la revolución: México y Zacatecas; Zacatecas, barro que suena a plata (Literatura de la Colonia al Siglo 20) y Retomando Zacatecas.

La conversación con Veremundo Carrillo es afortunadamente interminable, pero el tiempo dicta siempre la última palabra.

Otra vez sobre la fe, reflexiona: “Hay que gente que todavía piensa que la fe se manifiesta yendo a misa, confesándose. Esa gente no tiene fe, son unos oportunistas que usan a Dios como si fuera otro criado más para pedirle, para exigirle. Digo, la mayoría de los de aquí de ese tipo de creyentes que trajeron al Papa eso buscaban, afianzarse en la sociedad y que sus negocios prosperaran. No buscaban un encuentro con Dios porque nunca lo han buscado”.

“Entonces tener fe es tener un encuentro con Dios. Yo gracias a él, a él más que nadie, nunca me he perdido y pase lo que pase esa línea es la que me ha sostenido siempre”.

Sabe que existe ese peligro, se lo dice la experiencia de San Juan de la Cruz, y de Cristo mismo que clamó en un momento de desesperación su: “¿Por qué me has abandonado?”. Ante ello, el sentir de que se pierde todo. Sólo le restaría decir: “bueno es tu voluntad. Aquí estoy”.

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